El coleccionismo es una práctica sumamente extendida y parecería que no requiere mayor explicación. Pero, ¿qué nos convierte en coleccionistas? ¿Hay algo que agrupe a todos los coleccionistas, sin importar si están interesados en el arte, los libros, los timbres o las caracolas? ¿Qué similitud hay entre Pablo Neruda, François Pinault y Lázaro Galdiano? ¿Qué comparten más allá de ser coleccionistas?

Habría que empezar diciendo que coleccionar no es una afición o un pasatiempo. Aunque es innegable que coleccionar es un gran entretenimiento, su razón de ser no es distraer ni simplemente divertir. ¿Cuál es, entonces?

caracoles

Colección de caracoles de Pablo Neruda.

Una primera respuesta –pero ingenua– podría ser el afán de lucro, es decir, se colecciona porque es buen negocio. Sin lugar a dudas las colecciones funcionan como inversión, pero también es claro que los coleccionistas no siempre piensan en los beneficios económicos al momento de adquirir una nueva pieza. ¿Cuántos no han pagado diez veces el valor real de un objeto porque era central para su colección?

Al coleccionar el hombre busca algo más valioso y necesario: un pasión que le de sentido a su vida. A través del coleccionismo se resuelve uno de los problemas esenciales de la existencia humana. Cuando el coleccionismo es una experiencia vital, se vuelve una pasión que dota de significado al resto de nuestras acciones. La dirección, coherencia y sentido que adquieren las colecciones conforme las vamos construyendo, refleja y moldea la construcción misma de nuestra vida.

La vida adquiriere sentido cuando de pronto alcanzamos y tocamos nuestros deseos. Al fin y al cabo, coleccionar es cumplir nuestros más obscuros deseos, volverlos tangibles. Al realizarse, la vida del coleccionista y su colección se confunden, desaparecen los límites entre una y otra. El coleccionista vive en su colección, y su colección en él: su anhelo y su ser se vuelven uno mismo.

Es en los rasgos descritos donde radica la universalidad del coleccionismo. Al ser una forma de escapar de nuestras más terribles angustias: el sinsentido de la vida. ¿Para qué vivimos? ¿Qué sentido tienen todas nuestras acciones si lo único seguro es que moriremos? ¿Cuál es el significado de nuestras vidas? Preguntas que retumban y nos derrumban. El coleccionismo se vuelve una respuesta a estas preguntas cardinales al dotar de sentido nuestra existencia. La colección se convierte en lo más amado de nuestras vidas porque se vuelve la condición misma del vivir. Vivimos coleccionando y vivimos por coleccionar.

 

Otros textos que hemos escrito en este mismo espacio al respecto hablan del mercado del arte este año y de la compleja relación entre coleccionistas y artistas en el caso de Carrillo Gil y Tamayo.