Un tema particularmente interesante en la historia intelectual de México para evaluar cómo es que se informan, apropian y discuten las teorías, es la introducción del darwinismo a los círculos científicos nacionales a finales del siglo XIX. Sobre su relevancia para las ciencias sociales en particular, existen una serie de interpretaciones que vinculan a la teoría del naturalista inglés con dinámicas propias de la circulación del conocimiento. Así, mientras Roberto Moreno dice que podemos hablar de darwinismo en México desde 1875 con una mención que hace Justo Sierra al respecto en un artículo discutiendo ciencia y espiritismo, Rosaura Ruiz plantea que la introducción de una teoría no es un acontecimiento, sino un proceso que implica considerar el momento en que la teoría se hace operativa. A diferencia de Moreno, no cree que los darwinistas sean aquellos que se conciben como tal, sino que para juzgarlos, es fundamental analizar su uso de los conceptos y ver hasta qué punto entienden la teoría de la que hablan. Éste sin duda es un criterio serio, sin embargo, si atendemos a lo que nos dice Moreno sobre la preponderancia de la prensa escrita como el espacio en México para la discusión de las ideas de Darwin, quizás sea más importante ver la procedencia de los autores, los argumentos, sus vínculos con otras tradiciones e incluso los tonos con que hablan de darwinismo, que su cabal comprensión de los preceptos de la selección natural.

darwin

Copia de los dibujos embrionarios de Ernst Haeckel en Romanes, G. J. Darwin and After Darwin. Chicago: Open Court, 1892.

Como muestra de lo anterior, reproducimos aquí un artículo publicado por el diario de la Sociedad Católica de México, La Voz de México, que retomó  Roberto Moreno para su libro La polémica del darwinismo en México. Siglo XIX (1984). El artículo pertenece a una serie de idas y venidas entre los redactores de este diario y los de La Libertad, entre los cuales estaban los hermanos Sierra. La discusión empezó con los ataques que hizo La Voz de México a un escrito que Justo Sierra había pensado para las clases de historia en la Preparatoria Nacional. El Compendio de historia de la antigüedad (1877) exponía algunas cuestiones elementales de la teoría de Darwin y la Sociedad Católica evidentemente consideró esto inadmisible. El artículo demuestra el cariz de burla que adquirió la discusión en mayor o menor medida en cada uno de los lados. Éste tacha de ridícula a la doctrina darwiniana e incluso acusa satíricamente a Justo Sierra de proponer que los mexicanos descienden del ajolote.

Por más ridícula que sea la masonería, en su parte pantomímica, no es, sin embargo, una cosa inocente, como lo sospechaba el rey filósofo que la conocía de cerca. Poco más o menos pasa lo mismo con la teoría naturalista de Carlos Darwin, en que se ha ocupado la prensa y sobre [la] que han rolado chispeantes pláticas en los corrillos.

La teoría es ridícula, como no podía serlo más; pero no es posible calificarla de inofensiva. Ya tenemos en México quien nos dé por ascendientes a los ajolotes después de haber cantado que “El ámbar duerme en nítidos oleajes”. La teoría ha granjeado a su sostenedor una ínfula doctoral en la Universidad de Cambridge; y también le ha valido la más graciosa burla de parte de un acérrimo adversario del transformismo.

Hay epigrama, como hay sublime de hecho. Ejemplo de lo primero, pues de lo segundo abundan los cursos de literatura, es el que todo un cuerpo de doctores han sido objeto, al recibir Darwin la investidura un universitaria.

En los momentos más solemnes de la ceremonia, se ve descender de lo alto de la cúpula del salón de grados, un mono, saludando entre sonrisa y sonrisa, entre gesto y gesto, al insigne naturalista, benemérito de su raza; y mostrando, escrita en cartón, la siguiente lacónica frase: Un eslabón de la cadena, frase la más apropiada al acto que tenía lugar y de una elevadísima significación filosófica. No parece sino que el cuadrumano reclamaba, en los honores que la ciencia rendía al talento, su parte o la parte de los suyos. Algo se sospechaba de las ventajas de reversibilidad. Un eslabón de la cadena, es decir, sin mi sangre, o sin la sangre de aquellos de quienes vengo, no llevarías, tú Darwin, la borla que sombrea únicamente las cabezas de personaje ilustres. Un eslabón de la cadena, es decir, mírate al espejo, mono-hombre.

Los recipientes y el recipiendario sintieron por vez primera algo que pudiera llamarse vergüenza, si la ira y el furor no protestaran. Los asistentes, por el contrario, gozarían y celebrarían con ruidosas carcajadas aquella refutación en relieve, aquella derrota plástica de la más grosera aberración, del más desatinado delirio del espíritu humano.

¡Teoría singular! Querer que el hombre en virtud de tres mutaciones, determinadas por el uso o no uso de ciertos miembros de animales que figuran en otra especie, o por la energía coercitiva o directiva que despliega a veces la naturaleza, haya tenido su origen en un mono, perfeccionado de aquella suerte es atentar contra su dignidad y contra su personalidad moral, arrebatándole el cetro y haciendo absurda la imputabilidad de sus acciones. Es atentar al mismo tiempo contra la propia naturaleza, cuyas invariables leyes se sustituyen con una fuerza ciega, sometida a los caprichos o no caprichos del acaso.

¿Por qué desgracia ningún mortal, en el espacio de más de siete mil años, ha sido testigo de una sola de estas maravillosas transformaciones? ¿Cómo nadie ha podido observar los innumerables puntos intermedios que sería necesario que recorriese el tipo primordial, para que fuera un hecho histórico y científico, ese gran salto del instinto a la razón, de la sensación al pensamiento, del sonido inarticulado a la palabra? ¿Ha de ser el hombre un mono por analogía? ¿Es motivo bastante para que se le crea tataranieto del gorila, que éste se le acerque, aunque a una distancia enormísima, por la perfección de las manos y de la faz a que no llegan los otros cuadrumanos; y para que se le juzgue chozno del organgutánb que se le allega por el mayor peso de su masa cerebral comparada con la de cualquier otro de la rabuda familia?

Entonces búsquese su origen más alto, para hundirle más bajo; en los delfines, en las ranas, en los gusanos, en los batracoideos y en los infusorios.

¡Oh metamorfosis del siglo de la luces! ¡Qué lástima que falte un Ovudui que en inmortales versis las narre t cante a las generaciones venideras! ¡Y a semejantes sabios se honra como a personajes eminentísimos! ¡Debieran los doctores de Cambridge, si quieren ser justos, honrar también la memoria de Buffon, De Mallet y Lamarck que a Darwin se anticiparon en reconocer, proclamar y defender los indiscutibles títulos de tan esclarecidos progenitores.

La Voz de México, v. IX, 27 de enero de 1878, núm. 23, p.1.

 

Moreno, Roberto. La polémica del darwinismo en México: Siglo XIX. México, UNAM, 1984.

Ruiz Gutiérrez, Rosaura. Positivismo y evolución: Introducción del darwinismo en México. México: UNAM (Colección posgrado), 1987.