Parecería que un deseo por fijar la palabra oral, esa que se evapora tras decirse, recorre la historia del pensamiento occidental. Como es sabido, Sócrates jamás escribió y, de hecho, desconfiaba abiertamente de la escritura. Le parecía que debilitaba la memoria y, peor aún, que inhibía el conocimiento filosófico. Recordemos que para él, mediante el diálogo era como podíamos acceder a la verdad. Los textos escritos no admiten este diálogo puesto que si se les cuestiona responden siempre con lo mismo: el silencio. Por lo anterior, según Sócrates, al anular la posibilidad del diálogo, la escritura paraliza el quehacer filosófico.

Paradójicamente, la mayor parte de lo que sabemos sobre Sócrates y su pensamiento es gracias a uno de sus discípulos: Platón, quien se entregó a la escritura. Desde el caso Sócrates-Platón, esta tensión entre la desconfianza del maestro por la escritura y el deseo de fijación de sus discípulos ha aparecido en incontables ocasiones. Esta tensión no es otra cosa que la expresión de la pulsión de permanencia. O dicho de otra manera: no es más que el deseo por mantener al maestro en el reino de los vivos después su partida, de aferrarse a su palabra y que ésta no se vaya con él. Los ejemplos son incontables, pero nosotros quisiéramos rememorar cuatro que, por una u otra situación, tenemos especialmente presentes.

Los cursos que Hegel dio en la Universidad de Berlín se convertirían en dos libros hoy fundamentales: Lecciones sobre filosofía de la historia y Lecciones sobre filosofía de la religión. El primero fue preparado por su alumno Eduard Gans en 1837 reuniendo las notas de varios asistentes a los cursos que Hegel impartió sobre el tema durante cinco semestres de “invierno” entre 1822 y 1831. El segundo lo editó otro pupilo, Philipp Konrad Marheineke, usando cuadernos de notas de distintos alumnos y un manuscrito de Hegel con notas para sus clases de filosofía de la religión (dadas en 1821, 1824, 1827 y 1831).

El Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure, uno de los libros más influyentes a lo largo del siglo XX y sin el cual el estructuralismo y derivados son difíciles de imaginar, nunca fue concebido como tal. Es, en realidad, una serie de notas reunidas por varios estudiantes de las clases que dio Saussure en Ginebra entre 1906 y 1911. Fueron reunidas después de su muerte y publicadas como libro en 1916.

Los cuadernos azul y marrón son piezas singulares de la obra de Wittgenstein. El azul está conformado por apuntes de las clases que dio en la Universidad de Cambridge durante el año 1933-34, mientras que el café son notas de un curso dictado a sus pupilos Francis Skinner y Alice Ambrose durante el año de 1934-1935. Reciben esos nombres porque en un inicio se realizaron copias que circularon entre los estudiantes y el primero de ellos se encuadernaba con tapas azules y el segundo con tapas cafés.

Lacan inició sus famosos seminarios a principios de la década de los cincuenta y no terminarían sino hasta 1980, poco antes de su muerte. En un inicio, se llevaron a cabo en el Hospital de Sainte-Anne, donde él trabajaba, y después en la École Normale Supérieure. Conocemos el contenido de los seminarios gracias a que eran recogidos taquigráficamente por alguien. Jacques-Alain Miller, alumno y yerno de Lacan, reunió todas las transcripciones y las editó en veintisiete volúmenes.

Ana Sofía Rodríguez y Luciano Concheiro San Vicente

 

Lacan en alguno de sus seminarios

Lacan en alguno de sus seminarios