En Venecia, junto a la Basílica de San Marcos, enclave del poder religioso, descansa su contraparte: el Palacio Ducal, sede del Gobierno y residencia del dux. Desde el siglo XII, el Palacio fue objeto de numerosas transformaciones y reconstrucciones. Lo que hoy se puede recorrer es una amalgama de distintas épocas, sobrepuestas unas sobre las otras.

Sin duda, de entre todas las estancias del Palacio la más monumental es la Sala del Maggior Consiglio. En ella se reunía el Gran Consejo de la República, compuesto los varones de las familias nobles, para realizar los escrutinios y las distintas deliberaciones. Un incendio, sucedido a finales del siglo XVI, destruyó buena parte de la Sala —incluyendo un fresco realizado por Guariento di Arpo.

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La restauración duró varios años. Fue radical. En las paredes se instalaron una serie de lienzos narrando momentos clave de la historia veneciana. El techo fue decorado por obras de Paolo Veronese que pretendían celebrar el buen gobierno y mostrar las virtudes que lo constituyen. Una de las paredes está cubierta por el famoso Paraíso de Tintoretto, al cual los guías de turistas adoran nombrar “la mayor pintura al óleo del mundo” (22,6 metros de largo por 9,1 metros de ancho).

Debajo del techo, formando un friso, están los retratos de los primeros setenta y seis dux. Todos llevan la misma vestimenta —incluido el tradicional corno ducale— y están rodeados por un rollo sobre el cual están inscritos los logros alcanzados bajo su gobierno. Los retratos, también realizados por Tintoretto con ayuda de su hijo Domenico Tintoretto, son muy similares y, vistos a la distancia, parecen iguales.

Hay un retrato que sobresale frente el resto. Es el de Marino Faliero, quien fue dux del 11 de septiembre de 1354 hasta su muerte, acaecida el 17 de abril de 1355. Destaca frente al resto porque, en lugar de su retrato, aparece pintada una manta negra sobre la cual se lee: Hic est locus Marini Faletri decapitati pro criminibus. En español: este es el lugar de Marino Faliero, decapitado por sus crímenes.

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Según cuenta Wikipedia, ya siendo dux, Faliero intentó dar una especie de golpe de estado con el que buscaba proclamarse “príncipe” y desplazar al resto de familias aristócratas que gobernaban la República de Venecia. Este intento no fue un suceso aislado en la historia italiana. En varias ciudades-estado había pasó algo similar: se dieron movimientos de rechazo hacia los gobiernos aristocráticos en pro de gobiernos más plurales, que buscaban incorporar a las burguesías locales.

El toque trágico del caso Faliero lo da el hecho de que su conspiración fue descubierta. Al suceder esto, fue apresado, juzgado y condenado como traidor a la patria. Se le decapitó en el Palacio Ducal y su cadáver fue mutilado. Pero la búsqueda por escarmentar a los disidentes no quedó ahí. Además, se le condenó a una damnatio memorae. En pocas palabras: se le condenó al olvido, a que su memoria fuese borrada. Por ello la ausencia de su retrato.

Pareciera que con Faliero el intento por ejercer la damnatio memorae, práctica legal heredada del Imperio Romo, resultó contraproducente. De una manera retorcida, más que hacer que se olvidara la memoria sobre su vida, se encargó de protegerla. Le dio cierta aura luminosa, esa que solo tienen las cosas prohibidas. Faliero se volvió así en un héroe heterogéneo. Acaso el mejor retrato de este personaje sea el realizado en 1820 por Lord Byron, quien escribió una “tragedia histórica” en cinco actos sobre él.