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En México, a partir de los años cuarenta, la educación superior creció de manera significativa. Se expandieron las opciones educativas en términos institucionales y profesionales, y las matrículas de las instituciones ya existentes aumentaron, particularmente en las ciudades. Si bien este crecimiento se dio de manera paulatina, después de cuatro décadas el crecimiento de las universidades fue realmente importante. En números: si en 1945 había aproximadamente treinta mil estudiantes de licenciatura, para 1985 había cerca de un millón.

Esto sucedió debido a la transformación que vivió México al pasar de ser un país agrícola y rural a ser uno industrializado y urbano, en tanto se requería mano de obra especializada y profesionistas que pudieran incorporarse a la nuevas actividades productivas. No solamente crecieron las universidades, sino la educación superior en su conjunto cambió: se dio el paso de una educación de élites a una educación de masas. Esto es, se pasó de un sistema que básicamente preparaba a una élite para gobernar y cumplir las funciones de liderazgo en una sociedad y que sólo llega a unas cuantas personas a un sistema que prepara para un rango mayor de funciones técnicas y económicas y abarca un espectro más amplio de la población. Las diferencias entre un sistema y otro recorren cada uno de los aspectos educativos: van desde el grado de homogeneidad del estudiante, hasta la manera en que se imparten clases, pasando por el tamaño y funcionamiento de las instituciones educativas.

Se podría pensar que la educación de masas (y particularmente la universidad de masas) trae una avalancha de beneficios. Sin embargo, la masificación escolar implica procesos mucho más complejos. Si bien éstos no erradican su relevancia histórica, y particularmente en el caso mexicano de la segunda mitad del siglo XX, también pueden plantear serias dudas acerca de su pertinencia como modelo para la sociedad contemporánea.El sociólogo francés François Dubet ha reflexionado en torno a la educación de masas desde una posición que puede servirnos para entender los problemas de este sistema educativo puesto que no cree de manera absoluta en la meritocracia (la escuela fija los lugares que van a ocupar los personajes en la sociedad a través de sus méritos), ni está convencido de que la educación está hecha simplemente para reproducir los estratos sociales imperantes (a los ricos se les enseña a ser ricos y a los pobres a ser pobres).

Dubet plantea que si bien uno de los rasgos primordiales de la educación de masas es su sentido de inclusión (la idea de que la educación debe ser para todos), en realidad en ella cristalizan y reproducen las desigualdades sociales cuando todos los estudiantes se deben enfrentar a las mismas pruebas pero con recursos culturales desiguales. La educación de masas está basada en la premisa de que si todos tienen acceso a la educación, ésta dará las herramientas para que cada individuo se vuelva lo quiera ser.  El problema es que los alumnos, al provenir de contextos desiguales, se enfrentan a la esta “libertad” que se les ofrece con distintos bagajes y experiencias personales. Los mejores alumnos son, con frecuencia, los más privilegiados socialmente y esto facilita que superen las pruebas escolares con éxito mientras que el resto tienen mayores dificultades para convertirse en estudiantes de manera plena. En este sentido, la injusticia que el sistema de la educación masificada implica no es más aguda que la involucrada en la educación de élites, pero sí es mucho menos tolerable debido a que depende de un problema sumamente profundo y relacionado con la subjetividad del alumno: el de la motivación.

Siempre escuchamos que como alumnos tenemos que estar motivados y como profesores hay que encontrar los mecanismos para promover este sentimiento. Pero, ¿de dónde nace la motivación? Ésta surge si se recibe del núcleo familiar la noción de que proseguir el camino de las aulas es lo más conveniente, de que se enseñe que la escuela es necesaria o de que se tenga un genuino interés por el conocimiento que ahí se puede adquirir. El problema aparece cuando estudiantes provenientes de ambientes desfavorables económica y culturalmente se ven inmersos en el sistema educativo de masas que los obliga a competir de manera directa con otros individuos que crecieron y se desarrollaron con más oportunidades.

La educación de masas vende la idea de que si ya estas en la universidad lo tienes todo para volverte exitoso y un individuo pleno, pero lo cierto es que esto no sucede. Los alumnos no cuentan con las mismas herramientas para lidiar con lo que las universidades les ofrecen. Así, la educación de masas la desigualdad social se vuelve menos tolerable porque recae en la experiencia de cada uno de los alumnos. Tan agobiante y poco redentora puede resultar la educación de masas.

 

Sobre el tema usamos (y recomendamos):

Dubet, François. “Los alumnos, la escuela y la institución” en La experiencia sociológica. Barcelona: Gedisa, 2011. Para leer aquí.

Guevara Niebla, Gilberto. “Masificación y Profesión Académica en la Universidad Nacional Autónoma de México”, en Revista de la Educación Superior. núm. 58, abril-junio 1986. Para descargar aquí.

Para profundizar al respecto, véase:

Trow, Martin. “Reflections on the Transition from Elite to Mass to Universal Access: Forms and Phases of Higher Education in Modern Societies since WWII”, en International Handbook of Higher Education. James J.F. Forest y Philip Altbach (editor). Dordrecht: Springer. 2005. Para leerse aquí.

Wittrock, Bjön. “Las tres transformaciones de la universidad moderna”, en La Universidad europea y americana desde 1800. Las tres transformaciones de la universidad. Barcelona: Pomares-Corredor, 1996. Para leer aquí.