Nombrar es uno de los actos de poder primigenios. Al darle el nombre a un objeto (o a un sujeto) lo hacemos nuestro y, de manera paralela, configuramos lo que devendrá. Al parecer, París fue la primera ciudad en donde se implementó una inscripción sistemática de los nombres de las calles. Sucedió en 1729, por órdenes del lugarteniente de la policía, quien decidió que cada calle debía contar con un letrero de lámina en donde se consignara su nombre en letras negras. El objetivo, más que práctico, era de control. La pregunta clave no era cómo ubicarse en una ciudad que crecía a ritmos acelerados, sino cómo establecer un control sistemático de la población en constante aumento.

Según la Ley de Desarrollo Urbano del Distrito Federal, la Comisión de Nomenclatura del Distrito Federal es la instancia encargada de decidir qué nombre tendrán las calles, avenidas y parques públicos de la Ciudad de México. Sin embargo, lo cierto es que si se revisa la historia de las distintas zonas de la Ciudad, la mayor parte de las veces, el acto de nombrar ha surgido de los vaivenes del azar o de la voluntad de algún personaje. Un buen ejemplo para ilustrar lo anterior es el caso de la colonia Lomas de Chapultepec, en donde la nomenclatura de las calles fue ideada por la intelectual feminista Antonieta Rivas Mercado.

chapultepec

La historia, que ha sido reconstruida con especial agudeza por María del Carmen Collado Herrera, va más o menos así: en 1921, se creó la compañía Chapultepec Heights Company con objeto de dedicarse al desarrollo urbano. Uno de los principales accionistas, Julio R. Ambrosius, estaba casado con Ana Cuevas Lascuráin, hija del dueño de la Hacienda de los Morales. Chapultepec Heights Company compró a los Lascuráin buena parte de los terrenos de la Hacienda para fraccionarlos y comercializarlos. Se encomendó la tarea de planeación urbana al arquitecto José Luis Cuevas.

Otro de los accionistas de la compañía era el británico Albert Blair. Éste había estudiado con los hermanos de Francisco I. Madero en la Universidad de Michigan y, cuando comenzó la Revolución, decidió viajar a México para apoyarla. Después del triunfo sobre Porfirio Díaz, durante una fiesta, Evaristo Madero le presentaría a Antonieta Rivas Mercado. Los dos se enamorarían intensamente. No mucho tiempo después de conocerse, tendría lugar una discreta boda.

Fabienne Bradu, en su magnífico libro Antonieta (1900-1931), narra la chispeante pasión de Antonieta Rivas Mercado por el proyecto del fraccionamiento que hoy llamamos Lomas de Chapultepec. La razón no es difícil de adivinar: Rivas, como buena promotora cultural y mecenas, tenía un espíritu hercúleo de constructora. Recordemos que en su corta vida —se suicidó a los 31 años— fue una agente clave en la fundación de una singular serie de instituciones: el Teatro Ulises, el salón de baile El Pirata, la Orquesta Sinfónica de México.

Es evidente que la construcción de un fraccionamiento destinado a las clases altas le pareciera una tarea atractiva. Su aportación fue singular: armada con diccionarios y enciclopedias, analizó los planos del fraccionamiento y dio nombre a sus calles. Los nombres permanecen hasta hoy: Montes Urales, Everest, Altai, Pirineos. Fabienne Bradu escribe: “escogió las montañas más imponentes porque, según ella, eran el más sugestivo bautizo para esas alturas que dominarían, con su lujo y su exclusividad, las viejas colonias de épocas pasadas. Antonieta fue así la madrina de un México ideal, urbanizado modernamente. Era otra marca que la familia dejaría impresa en el rostro de la ciudad”.