Mao Tse-tung, aquel que orquestó una feroz campaña para exterminar a los intelectuales chinos, acostumbraba escribir poesía. Rechazó siempre las tendencias modernizadoras, y se mantuvo fiel al estilo clásico de versificación.  Octavio Paz lo calificó como un “mediocre poeta académico”. Presentamos algunos de sus versos para que cada quien juzgue por sí mismo. Provienen de un librillo publicado por la oficialista “Ediciones en Lenguas Extranjeras” (Pekín, 1963).

 

LA GRAN MARCHA

El Ejército Rojo no teme la prueba de una larga marche,

mil montañas y diez mil ríos para él no significan nada.

Para él, las Cinco Cordilleras ondulan como livianas olas

y los picos de la montaña de Wumen se deslizan como

bolas de barro.

Tibios son los acantilados que perforan la niebla, lavas

por el río Arenas de Oro,

frías son las cadenas de hierro que atraviesan el Dadu.

Feliz está el Ejército de ver las nieves infinitas de

Minshan

y cuando las cruzamos, una sonrisa nace en cada rostro.

 

DESPEDIDA AL DIOS DE LA PLAGA 

La lluvia roja estalla a gusto en olas;

para nuestros puentes, los montes sirven de columnas;

los picachos de plata retumban en la cima del cielo;

las riberas se entregan templando a los brazos de hierro.

— ¿A dónde quieres huir, oh dios pestilencial? 

Los cirios y los barcos de papel encienden el cielo.

 

A LA CORDILLERA DE KUNLUN

Irguiéndote en el aire, recta sobre la tierra,

Gran Cordillera, presenciaste

lo más bello en el mundo de los hombres.

Cuando tus tres millones de dragones de jade blanco

vuelan,

el aire paralizan con penetrante frío. Al fundirse en

verano,

tus torrentes rebalsan los ríos hasta el borde

convirtiendo a los hombres en peces y tortugas.

¿Quién podría juzgar todo el bien, todo el mal

que en millares de otoños provocaste?

 

¡Pero hoy, Kunlun, te digo que no requieres tanta

estatura, ni necesitas tanta nieve!

Si pudiera apoyar mi pie en el cielo, sacaría la espada

para cortarte en tres pedazos:

uno enviaría a Europa,

otro a la América

y aquí en China dejaría el tercero.

De este modo la paz reinaría en la tierra

al compartir los hombres tu calor y tu frío.

 

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