¿Qué tal que la ciudad pudiera decidir cada año deshacerse de aquel individuo que se considerara el enemigo público más peligroso para la estabilidad democrática de la misma? Seguro que no sería tarea fácil, pero la propuesta es provocadora: exiliarlo durante diez años, sin despojarlo de sus bienes y que a su regreso pueda ejercer plenamente sus derechos. Todo en aras de evitar el autoritarismo.

aristoteles

Sabemos que el exilio obligado de ciertos elementos de la comunidad fue una práctica política frecuentemente usada en la Grecia arcaica, que se mantuvo durante siglos y que se transformó en el 508 a.C., con Clístenes, a  su variante más democrática del ostracismo. Éste se caracterizaba por decidir año con año si se practicaba y, de aceptarse, se votaba por el individuo que fuera considerado el más dañino para la democracia, aunque muchas veces esto significaba también ostratizar al individuo más capaz para gobernar.

En el tercer libro de la Política, Aristóteles habla de aquello que compone a las ciudades, su idea de ciudadano y la correspondencia de ésta con lo que hace al régimen político. Algo que llama la atención desde el inicio de su disquisición es la distinción que hace entre los tipos de hombres: no sólo entre los que pueden ser clasificados como buenos ciudadanos y los que son además buenos hombres, sino aquellos individuos que son sencillamente “mejores” que el resto –tanto que es absurdo legislar para ellos, pues en sí mismos “son ley”. ¿Qué hacer con estos individuos cuando se trata de construir un buen régimen de gobierno para la colectividad?

Según Aristóteles, en las ciudades democráticas se establece el ostracismo para lidiar con los individuos de virtud y capacidad política extraordinaria. “Éstas, en efecto, parecen perseguir la igualdad por encima de todo, de modo que a los que parecían sobresalir en poder por su riqueza o por sus muchas relaciones o por cualquier otra fuerza política los ostratizaban y los desterraban de la ciudad por tiempo indeterminado”. Es, pues, algo que atañe a las democracias y no a los otros dos regímenes de gobierno. Sin embargo, aún en ese caso, Aristóteles da cuenta de varios problemas asociados a esta práctica política.

Primero, que no era sólo para los hombres que vieran egoístamente por sí mismos, sino también para aquellos que promovían el bien común (como parece insinuar que fue el caso de Jántipo, padre de Pericles, a quien se ostratizó en el 484 a.C., por ser un hombre que a “los demás parecía demasiado grande”, según dice en La Constitución de Atenas). Este tipo de procedimiento lo lamenta en la Política, pues cree que un régimen tendría que poder construirse sin necesitar de tal remedio, con el ostracismo se expulsaba a hombres virtuosos y útiles para la comunidad. Por otro lado, también da elementos para pensar que era un remedio limitado por el hecho de que las características que se consideran sobresalientes no se restringen a individuos determinados, sino que se reproducían por generaciones. “Es natural que los hijos de los padres mejores sean mejores, ya que la nobleza es una virtud de familia”,  pues las condiciones que la posibilitan (materiales y sociales) se reproducen para quienes las poseen. Podemos decir que se comprobó con el mismo Pericles, quien fue candidato al ostracismo en varias ocasiones.

Aunado a esto, Aristóteles no pasa por alto la cuestión de si todas las formas de sobresalir son comparables y reflexiona sobre qué debe hacerse en el caso de que alguien verdaderamente destacara por su virtud y no por su fuerza, riqueza o muchas relaciones. Concluye que sería injusto creer que este hombre fuera digno de los mismos derechos, pues es como si “tal individuo fuera como un dios entre los hombres”. ¿Qué hacer con él? La solución inmediata es obedecerlo y establecer una monarquía.

Sin embargo, sabemos que Aristóteles no cree que sea mejor el gobierno de un solo hombre al gobierno del mejor grupo de leyes, vigiladas por una mayoría. Tiene la certeza de que los más, aunque sean mediocres, si actúan en conjunto “mejoran” y pueden reunir todas las virtudes de ese gran individuo. Entonces, en términos abstractos, el hombre virtuoso no tiene porqué ocupar un lugar sobresaliente en el gobierno, pero también da razones operativas (como el hecho de que una multitud sea más difícil de corromper que un solo hombre). Entonces, a pesar de todo, el ostracismo tiene sentido para crear una mejor ciudad pero no por el hecho de deshacerse de un potencial tirano, ni por excluir a un hombre poderoso, sino porque la decisión implica la certeza de que es mejor darle el poder a la mayoría. Como recuerda Aristóteles, Solón le da a “la masa” el poder deliberativo y judicial bajo la idea de que el pueblo puede juzgar a los magistrados, ya que colectivamente está enterado de los problemas y es justo que los más sean los encargados de los temas más importantes.

Pero no son las masas solas, sino las masas que actúan bajo la ley. Y en ese punto se anuncia la última razón para entender porqué el ostracismo es más deseable que el gobierno de un solo hombre, aún si se trata del más virtuoso. Aristóteles lo dice: “el que defiende el gobierno de la ley, parece defender el gobierno exclusivo de la divinidad y de la inteligencia; en cambio el que defiende el gobierno de un hombre añade también un elemento animal […] la ley es, por tanto, razón sin deseo”. La ley educa, y es “término medio”, media entre los hombres. Y si hay cosas que la ley no puede determinar, no se busca que uno sólo decida, sino al contrario: que los magistrados sean muchos y los jueces deciden soberanamente habiendo discutido entre todos. “Entre semejantes no es conveniente ni justo que uno tenga la soberanía de todos”.

Pere a esto, en su libro Exile, ostracism and democracy. The politics of expulsion in Ancient Greece, Sara Forsdyke dice que aún para el caso mucho más “moderado” del ostracismo a comparación de los exilios de la Gracia arcaica, es clara la relación entre el proceso expulsión y el mantenimiento poder, aunque el ostracismo sobre todo tuviera una dimensión simbólica importante, en la que se ponía de manifiesto la justicia y la moderación de la sociedad democrática. En Aristóteles, el ostracismo es muestra de la idea de que la comunidad política debe ser puesta por encima de cualquiera de sus partes, según recuerda Richard Kraut. Y aunque una monarquía pueda gobernar ante todo por el bien común, Aristóteles nos recuerda que difícilmente puede ser lo más justo que un hombre decida por lo que le atañe a todos. 

Diez años de vivir en el exilio, con la garantía de que sus bienes no serían alterados, no parece ser mucho pedir por el bien de la ciudad en su conjunto.

 

Usamos y recomendamos

Aristóteles. La Constitución de Atenas, Edición, traducción y notas, con estudio preliminar de Antonio Tovar, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1948.

Forsdyke, Sara. Exile, ostracism and democracy. The politics of expulsion in Ancient Greece, Princeton: Princeton University Press, 2005.

Kraut, Richard. Aristotle on the Human Good, Princeton: Princeton University Press, 1989.