La historia ha sido repetida incontables veces: a los 17 años, José Martí —“El apóstol de la Independencia de Cuba”— es encarcelado por participar en agrupaciones independentistas. Meses después es deportado a España. Tras vivir en París y Nueva York, a principios de 1875, se instala en México. Durante esta estancia en nuestro país, Martí atestiguó las elecciones para la Cámara de ese mismo año. El 29 de junio, dedicaría a ellas un breve ensayo en La Revista Universal. En éste, atacó vehemente a la oposición por haberse negado a asistir a las urnas. Por decirlo en términos contemporáneos, criticó el abstencionismo e hizo una defensa de la participación electoral.

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Pedro Gualdi, Cámara de Diputados, litografía.
Imagen tomada del libro: Nación de imágenes. La litografía mexicana del siglo XIX, INBA-MUNAL/Banamex/ICA/Elek/Moreno Valle y Asociados, 1994, p. 251.
http://www.inehrm.gob.mx/es/inehrm/Galeria_Bienes_eclesiasticos

Reproducimos un extracto del texto de Martí convencidos de que a ciento cuarenta años de su publicación, los argumentos mantienen su vitalidad.

 

Antes de ayer, domingo, México decidía cuáles habían de ser sus representantes en las Cámaras. Nada anunciaba este acto hermoso de la vida de los pueblos, y se cumplía, sin embargo, el acto más trascendental de vida pública.
¿Qué hacía el domingo la clamorosa oposición? Preparado el campo, ¿por qué no fue a las casillas a disputar el triunfo? ¿Se lo impedían acaso soñados ejércitos que protegiesen a las mesas? Una disputaron los estudiantes en las cercanías de la Escuela de Medicina, y daba regocijo este acto aislado de virilidad a los que gustamos de ver vivos y palpitantes a los pueblos.
Y no se hará esperar, de fijo, la acusación de violencia que se hará a estas elecciones: hoy mismo, tal vez, se la esté acusando ya de esto: nueva prueba dolorosa de la extraña conducta de la oposición.
¿Cómo han de acusarse de opresoras elecciones en que no ha habido a quién oprimir? Pues, si el triunfo ha sido de los partidarios del gobierno, ¿de quién había de ser, si nadie ha ido a pretenderlo? ¿Por qué no ha ido a las urnas la oposición? ¿Temía su derrota? ¿Ha querido conservarse el interesante derecho de las víctimas? México oirá en calma sus quejas plañideras: ¿a qué ha de querellarse de lo que por su propia voluntad no evitó?
Harto se sabe que la votación de electores encierra y decide la de diputados a la Cámara. Abierta la lucha, un contendiente se retiró de ella: ni asistió el contendiente a su apertura: ¿dónde estaba? Allí donde por su apatía no tiene el derecho de quejarse.
¿Dirá la oposición que fue rechazada de las urnas? No puede ser rechazada, porque no fue a ellas.
¿Tendrá luego el derecho de lanzar sobre las Cámaras la acusación de violencia en el sufragio?
No lo tendrá; ¿por qué no fue a evitarla?
No puede quejarse de la esclavitud quien no tiende la mano para romper sus hierros: si los sufre, es porque es digno de sufrirlos.
No de esta tibia manera se conquista el aprecio de los pueblos: —se predican todos los derechos; se señalan todos los caminos; se ayuda a todos los que los abren; se ejercen todas las facultades; —sólo ejerciéndolas, se tiene el derecho de decir que se fue oprimido en su ejercito.
“La oposición fue rechazada de las urnas”. No es verdad; la oposición no puedo serlo, porque no fue a las urnas a votar.

Fuente: Martí en México. México: Departamento del Distrito Federal-Secretaría de Obras y Servicios, 1974. p. 11-15. (Las cursivas son nuestras)