Para la historia de México, 1968 fue fundamental. El país que en este año se vio premiado por su desarrollo económico al ser elegido como sede de las Olimpiadas, al mismo tiempo ponía en evidencia los límites de su régimen político con una represión desmedida a la manifestación estudiantil de ese 2 de octubre que no se olvida. La paradoja que la conjunción de estos dos eventos significó, hizo que la realidad perdiera sentido para un amplio sector de la población. Héctor Aguilar Camín escribe en el libro Historia, ¿para qué?:

“[1968] es la fecha de arranque de la nueva crisis de México; ahí se abre un paréntesis (que dura hasta hoy) de un país que perdió la confianza en la bondad de su presente, que dejó de celebrar y consolidar sus logros y milagros para empezar toparse todos los días, durante más de una década, con sus insuficiencias silenciadas, sus fracasos y sus miserias. Salvo por las anticipaciones paranoides de la autoridad, la del 68 no fue una crisis estructural que pusiera en entredicho la existencia de la nación; fue sobre todo, y ha seguido siéndolo, una crisis política, moral y psicológica, una crisis de convicciones y valores que sacudió los esquemas triunfales de la capa gobernante; el anuncio sangriento de que los tiempos habían cambiado sin que cambiaran las recetas para enfrentarlos”.

La crisis del 68 tuvo especial impacto en las clases medias del país, y particularmente en aquellos que estaban relacionados con el mundo universitario. En estos individuos se cristalizaba todo lo bueno del régimen político: habían sido los más beneficiados por el desarrollo económico y la estabilidad política de las ultimas décadas; pero también sus asegunes: fueron los que más resintieron el autoritarismo del régimen. Fue probablemente este dobla doble condición la que motivó en ellos la necesidad de repensar a la realidad nacional.

En medio del sinsentido posterior a la matanza de Tlatelolco, los universitarios se enfrentaron a una sensación de incertidumbre generalizada. Después de la reacción del gobierno, no tenían cómo saber hacia dónde se dirigían, cuáles eran sus oportunidades y su posible  futuro. Al mismo tiempo, resultaba incomprensible la razón que había llevado al país a esto, justo cuando parecía que todo mejoraba. El 68 abrió una etapa de cuestionamientos que desató la búsqueda de respuestas, soluciones y medios que reconfiguraron el quehacer intelectual en esta esfera particular de la sociedad mexicana.

Empezó un doble juego. Frente a la inmovilidad, arrancó una profunda reflexión sobre el futuro pero también, y más importante, sobre el pasado. La incongruencia entre el discurso predominante y el golpe de realidad que acababan de vivir estos individuos dio pie a que se cuestionara el pasado del que esta realidad había emanado. El pasado que había que repensar era particularmente, aunque no de manera exclusiva, el de la Revolución. Ver su muerte permitió hablar de ella como pasado y la volvió pretexto para reflexionar e interrogar, fue mucho más que un simple objeto de estudio. Así tomó forma el revisionismo de todo lo que había articulado la vida nacional hasta entonces. Ejemplos canónicos de obras que regresaron a la Revolución mexicana para ser críticos con ella fueron La frontera nómada: Sonora y la Revolución mexicana de  Héctor Aguilar Camín, La ideología de la Revolución mexicana. Formación de un nuevo régimen de Arnaldo Córdova, La revolución interrumpida de Adolfo Gilly y Caudillos culturales en la Revolución mexicana de Enrique Krauze, entre muchos otros.

Hoy, a 45 años de 1968, creemos que vale la pena volver a repensar aquello que en su momento este conjunto de individuos repensó. En un país radicalmente distinto –en buena medida producto de las reflexiones emanadas de ese icónico año– probablemente no esté de más regresar al pasado con ganas de entender ese sinsentido que de vez en vez parece envolvernos todavía.