¿Qué es la embriaguez?, se pregunta Jean-Luc Nancy —uno de los pensadores franceses vivos más importantes. Y responde de la única manera en que se podría: con un texto embriagador y producto de la embriaguez. La respuesta es entrecortada y dispersa, como una plática de borrachera. Pero, como sucede en esos momentos, las palabras proferidas están cargadas de sentido: funcionan como una verdad absoluta que, al mismo tiempo, se sabe contextual y contingente.

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Aquí, nuestros subrayados del libro:

Beber es absorber. Para poder ser asimilada, la comida primero debe ser ingerida, luego digerida. La bebida, en cambio, más bien parece esparcirse inmediatamente por el cuerpo. Es una impregnación, una irrigación, una difusión y una infusión. 

Estrictamente hablando, la sangre no es alma —que es forma y movimiento del cuerpo— sino espíritu, que es soplo impalpable que atraviesa el cuerpo sin integrarse a él. El espíritu, como es sabido, no por casualidad denomina a los licores más fuertes, los espíritus del vino o espirituosos, cuya fabricación está presidida por una fermentación o una destilación, procesos destinados a extraer una esencia, es decir, la verdad pura, ideal y racional de una sustancia concreta, opaca y sensible. El espíritu o licor, la liquidez o licoricidad del espíritu, no representa otra cosa que la sensibilidad de lo insensible, la sensualidad exquisita del Sentido puro: verdad, trascendencia, divinidad, revelación, éxtasis. 

La embriaguez lleva consigo el legado del sacrificio: la comunicación con lo sacrum por medio de lo fluido y su derramamiento, la excepción, el exceso, el afuera, lo vedad, lo divino. La embriaguez vendría a ser, en definitiva, el triunfo del sacrificio cuya víctima sería el propio sacrificador. 

La embriaguez expresa, en su sentido más apretado —de la familia de la prensa, de la presión— el jugo que se comunica de los licores absorbidos. Extrae, exuda, destila, es decir, concentra, calienta, evapora y sublima. Lo sublimado es el espíritu, lo impalpable, lo inmaterial. Es la inspiración, es soplo, es fuera de lugar y tiempo, presente concentrado en sí y que llamamos presencia de espíritu: toque vivo instantáneo de una verdad revelada. La embriaguez revela, es decir, se revela, a sí misma, y no revela un secreto. Se revela como impulso y vuelo del espíritu: entusiasmo, entrada en la morada de los dioses, desborde del saber, derrame de gracia. 

La embriaguez es condición del espíritu, hace sentir su carácter absoluto, es decir, su separación de todo lo que no es ese espíritu (todo lo que es condicionado, determinado, relativo, encadenado). La embriaguez misma es la absolución, el desencadenamiento, la ascensión libre hacia el afuera del mundo. Es el goce: la identidad en el abandonarse al empuje que desata lo idéntico, el cuerpo resumido a su espasmo, a un suspiro o un grito arrancados, exclamación entre lágrima y lava. 

Toda la filosofía en la repetición borracha de un sorprendente bebedor que permanece amo de sí y que, de esta manera, pasa a una embriaguez más alta.

La verdad del vino y de los niños es una verdad que no se busca ni se encuentra, que no se prueba ni establece: está dada, enteramente dada, dada antes de toda donación. No nos remontamos hasta ella. Mana desde su fuente, y así es como podemos beber poesía y virtud: de su fuente, de la botella, en una corriente que nada debe sino a la garganta que la acoge. Poesía o virtud, imagen o música, pensamiento, emoción: beber significa absorber, devenir esponja.

¿Cómo podría yo no estar atravesado a cada instante por ese deseo (no solamente el anhelo de estar desprendido, de estar absuelto de todo lazo y repleto de mi desprendimiento, colmado de desvinculación, sino el deseo mismo como desprendimiento, como absolución y disolución de las ataduras, como embriaguez de lo infinito)? ¿Cómo podría lo infinito no ser ebrio, y cómo podría yo no embriagarme?

Fuente:
Jean-Luc Nancy. Embriaguez. Traducción de Nicolás Gómez. Ediciones La Cebra, 2014.