Después de dar clases en Francia durante casi veinte años, el historiador de las ideas Enzo Traverso está en el departamento de Romance Studies en la Universidad de Cornell desde 2013. Este especialista en Europa contemporánea vino al Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM a dar un seminario titulado “Melancolía de la izquierda” en tres sesiones que buscan pensar la derrota del socialismo real, la relación entre la memoria y la izquierda, así como las propuestas teóricas de Walter Benjamin y Daniel Bensaïd. La idea detrás de esto es “hacer uso fructuoso desde un punto de vista intelectual y político, de la melancolía de la izquierda”, propuesta que nos parece atractiva y provocadora. Nos interesaron en particular los vínculos que el autor estableció entre el marxismo y la memoria, el tema de su segunda sesión, y que aquí queremos compartir.

La foto de una de las pocas estatuas de Marx y Engels que sobreviven en Berlín, con un grafiti que informa “No somos culpables”, arranca la reflexión de Traverso. La describe como una estatua conmovedora, que permanece casi como única muestra de que todo lo que recuerda el pasado socialista de Alemania fue destruido.

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En el corpus canónico del marxismo, el tema de la memoria no existe, según explica Traverso, salvo por algunas menciones sobre el rol de las generaciones en las revoluciones de 1848 que estudia Marx en su 18 brumario de Luis Bonaparte en donde el pasado se presenta “como una carga pesada”. También Trotsky  demuestra en sus escritos cómo el marxismo clásico siempre se refirió con mucha suspicacia a la memoria, dadas sus pretensiones de ser una ciencia objetiva.

El primer tema que identifica Traverso es, pues, la clásica dicotomía entre historia y memoria. La primera objetiva y la segunda no tanto, aunque ésta haya surgido como un  concepto central en la década de los ochenta que incluso remodeló la manera de escribir la historia, pero también la sociología y la literatura, entre otras. La prueba la encuentra el conferencista en los trabajos de Yosef Yerushalmi,  Pierre Nora, Aleida Assmann y Paul Ricoeur. En estos libros el marxismo no está presente, lo cual lleva a Traverso a concluir que el debate sobre la memoria y el marxismo parecen ser dos debates separados y si hay algo que pensar en relación a ello es lo que se llamó “la crisis del marxismo”. Los ve como si fueran dos paradigmas y uno hubiera sustituido al otro.  Mientras que el marxismo había dominado las ciencias sociales desde la posguerra hasta los ochenta, en los ochenta se dejó de pensar en la sociedad para pensar en la memoria.

Ahora, ¿cómo se entienden aquí tanto marxismo como memoria?  El marxismo no sólo es un corpus textual,  dice Traverso, se entiende como teoría, pero sobre todo —y aquí el centro de su propuesta— como cultura. Una cultura que habría hecho que muchos movimientos sociales desembocaran de una u otra manera en éste. “Cuando hablo de marxismo hablo de imágenes, de literatura, un corpus bastante heterogéneo”. Por otro lado, la memoria se entiende como la representación colectiva del pasado, que se construye con distintas voces: “Vectores que contribuyen a crear una representación colectiva del pasado.”

En el contexto actual, la relación entre marxismo y memoria da mucho de qué pensar alrededor de la discusión sobre el potencial político que tienen (o no) las narraciones sobre el pasado, en una lógica de temporalidad más amplia. La visión que tiene el marxismo sobre la memoria hay que reconocerla entre líneas, según el historiador de las ideas, y que se presenta de la forma más clara en la multicitada onceava tesis sobre Feuerbach. El marxismo empuja una visión del pasado que implica una selección de acontecimientos para darles un sentido teleológico, siempre con la intención de “transformar al mundo”. Es una memoria estratégica que tiene sentido en la medida en que nos permite avanzar. Sin embargo, en el régimen temporal en que vivimos: el llamado presentismo que Traverso recupera de Hartog, no se admite más esa dialéctica de la historia marxista pues, dado que no tenemos futuro susceptible de ser proyectado, no podemos seleccionar nada del pasado para contribuir a la causa.

Por supuesto, para el propio Marx las cosas tampoco eran tan claras. Dice el conferencista que está el Marx positivista, con una visión teleológica de la historia, y uno que es mucho más matizado, presente sobre todo en intercambios epistolares, que no considera que el proceso histórico que describe en El Capital sea generalizable. Pero retomando el concepto de cultura en un amplio sentido, de “paisaje mental y representaciones”, la cultura marxista está asociada al telos; cosa que Traverso explica, con lucidez, que tiene implicaciones para la periodización de nuestras narraciones sobre el pasado. Pensar la historia para los socialistas implicaba cortes: 1789, Comuna de parís, Revolución rusa, Revolución china, Cubana y así hasta la anhelada utopía. Todas las cuales no dejan de tener una lógica eurocéntrica que ya no es vigente. Como muestra, Traverso recuerda la Historia del siglo XX de Eric Hobsbawm.

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Entonces, el marxismo sí implica una memoria y una tradición, pero ésta es siempre la de las revoluciones y con una lógica que hoy ya no es posible. Traverso ilustra esas aspiraciones de articulación narrativa con muchas imágenes. Tanto Il quarto stato de  Pellizza da Volpedo (1900), como De la Conquista al futuro (1935) de Diego Rivera, o el caso más ilustrativo, El Monumento a la Tercera Internacional (1919-20) de Vladimir Tatlin, que se quedó como la más absoluta utopía. Esta es una iconografía que suele decir: “la revolución sabe cuál es el camino que hay que seguir” y que poco a poco ha sido sustituida con otra que muestra que eso es ya materia del recuerdo. Como la pintura The manifesto (1983) de Alexander Kosolapov que es de la década en que se da la ruptura de temporalidad, según Traverso, o el documental de Carmen Castillo –esposa del asesinado Miguel Enriquez–, Calle Santa Fe de 2007, que Traverso describe como “un intento de museficación de la situación chilena”.

Con el cambio de siglo, el socialismo fue transformado en lugar de memoria, siguiendo  el concepto de Nora. Las propias revoluciones fueron paralizadas, según la explicación del autor de La historia como campo de batalla (2012) en donde, de hecho, estudia el discurso explicativo y justificativo de distintos historiadores del siglo XX con respecto a las revoluciones.

Aunque vaga, la conclusión a la que lleva la explicación de Traverso sobre la forma en que se relacionan hoy la memoria y el marxismo, es desanimante. ¿Realmente el marxismo, que dominó a la imaginación de la transformación social durante un siglo, es una estatua inmóvil en medio de Berlin? Una forma de matizar esto parece ser tomar la visión del pasado que tiene Benjamin. En ésta, hay una relación simbiótica entre el pasado y el presente, en la que el primero ha de ser desvelado. Si se piensa en que el pasado está abierto, entonces la rememoración –y su potencial reactivador– aún tienen sentido político. Sin embrago, ese parece que será el tema de mañana…

Las sesiones anteriores del seminario se pueden ver aquí. Lo mismo que la transmisión en vivo de la sesión de mañana a las 11am.