De las fuentes históricas, las construcciones arquitectónicas quizás sean las que más acercan al historiador a ese muy soñado viaje de vuelta al pasado. Discutiblemente, la experiencia sensorial que significa leer una carta que le envió un joven en combate a su enamorada durante la Guerra de Secesión, tener entre las manos un recipiente para los aceites del antiguo Egipto o ver un cuadro de Whistler –incluso exhibido en el comedor de la casa de Henry Clay Frick–, no es lo mismo que caminar entre los pasillos del Castillo de Chenonceau, entrar al templo de Sensoji en Tokio o imaginar a Ignacio Allende jugando de niño en el cuarto de su casa en San Miguel, Guanajuato.

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Fotografía: Zapata. Bajo licencia de CC.

La historia de la arquitectura que se ha especializado en los sistemas y materiales de construcción nos dice que los espacios aparentemente más resistentes al tránsito del tiempo, tampoco fueron siempre como los vemos. Primero, es probable que hayan perdido algunos de sus elementos originales, entonces hechos de materiales perecederos: techos de palma o ventanas de madera. Luego podemos pensar en los añadidos propiamente arquitectónicos: una escalera que no estaba, un cuarto erguido un siglo después en el lado sur de la construcción original o un segundo piso que imita las paredes del de abajo. Pero quizás lo más interesante sea detenerse a pensar en la dimensión más burda de esos espacios: el ser lugares de resguardo y habitación para el hombre y su posibilidad de ser apropiados en distintos momentos y para los más variados usos.

Para pensar en lo anterior tenemos un gran ejemplo en los conventos novohispanos, protagonistas de la historia arquitectónica nacional, pero también mártires de su devenir. Su construcción durante el siglo XVI tardó en ser definitiva y, en muchos casos, menos de un siglo después sufrieron problemas con la secularización que fueron seguidos por la Independencia, más tarde la exclaustración y la Revolución. Los destrozos durante los tiempos de guerras se explican, lo mismo que el despojo en tiempo de las Leyes de Reforma, pero sorprende más el uso que le dieron los obispos, y en algunos casos también los propios frailes, a aquello que había costado tanto trabajo establecer.

Un caso en particular que retrata este proceso es el Yuririapúndaro, un convento agustino en el actual estado de Guanajuato, “famoso desde su construcción”. El libro de Alejandra González Leyva, Yuriria. Construcción, historia y arte de un convento agustino, relata la historia constructiva, artística y de las modificaciones de este edificio. Además, contiene una serie de anécdotas que aquí recuperamos para echar un primer vistazo a algunas de las formas que tomó el maltrato de los primeros conventos novohispanos en nuestro territorio a manos del clero secular, aunque no solamente.

El convento que se planea para la evangelización de esta zona chichimeca, tarasca y otomí, empieza a construirse en 1550 con la aprobación de Vasco de Quiroga y a cargo del arquitecto Pedro del Toro. Tres décadas después, el edificio no se ha terminado pero, en crónicas tempranas que recupera la autora, éste es descrito como “solemnísimo”, comparado incluso con el Escorial. En efecto, los frailes agustinos caracterizaron su estancia en esta zona administrando exitosamente grandes haciendas que les permitieron acumular fortunas que invertir en su convento.

A sabiendas de las riquezas que poseían y dados a los juegos de azar, ya a finales del siglo XVII, el Provincial Juan de la Cueva y el prior de Yuriria, José Trujillo, apostaron con Antonio Esquibel y Vargas las haciendas de Santo Tomás, San Antonio y la Concepción y empeñaron objetos de plata labrada de la sacristía del convento. Asimismo, le pidieron dinero con el pretexto de reparar los claustros del convento que no es claro que hayan destinado a lo prometido. Parece que estas prácticas eran comunes entre los frailes, tanto que en el último provinciato de Fray Nicolás de Igartúa, éste castigó y encerró a varios por estas conductas. La asociación del edificio a otras propiedades valiosas así como su ornamentación, hablan de la riqueza que significaban estos edificios, en apariencia tan inocentes y sólo dispuestos a la causa evangelizadora.

En todo caso, los frailes vivían en ese convento pero, con la llegada de la secularización a mediados del XVIII, fueron echados y muchos de sus bienes perdidos. En el libro de González Leyva es aquí en donde empieza el verdadero desastre. Según las fuentes, pocos años después de la llegada de los obispos, el convento estaba en terribles condiciones: cerdos podían entrar a la sacristía, había asnos y mulas en el refectorio, vagabundos se habían apropiado de las celdas incluso con sus mujeres y los cuadros del templo estaban tirados en el piso. No sabemos cómo usaban el espacio los obispos para la labor religiosa, pero sí sabemos, por ejemplo, que había quienes se asoleaban en la bóveda del templo.

Estudiar a las construcciones del pasado también implica lidiar con los achaques del tiempo, arquitectónicos y ambientales. Pero en los edificios se revela también eso que es lo realmente complejo en el estudio de la historia: las miles de posibilidades de usos que significan y la dificultad de siquiera imaginar algunos de ellos desde el presente, por más conocimiento histórico que se tenga.

 

Usamos y recomendamos:
González Leyva, Alejandra. Yuriria. Construcción, historia y arte de un convento agustino, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2008.