Con el objetivo de delinear los aspectos más importantes de la cultura negra y su globalidad, el 22 de septiembre de 1956 tuvo lugar el Primer Congreso de Escritores y Artistas Negros. Alioune Diop, el organizador, dijo que del evento se trataba de “exponer juntos y medir las riquezas, crisis y promesas de nuestra cultura”. Para  ello, el escritor senegalés, también fundador de la publicación Présence Africaine, convocó a más de sesenta delegados de veinticuatro países a discutir en la Universidad de la Sorbona en París.

Entre los asistentes estaban Leopold Sedar Senghor, un político y poeta que cuatro años después sería el primer presidente de Senegal, el antropólogo e historiador Cjeikh Anta Diop, el escritor martiniqués Aimé Césaire, Jacques Rabemananjara de Madagascar, el estadounidense Richard Wright, Jean-Price Mars de Haiti, entre otros. W.E.B. Du Bois, a quien se le considera uno de los principales impulsores del panafricanismo, no pudo asistir porque no consiguió el pasaporte para viajar.

presence-africaine

Las conclusiones del Congreso fueron “pelear por la creación de condiciones concretas para el renacimiento y florecimiento de las culturas negras” y que los intelectuales se comprometieran a “defender, demostrar y hacerle saber al mundo el valor de su gente”. Del Congreso surgió la Sociedad de la Cultura Africana, que se encargó de organizar sucesivas actividades relacionadas con esta búsqueda de unión entre todos los ámbitos de la “cultura negra mundial”. Así, a este evento le siguieron el Segundo Congreso de Escritores y Artistas Negros en Roma en 1959, el Festival Mundial de Artes Negras en Dakar en 1966, el Festival de las Artes y la Cultura en Lagos, Nigeria en 1977 y la creación del Instituto Cultural Africano.

Para el momento de este Congreso, el panafricanismo llevaba pensándose por lo menos medio siglo. Su presupuesto fundamental era que las personas de ascendencia africana compartían una misma experiencia histórica, determinada por la expansión mercantil europea y la conquista imperial de África y, en este sentido, su devenir también habría de proceder de forma solidaria y unificada. Sin embargo, al tiempo de este evento estaba teniendo lugar la Guerra de Independencia de Argelia (1954-1962), misma que se establecería como referente para las luchas de liberación africanas y del Tercer Mundo en general. Y si para alguien no pasaron desapercibidas sus particularidades, fue para Frantz Fanon. También asistente del Congreso, el conocido psiquiatra e impulsor de la idea de que la negritud es sólo a partir de la mirada del blanco, reflexionará críticamente sobre lo discutido ese año de 1956. En el breve análisis que hace del evento en Los condenados de la tierra, escrito en 1961, Fanon niega la utilidad de la reflexión sobre la cultura africana a la luz de la experiencia argelina. Se trata de un pasaje revelador de las ideas de Fanon y que da pistas sobre las formas que puede tomar la identidad.

El martiniqués dice que la defensa de una cultura africana conduce a un callejón sin salida del cual la mejor muestra es la Sociedad Africana de Cultura. El grupo de intelectuales que buscaba demostrar la existencia de un conjunto de manifestaciones culturales propias de la ascendencia africana no se daba cuenta de que, en el fondo, lo que estaba haciendo era tratar de inscribirse en la cultura universal –siempre definida por Europa– y que su concepto de negritud era muy parecido a esa costumbre de los blancos de poner a “todos los negros en el mismo saco”. Conforme tenían lugar las discusiones, para Fanon era evidente que los problemas existenciales de los negros norteamericanos no coincidían con los de los negros africanos: “Los negros de Chicago no se parecían a los nigerianos ni a los habitantes de Tangañica, sino en la medida exacta en que todos se definían en relación con los blancos”.

Si los problemas son distintos, los objetivos tienen que serlo también. Y, como según el autor demuestra el hecho de que, después del Segundo Congreso de la Sociedad Africana de Cultura, fuera creada una Sociedad Americana de hombres de cultura negros, la única vía para lograr estos objetivos era la de la reflexión sobre las condiciones nacionales. “La cultura negro-africana se fraccionaba porque los hombres que se proponían encarnarla comprendían que toda cultura es primero nacional…” Sabe que frente a la imposición de la cultura blanca es normal que el negro recurra a buscar en lo más profundo de sus raíces, pero esto es inútil si se comprende que el colonialismo no se legitima mediante la “inexistencia cultura de los territorios que domina”. Lo que prueba a la nación no es la cultura, sino la lucha que realiza el pueblo contra las fuerzas de ocupación. Pues, “cuando un pueblo sostiene una lucha armada o aún política contra un colonialismo implacable, la tradición cambia de significado”.

Entonces, “los hombres de cultura africanos que luchan todavía en nombre de la cultura negro-africana, que han multiplicado los congresos en nombre de la unidad de esa cultura, deben comprender ahora que su actividad se ha reducido a examinar piezas o comparar sarcófagos”. Sin embargo, es importante aclarar que para Fanon, estos hombres no proceden así por casualidad, sino porque su condición de intelectuales los hace susceptibles a este tipo de recursos, y esto pone la mirada en un segundo problema a la hora de pensar en la cultura negra: no sólo es claro que ésta es imposible en la variedad de naciones, sino que la define un grupo social particular que son los intelectuales; hombres que no son precisamente representativos del pueblo y que olvidan que su procedencia intelectual es fundamentalmente europea.

En Los condenados de la tierra, el llamado que hace Fanon frente al problema de la cultura es un llamado a la observación de la realidad. Busca que los procesos y actores en las luchas de liberación no olviden que existen matices en la realidad colonial. Entender esto es ponerse en el camino de la verdadera descolonización, aquella que –como dice Fanon en su participación en el Segundo Congreso de Escritores y Artistas Negros en 1959– “tiende a una redistribución fundamental de las relaciones entre los hombres, que no puede dejar intactas ni las formas ni los contenidos culturales de esos pueblos”. La lucha no es por recuperar lo que hubiera existido en el pasado con la idea de que es común a todos los pueblos; no hay que pensar en los ancestros esclavos sino en los niños que son explotados en Martinica o Guadalupe, decía Fanon desde Pieles negras, máscaras blancas. Para liberarse, hay que construir a un nuevo hombre, y éste sólo puede existir mediante la acción revolucionaria y confiando en la guía de los verdaderos afectados que, a su vez, sólo pueden serlo a nivel nacional: “En Argelia, comprendimos que las masas están a la altura de los problemas con los que se enfrentan. En un país subdesarrollado, la experiencia prueba que lo importante no es que trescientas personas conciban y decidan, sino que todos, aún al precio de un tiempo doble o triple, comprendan y decidan”.

 

Usamos y recomendamos:

F. Abiola Irele y Biodun Jeyfo (eds.). The Oxford Encyclopedia of African Thought, Oxford: Oxford University Press, 2010. Aquí.

Frantz Fanon. Los condenados de la tierra, México: Fondo de Cultura Económica, 2001.

Richard H. King. Race, culture and the intellectuals. 1940-1970, Washington D.C.: Woodrow Wilson Center Press, 2004.