Aunque es imposible pensar en la literatura sin metáforas, es cierto que éstas figuras del discurso están presentes en muchos más ámbitos de nuestra vida. Los espíritus poéticos las usarán naturalmente, otros convencidos de la explicación común que pueden aportar se detendrán a pensarlas, pero sin duda hay varios ejemplos del uso de metáforas en nuestra vida cotidiana. Siguiendo a Paul Ricoeur  y la idea de que la literatura efectivamente dice cosas sobre nuestra realidad, vale la pena pensar en la naturaleza de las metáforas que este autor nos propone.

Para Ricoeur,  las metáforas son ejemplos de la literatura en todos sus géneros porque son pequeños espacios en los cuales se puede ver el uso específico que este arte narrativo hace del discurso. Siguiendo esta idea, hay una condición de las metáforas que señala el estudioso del lenguaje  que las hace particularmente interesantes para pensar en la literatura, y que tiene implicaciones importantes en cuanto a su interpretación: la imposibilidad que tienen las “verdaderas metáforas” de ser traducidas.

Según el autor, hay una distinción entre tipos de metáforas: aquellas que podrían denominarse verdaderas, y las que son más bien falsas metáforas. La diferencia entre unas y otras radica justamente en que las falsas pueden traducirse mediante una simple sustitución de palabras que restaura su significado literal. Las verdaderas metáforas, por el contrario, viven en la tensión que existe entre su sentido literal y su sentido figurativo. Su significado surge a partir de la incompatibilidad de estos dos tipos de interpretación.

Byzantine Metaphor For The Soul and Death

En realidad, para Ricoeur sólo existen las verdaderas metáforas en tanto aquellas que son simple sustitución pertenecen a una concepción de estas figuras heredada de la retórica clásica, y que la semántica moderna ha puesto ya en duda. La retórica que comienza con los sofistas griegos propone que las metáforas son “figuras del discurso que tienen que ver con la denominación”, y por lo tanto se limitan a las palabras que pueden ser sustituidas unas por otras. La semántica moderna que sigue Ricoeur, considera a la metáfora como una expresión, y no como una manera de nombrar a las cosas de otro modo. No existe el empleo metafórico de una palabra, sino solamente expresiones metafóricas compuestas.

Pero, ¿porqué es imposible traducir una expresión? Hay infinidad de ejemplos que demostrarían lo contrario: “tal persona es un plomo”, “se le fue el tren”, o ejemplos del propio Ricoeur como “la pata de una mesa” o “un montón”. Lo que hace traducibles estas expresiones es una segunda distinción que hace el autor entre metáforas: existen las metáforas vivas, y las metáforas que, como las anteriores, a fuerza de repetición han adquirido un sentido literal conocido y prácticamente único, acabando con la esencia de la expresión metafórica. Aquí es importante subrayar que esto no quiere decir que las metáforas vivas y, por ende, verdaderas, no tengan posibilidad de ser entendidas sino que, al contrario, es el conjunto de posibles interpretaciones lo que las constituye.

Las “metáforas de tensión” no son traducibles porque su sentido está contenido dentro de ellas, sin embargo, se pueden comprender en la medida en que la lectura reactualiza su significado cada vez. Al leer:

“¿qué haré con este odio a plazos nada anónimo

con este duro pan de la tristeza

con este olor a fuego y a derrumbe hasta en los sueños

con este malestar de la camisa el ojo y la cuchara?”

(Gaspar Aguilera Díaz, 1985. Lo leímos aquí.),

pensar en el odio tratado como tarjeta de crédito, la tristeza comestible, el derrumbe con olor y objetos que tienen malestar, es evidente que el significado de los versos de este poema no está en su sentido literal. Pero, por otro lado, su sentido metafórico depende de una interpretación que en última instancia es individual. ¿Cuál es su significado entonces? Depende del lector y de todo lo que en un amplio sentido lo condiciona.

Lo anterior extrapolado a la literatura en todas sus formas abre –ahora sí literalmente– un mundo de posibilidades. Como lo demuestra Ricoeur con las metáforas, la literatura se caracteriza por su capacidad de decir siempre algo nuevo sobre la realidad. En la medida en que las expresiones que están atrapadas entre un sentido literal y un sentido literario no pueden ser traducidas, para transmitir su significado sólo pueden ser parafraseadas. Ricoeur no lo dice, pero probablemente lo más cercano a una traducción de sentido implicaría crear nuevas metáforas, cada vez haciendo evidente que hay infinitas maneras de ver la realidad, inevitablemente nuevas y por ello, siempre vivas.

 

Paul Ricoeur. “La metáfora y el símbolo” en Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido, México: Siglo XXI/ Universidad Iberoamericana, 2006.