En 1831, Alexis de Tocqueville viaja a América en compañía de su amigo Gustave de Beaumont con la intención de estudiar el sistema carcelario de Estados Unidos. Como es bien sabido, de ese viaje de nueve meses es producto La democracia en América, obra con la cual Tocqueville se consagra como uno de los fundadores de la sociología política. Quince días en las soledades americanas es otro libro de su autoría, publicado póstumamente, pero resultado de ese mismo viaje y construido a partir de las notas que tomó el auditor de Versalles en el recorrido que hace de Nueva York a Saginaw Bay, Michigan.

pioneers

En su búsqueda por “un lugar que todavía no había sido alcanzado por la civilización Europea”, nuestro autor va dibujando el proceso de colonización de la región de los Grandes Lagos. De Nueva York va a Buffalo, pasa por Detroit, por Flint River y, quince leguas después, llega a Saginaw Bay.  Quince días no se trata de un diario, sino que es un relato que ha integrado ya las impresiones del viaje entero en un discurso unificado e incluso poético. Tocqueville describe los asentamientos que se pueden encontrar una vez que se abandona la ciudad y se adentra uno a los bosques que apenas empiezan a ser explorados. Las cabañas en las que viven estos pioneros están a la mitad de zonas en las que ya no quedan árboles que quiten el sol a los plantíos. Las log houses, revelan un carácter “rústico y precipitado”, que poco parece corresponderse con los hombres que las habitan. Aquí rescatamos la descripción de estos hombres:

“A medida que el viajero se acerca, la escena se anima. Advertidos por el ruido, los niños, que juegan entre los restos circundantes, se levantan precipitadamente y huyen hacia la casa paterna, como espantados ante la visión del hombre, mientras dos enormes perros medio salvajes, de orejas tiesas y largo hocico, salen de la cabaña y se acercan ladrando para cubrir la retirada de sus pequeños amos.

Es entonces cuando hace su aparición en la puerta de la vivienda el pionero. Lanza una mirada escrutadora al recién llegado, hace un signo a los perros para que vuelvan a entrar en la casa y él mismo se apresura a darles ejemplo sin que vuestra aparición parezca producirle la menor curiosidad o inquietud.

[…]

El aspecto del dueño de la vivienda no es menos notable que el lugar que le sirve de morada. Sus músculos escuálidos y afilados miembros lo identifican al primer golpe de vista con el habitante de Nueva Inglaterra. Este hombre no es un producto de la soledad en la que habita. Su misma constitución lo pone de manifiesto. Sus primeros años transcurrieron en el seno de una sociedad intelectual y razonadora. Es su propia voluntad la que lo ha arrojado a las fatigas del desierto para las que parece escasamente preparado. Pero si sus fuerzas no parecen a la altura de su empeño, por encima de unos rasgos marcados por las penurias de la vida se manifiesta un aire de inteligencia práctica, de fría y perseverante energía que impresiona desde el primer momento. Su andar es lento y acompasado, su palabra, mesurada y su apariencia austera. La costumbre y sobre todo el orgullo han conferido a su rostro una cierta rigidez estoica que sus acciones desmienten: el pionero desprecia, es verdad, lo que a menudo agita con más violencia el corazón de los hombres, su fortuna y su vida nunca dependerán del azar de una tirada de dados o de los deseos de una mujer, pero por alcanzar la prosperidad ha afrontado el exilio, la soledad y las miserias sin cuento de la vida salvaje, ha dormido a la intemperie y se ha expuesto a la fiebre del bosque y a los tomhawks de los indios. Un día tomó la decisión, desde hace años la renueva y lo seguirá haciendo quizá durante veinte años más sin desalentarse ni quejarse. ¿Un hombre capaz de semejantes sacrificios es realmente un ser frío e insensible o habrá que reconocerle una de esas pasiones mentales tan ardientes como tenaces e implacables? Concentrado en el único objetivo de hacer fortuna, el emigrante ha terminado por construirse una existencia totalmente individual, en la que los mismos sentimientos familiares han acabado por fundirse en un egoísmo tan vasto que es dudoso que vea en su mujer y sus hijos otra cosa que una parte segregada de sí mismo. Privado del contacto habitual con sus semejantes ha aprendido a transformar en placer su soledad. Cuando uno traspasa el umbral de su aislada morada, el pionero os viene al encuentro y siguiendo la costumbre os tiende la mano, pero su fisonomía no delata amabilidad ni alegría. No toma palabra más que para haceros una pregunta; es una necesidad mental, no del corazón, la que satisface y, apenas ha obtenido de vosotros las noticias que desea conocer, vuelve a sumirse en el silencio. Uno creería encontrarse con alguien que, cansado de los inoportunos y del tráfago del mundo, se retira a su hogar a la caída de la tarde. Si a su vez le preguntáis, os facilitará con inteligencia las indicaciones que necesitéis, atenderá vuestras necesidades y velará por vuestra seguridad mientras estéis bajo su techo; pero en todos sus actos se aprecia tal grado de fastidio y soberbia, tal grado de indiferencia por el resultado mismo de sus acciones, que uno siente cómo el agradecimiento se le hiela en el pecho. Sin embargo, a su manera, el pionero es hospitalario, pero su hospitalidad carece de calor porque él mismo al ejercerla se somete a una penosa necesidad del desierto. La  considera un deber que le impone su condición, no un placer. Este hombre anónimo es el representante de la raza a la que pertenece el futuro del nuevo mundo, una raza inquieta, racional y aventurera, que fríamente realiza lo que sólo el ardor de la pasión explica, que comercia con todo, incluso con la moral y la religión.”

El tema de la colonización del territorio norteamericano y del pionero como el único personaje capaz de la hazaña está muy presente en la literatura norteamericana. Uno de nuestros ejemplos favoritos es el poema de Walt Whitman Pioneers! O Pioneers!, una oda al pionero escrita en 1865, que puede leerse aquí.