A reserva de comprobarlo con “datos duros”, se podría afirmar que la Ciudad de México es una ciudad especialmente ruidosa. Es cierto que, en sentido estricto, todas lo son. Sin embargo, comparándola con otras grandes urbes, parecería que la nuestra sobresale en términos de contaminación sonora: hay un exceso constante de sonidos desagradables. Si bien nadie se escapa de él, los hay más sensibles a ello. Un ejemplo de quienes podrían verse especialmente afectados por el ruido de la ciudad son los hombres de letras: es prácticamente imposible leer y escribir con ruido. Dos escritores, Octavio Paz y Salvador Elizondo, dejaron constancia de su sufrimiento y exasperación ante el inclemente ruido de la Ciudad de México.

En una carta fechada en agosto de 1973, Octavio Paz le pregunta a Perre Gimferrer sobre el procedimiento para instalar cristales acústicos: buscaba colocar unos en su estudio para aislarse del “espantoso ruido citadino”.[1] Años más tarde, le escribiría con la siguiente petición:

Creo que te conté que me martirizan y exasperan los ruidos de la ciudad de México. (Cf. “A la mitad de esta frase…”) Había resuelto parcialmente este problema como Ulises –sólo que yo no oigo cantos de sirenas sino motores y autos– con unas bolitas de algodón y cera en los oídos. Por desgracia, desde hace varios meses han desaparecido de las farmacias: nuestro Gobierno ha prohibido su importación –dice que para favorecer a la industria nacional ¡pero nadie las fabrica en México! Un pintor amigo, de origen español y víctima del mismo mal, me regaló hace algún tiempo una cajita de esas bolitas fabricadas en España. ¡Excelentes! ¡Las mejores! He descubierto que los anglosajones no sólo tienen los pies más grandes que nosotros sino también las orejas. Para que quepan en una oreja latina las bolitas hechas en los Estados Unidos (diminutivo es un eufemismo: son verdaderas pelotas de rugby para cíclopes) ¡hay que cortarlas por la mitad! La marca española es NOHISENT y se hace ¡en Barcelona! Se venden en cajitas en forma de pequeños discos (7 bolitas en cada caja). ¿Me podrías enviar unas 10 cajitas por aéreo? [2]

“A la mitad de esta frase…” [3], el poema al que hace referencia Paz en la carta, dice así (recordemos que vivía un departamento en la calle de Lerma en el sexto piso): “Sexto piso:/ marea y martilleo,/ pelea de metales,/ despeñavidrierío,/ motores con rabia ya humana.”

 

Salvador Elizondo, quien vivía en una casa en la calle Tatavasco, dentro del aparente tranquilo centro de Coyoacán, publicó en enero de 1978 un texto en el Unomásuno comentando un ensayo escrito por Schopenhauer sobre el ruido [4]:

Aunque breve me costó dos horas leerlo. Las consideraciones del pensador se antojan, en el orden cuantitativo, moderadas porque su desesperación va pareja con el nivel del ruido de su tiempo, pero en el orden cualitativo no han perdido –más bien han ganado– oportunidades e intensidad crítica: ‘Las interrupciones ruidosas son un impedimento para la concentración. Las mentes más distinguidas han mostrado siempre, por esto, un profundo desagrado ante toda forma de interrupción como algo que irrumpe de pronto y dispersa sus pensamientos… La gente ordinaria no parece perturbarse mucho con él… No se trata sólo de una interrupción; se trata, además, de un desgarramiento de las ideas. Por supuesto, donde no hay nada que interrumpir, el ruido no será tampoco particularmente doloroso…” Si no la medida, la ironía de Schopenhauer se aviene al sentimiento que producen esas luminosos mañanas mexicanas en las que retiembla la bóveda celeste al paso de los aviones que con torturante frecuencia y estruendo ensordecedor surcan el cielo e la ciudad mientras estamos tratando de escribir artículos, o de descansar.

En las escala de los ruidos molestos de Schopenhauer corresponde la máxima el chasquido del látigo de los cocheros “cuando se produce en las calles estrechas y resonantes de un pueblo… imposibilita toda vida tranquila… paraliza el cerebro… asesina el pensamiento… distraer seguramente a un centenar de gentes…. En el caso del pensador su efecto es desastroso y funesto pues corta sus pensamientos de tajo, tal como el hacha del verdugo separa la cabeza del cuerpo…” ¿Qué pensaría el escandalizado filósofo si viviera hoy aquí?

No pensaría nada. El grado de contaminación sonora hace prácticamente imposible el pensamiento. No es posible encontrar soluciones porque el ruido no permite realizar ninguna operación mental congruente y la razón se embota o deja de funcionar y mucho menos permite escribir artículos. “¿Cuántos pensamientos grandes y espléndidos –se pregunta Schopenhauer– ha perdido el mundo por el chasquido de un látigo?” Seguramente entre ellos está la solución al problema del ruido.

"Vista aérea de la Ciudad de México VI" (2006) de Pablo López Luz

“Vista aérea de la Ciudad de México VI” (2006) de Pablo López Luz

 

[1] Octavio Paz. Memorias y palabras. Cartas a Perre Gimferrer 1966-1997. Edición, prólogo y notas de Pere Gimferrer. Prefacio de Basilio Baltasar. México: Seix Barral, 1999. p. 48.

[2] Octavio Paz. Memorias y palabras. Cartas a Perre Gimferrer 1966-1997. Edición, prólogo y notas de Pere Gimferrer. Prefacio de Basilio Baltasar. México: Seix Barral, 1999.p. 84.

[3] Octavio Paz. Vuelta. Seix Barrral. Barcelona: 1976. p. 41.

[4] “… y pocas nueces”, en Salvador Elizondo. Pasado anterior. presentación de Paulina Lavista; prólogo de José de la Colina. México: FCE, 2007. p. 73-75.