En nuestra curiosidad por la relación que existe entre las ideas y los contextos y actores que las producen, Luciano Concheiro y yo hemos puesto especial atención a las formas de convivencia y socialización de los últimos. ¿Cómo son las dinámicas de los individuos y grupos que se forman alrededor de espacios como las universidades, las publicaciones periódicas, los seminarios informales y los grupos políticos? En nuestro recorrido, muy pronto notamos la poca presencia de las mujeres. Subrayamos este hallazgo (que nada tiene de nuevo) y quisimos escribir sobre la posibilidad de nuevos actores intelectuales que no reproduzcan las desigualdades circundantes, de género, sin duda, aunque también de clase y de raza.

igualdad

Después de revisar decenas de revistas, anuarios institucionales y escuchar con atención a múltiples personajes, fue fácil concluir que el pasado del mundo intelectual mexicano era uno fundamentalmente de hombres. Construimos nuestras conclusiones sobre el tema de género en el mundo intelectual a partir de fuentes históricas y con la idea de que nuestro objeto de estudio era el pasado, pero lo cierto es que las volvimos propuesta al tropezar con ellas una y otra vez en el propio trabajo de campo. Habrá quien diga que en la investigación histórica el tema de estudio siempre está vinculado con preocupaciones presentes, pero notar la permanencia en el tiempo de cuestiones tan estructurales y tan cercanas a la vez siempre provoca otro tipo de preguntas existenciales. La coautoría se volvió un problema.

El descubrimiento de que las mujeres tienen poca presencia en el mundo intelectual está lejos de ser revelador. Toma ver el desbalance en los índices de los proyectos editoriales, el escaso número de mujeres en El Colegio Nacional y el nulo en la rectoría de la UNAM para concluirlo. También es cierto que, dentro del mismo mundo intelectual, hombres y mujeres por igual admiten que este es un problema y que la equidad de género es una batalla que dar en muchos sentidos. Pero el cambio que no parece suceder los atañe directamente y si se revisa en su devenir histórico, realmente da la impresión de haberse movido poco. Éste es el de todas las pequeñas (aunque también grandes) prácticas asociadas con el quéhacer intelectual, que aparentemente pueden no corresponderse en lo absoluto con lo que se sostiene y defiende en el plano de las ideas. Son el trato directo, las formas de discutir en la sobremesa, las conjeturas asociadas a que si tienes una relación de igualdad con tu colega es porque seguramente hay algo amoroso involucrado, a la inconsciencia de adjetivar los temas de estudio con prejuicios sobre lo femenino o la costumbre rarísima de anteceder el apellido de las mujeres con un “la”. Grandes pistas que no son nuevas, pero sin duda no han sido atendidas lo suficiente.

Por ser tan cotidianas, intuyo que a las prácticas se les hace más justicia analítica describiéndolas con detalle y mucha suspicacia, y por eso, quiero hacer un breve recuento de todas esas experiencias que se quedaron en el proceso de investigar aspectos de la vida intelectual de México (como suele suceder en las investigaciones de corte más bien conceptual), y que tienen la ventaja metodológica de que todas han tenido lugar en la situación de dos personas, un hombre y una mujer, presentándose como iguales en circunstancias concretas y para lograr objetivos claros —muy científicos— pero en donde el trato del tercero o terceros en cuestión ha sido difereciado.

De ningún modo diría que alguno de los hombres con los que hablamos Luciano y yo –o yo sola, dado el caso– en nuestras investigaciones, sea realmente un misógino que no le puede conceder a la mujer que tiene enfrente la mínima consideración intelectual. Y menos lo pensaría sobre las pocas mujeres con las que nos encontramos en el proceso. Sin embargo, en algunos de ellos hay actitudes que hablan de algo muy parecido y no es descabellado pensarlas así cuando es cierto que todos participan en mayor o menor medida de espacios en los que la mujer está claramente en una desventaja representativa, por decir lo menos. Lo difícil en el momento de evaluar esta complicidad es ver que se puede no hacer nada que empeore el problema, se puede auténticamente querer ayudar a que mejore, pero que son ciertos hábitos que fácilmente pueden convivir con ambas opciones y, sin quererlo, reproducir el problema.

Es en esa dimensión en la que cae el asumir que el hombre es el entrevistador y la mujer que lo acompaña sólo está ahí porque es su pareja o para tomar notas que eventualmente le puedan ser útiles a él. Aquí están todos esos supuestos de subordinación que en principio justifiquen no hablarle directamente a ella, aunque ella haya concretado la cita y haga tantas preguntas como él, o hablarle sin voltear a verla de frente. Con esto conviven pequeñas cosas que en apariencia son inocentes como permitirle al hombre tutear al personaje en cuestión y a la mujer no, dejándola en una conversación en la que ella de pronto es absolutamente reverencial aunque la conozca desde mucho antes que a su compañero, o escribiendo dedicatorias de libro en el que a ella se le desea un “pleno desarrollo intelectual, social y personal”, mientras que a él se le augura un futuro de éxitos en que culminará con “escribir su propia historia”. Y, parecida a ambas, no falta la situación en la que los coautores cuenten el motivo de un viaje de investigación a Argentina y alguien le diga a la mujer que disfrutará tremendamente del barrio de las tiendas de ropa, mientras que del hombre se esperan acaloradas opiniones sobre la industria editorial latinoamericana. Y esto sigue y se extiende más allá de esos momentos delimitados por el personaje de interés y los dos jóvenes investigadores. Una vez publicado el trabajo firmado entre los dos, respetando el orden de los apellidos como se acostumbra, e incluso cuando no y la mujer está primero, por todos lados se escucha que la presentación es del libro de él y sólo a él se le felicita si resultó que el artículo estaba bueno.

Muchos son los factores que se deben de considerar en las discusiones de género. Efectivamente, las injusticias en el mundo intelectual son menos graves y urgentes que las que existen en otros espacios –empezando por el de la vida privada de tantas mujeres, con hombres y mujeres por igual– y parten de una condición de privilegio que sería igual de dañino ignorar. Sin embargo, porque comúnmente es el primer lugar del cual esperar transformaciones y porque no han sorteado la trampa de reproducir las prácticas, éste reclamo dirigido específicamente al mundo intelectual. La condición para firmar textos con coautores hombres no puede ser aguantar tratos que son por lo menos injustos y que en el mejor de los casos resultan en una búsqueda constante y obsesiva de disculpas, y seguro que nadie sostendría en serio que la solución es renunciar a cualquier colaboración.

Dándole seguimiento a las preguntas existenciales, leía las intuiciones de Virginia Woolf sobre un cambio de actitud en mujeres que notaban tener más posibilidades para escribir lo que quisieran. Temo que a veces estoy igual de amargada y enojada, y “suplico y protesto” tanto como las escritoras que antecedieron a las que describe Woolf… en 1929.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea y coautora de este blog.