Presentamos aquí algunos retazos de una carta que José Ortega y Gasset le escribió a Victoria Ocampo en 1930. Estos dos intelectuales y empresarios culturales se conocieron en la primera visita de Ortega a Argentina  y comenzaron una intensa amistad. La carta originalmente fue publicada en Sur, la histórica revista que fundó Victoria Ocampo y que, junto con Revista de Occidente y Vuelta, probablemente sea una de las publicaciones más importantes de las letras hispanoamericanas del siglo XX. El fragmento que escogimos es plenamente orteguiano. El lector reconocerá en éste la prosa característica del pensador español, así como sus temáticas y preocupaciones filosóficas.

Madrid, miércoles 19 de febrero de 1930.

Querida Victoria:

Entre la redacción de un sistema filosófico y la de un artículo pro pane lucrando comienzo esta carta que no sé cuándo concluiré ni si la concluiré. No vivo. Todo cae sobre mí como si los mundos, resueltos a concluir, aprovechasen los pocos minutos de existencia que les quedan para caer sobre alguien. Pero me conmueve tan radicalmente que en tu omnimodez parisiense te acuerdes de mí y me mandes tus ondas y à minuit, retournée des autres et ruisseante encore me escribas, que ejecuto el milagro de conseguir escribirte. […]

De X. no quisiera hablarte aún porque lo que había de decirte sólo tiene sentido como detalle dentro de una cuestión mucho más general que es, nada menos –tu Vida misma.

Me aterra entrar en el tema porque es enorme. Es enorme porque lo característico de eso que se llama Vida, la Tuya, la Mía, la de Cada Cual –la vida es una realidad a la que es esencial ser siempre Alguien– es existir en un mundo determinado inexorablemente, en este de ahora. Tu Vida depende de lo que en el mundo pase y de lo que el mundo sea. Tú no eres más que uno de los dos grandes ingredientes de tu Vida: el otro es el Mundo. Por tanto yo no puedo en serio hablarte de tu Vida sin hablarte del Mundo. Pero el mundo, lo que en torno hay, la circunstancia, tiene capas como una cebolla. Y las más externas o superficiales son menos reales, son menos auténtico mundo que las internas. Una vida acierta cuando vive hacia, con y de lo más auténtico y sustancias de cuanto pasa y es en esta hora el mundo. Es inútil que tú seas admirable si no vives lo sustancial de tu época. Para esto tu vida tiene que dejar de resbalar sobre el mundo (divertirse, ver, oír, tratar, encapricharte) –tiene, por el contrario, que hincarse en él. Ahora bien, por determinadas coincidencias, en estos momentos en que el mundo está, él por sí, en crisis radical acaece que la sustancia del mundo no tiene nada que ver con su superficie. Me darás la razón sin más que formalizar tu propia impresión de lo que te rodea. Ves con evidencia que eso es todo liquidación de una realidad fenecida, fantasma y larva de un pretérito. Pero no es menos evidente que alguna otra realidad se estará preparando. Esa realidad será el Mañana próximo. Y tienes, sin remisión, que decidirte: o resbalar por el Hoy o disponerte a llegar tú plenamente con el mañana. Toda la vida actual está en sus últimos minutos y rápidamente se incorpora otro tipo de vida radicalmente distinto. Pero, claro es, precisamente porque será lo que mañana triunfe no se encuentra esa nueva vida en la calle ni en los escaparates. Dar con ella supone trabajo, esfuerzo, adscripción, vocación –no diversión. La vida “actual” está ahí, ya hecha. Por eso cualquiera puede verla, usarla, gozarla, saber quién es y qué es. La otra se está haciendo, su realidad es su hacerse y sólo se la ve haciéndola, es decir, sumiéndose en ella, en sus problemas, en sus iniciaciones, adoptándola como destino.

Victoria, el cambio aun de aspecto que el mundo va a sufrir en cuatro o cinco años va a ser fantástico. Bien comprendes que así, como ahora, con gritos de los surrealistas no puede seguir. Quien se quede del lado de acá, en este vivir de hoy, está perdido. ¿No es mejor hallarse en la vanguardia del nuevo triunfo? ¿No es mejor –que hundirse en con el crepúsculo y haber auténtico, exuberante, un paisaje matinal? Pues bien –del tiempo nuevo X. no tiene la más ligera sospecha […]

Me aburro de escribirte todo esto cuya aclaración y concreción –únicas cosas que pueden extirparle ese aire vago, sibilino– sólo larguísimas conversaciones podían traer.

Me aburro de mi carta. Me voy de ella. Adiós, entrañablemente tuyo

Ortega

victoria y ortega

Ana Sofía Rodríguez y Luciano Concheiro San Vicente