"El Nietzsche enfermo" de Hans Olde

“El Nietzsche enfermo” de Hans Olde

Si bien es cierto que desde épocas muy antiguas aparecieron narraciones sobre el pasado, es tan sólo hace un par de siglos que se escribe historia de manera metódica. Tuvieron que pasar miles de años para que la historia se volviera una disciplina con reglas sistematizadas y con un método propio. Una vez sucedido esto, comenzó un proceso de especialización en el cual la disciplina se subdividió siguiendo criterios temporales, espaciales y temáticos. Aparecieron la historia antigua y la moderna, la historia nacional y la global, la historia económica y la social. Cada una de estas subdisciplinas tiene presupuestos teóricos y metodológicos específicos que la convierten en un mundo por sí misma con una historia propia.

Un caso particularmente interesante, que se ha visto envuelto en varios debates, es el de la historia intelectual. Esta tiene como antecesora a la historia de las ideas, cuyo primer gran exponente fue el historiador americano Arthur Lovejoy quien insistía en que las distintas ideas debían ser concebidas como unidades y lo que se tenía que estudiar era la manera en que aparecían a lo largo del tiempo. En su más importante obra, The Great Chain of Being A Study of the History of an Idea, es en donde mejor llevó a la práctica su planteamiento al analizar cómo es que reaparece la idea de la “escala natural” o “cadena de los seres” desde Platón hasta el siglo XIX.

Con el tiempo, el estudio de las ideas como lo bosquejaba Lovejoy fue cediendo lugar a una historia intelectual en la cual no solamente se estudiaban las ideas sino el intelecto en su conjunto, incluyendo a un espectro mucho mayor de sus manifestaciones. De esta manera, la historia intelectual también se empezó a preocupar por el pensamiento informal, la opinión popular, la difusión de ideas y las mentalidades. Con este ensanchamiento la historia intelectual se extendió hasta tener dimensiones gigantescas (¿qué cosa relacionada con el pensamiento no podía entrar dentro de esta renovada subdisciplina?). Sin embargo, existía un elemento que atravesaba cada una de las posibles investigaciones: el énfasis se mantenía en la ideas, en todo aquello que pasaba en la mente.

A partir de la década de los sesenta del siglo XX comenzó un proceso que desmantelaría el presupuesto de que la historia intelectual debía de estudiar lo intangible. Por un lado, el auge de la historia social de aquellos años trajo un interés por el contexto en el cual las ideas eran producidas. Por el otro, los historiadores (que para esa época ya eran casi todos universitarios y académicos) sintieron la necesidad apremiante de entender su propio papel dentro de la sociedad a raíz de los movimientos sociales que se dieron a lo largo y ancho del mundo (Berkeley, Praga, París, México). Así, junto con el contexto social y político del cual nacían las ideas, se comenzó a analizar a los personajes que las producían: a los intelectuales.

De estas transformaciones surgió, en contraposición a la historia intelectual y de las ideas, la historia de los intelectuales. Podría parecer simplemente un sesudo (y pretensioso) juego de palabras, pero no lo es. La distinción es significativa. Mientras que la historia intelectual estudia primordialmente los distintos productos del pensamiento, la historia de lo intelectual pone énfasis en los contextos y sujetos que los producen. Dicho de otra forma: mientras que para la primera los protagonistas de la historia son las ideas y pensamientos, para la segunda son los intelectuales y su mundo.

Una apuesta por la historia de lo intelectual es apremiante por varias razones (o convicciones). Primero, las ideas no aparecen de la nada: siempre germinan de un contexto particular que de alguna manera las explica. Segundo, las ideas que permanecen exclusivamente en el plano mental son poco interesantes: valen realmente la pena cuando afectan nuestra vida. Las ideas tienen que ser aterrizadas puesto que sabemos bastante de ellas pero poco de quienes las crearon: de cómo lo hicieron, bajo qué condiciones, entre qué circunstancias. Se debe emprender una historia en donde el personaje principal sean las personas de carne y hueso y no las etéreas ideas. Recordemos e historiemos las pláticas de sobremesa, las peleas de tinta y las noches en vela pasadas en la imprenta. Traigamos la discusión sobre la vida intelectual a la Tierra.

Sobre el tema usamos (y recomendamos):

  • Altamirano, Carlos. “Introducción general” de Historia de los intelectuales en América Latina. Buenos Aires: Katz Editores. 2008/2010. 2 vols. Para darle una hojeada aquí.
  • Chartier, Roger. “Historia intelectual”, en Diccionario de Ciencias Históricas. Adré Burguière (director). Madrid: Ediciones Akal. 1991. Para darle una hojeada aquí.
  • Dosse, François. La marcha de las ideas: Historia de los intelectuales, historia intelectual. Valencia: Universitat de València, 2007. Para darle una hojeada aquí.
  • Munslow, Alan. “Intellectual History” en The Routledge Companion to Historical Studies.  2 ed. Nueva York: Routledge, 2000. Para darle una hojeada aquí.
  • Wickberg, Daniel. “Intellectual History vs. the Social History of Intellectuals”, en Rethinking History: The Journal of Theory and Practice. Vol. 5, Núm. 3, 2001. Descárgalo aquí.