La migración al norte para buscar mejores oportunidades laborales no es algo nuevo. En un breve texto (“Sobre la aparición y desarrollo del trabajo libre asalariado en el norte de la Nueva España”) el historiador Ignacio del Río explica el surgimiento de estas relaciones laborales a partir del desarrollo de la minería en Zacatecas y sus alrededores en el siglo XVI. Entender el proceso permite complejizar el estudio del trabajo a lo largo del tiempo no sólo a la luz de sus características particulares, sino considerando también ciertos entendidos entre empleadores y empleados y no olvidando nunca sus implicaciones culturales.

Lo primero a notar en el repaso que hace Del Río es que este nuevo acomodo laboral fue posible a partir de la demanda de un cierto tipo de actividad económica. Sólo una actividad tan relevante como era la minería en el contexto global desencadenado por la Conquista podía movilizar a tantos trabajadores bajo un entramado de reglas tan particular. La importancia de las minas permitió a los encargados de éstas proceder con relativa libertad en la contratación de indios y seguir un patrón de empleo muy distinto del que caracterizó al resto de la Nueva España, el cual funcionaba con encomiendas o repartimiento de indios.

Pero, ¿quién trabajaba extrayendo metales para los españoles si que la conquista del norte se caracterizó mucho tiempo por la dificultad de domar a sus aguerridos e impredecibles habitantes seminómadas? No es casual que los trabajadores sean el elemento más importante en la explicación que hace Del Río del surgimiento de este particular tipo de pacto laboral en las zonas mineras. En las décadas que duró el conflicto chichimeca, la forma de lograr que los indios trabajaran era forzándolos cuando eran cautivados tras los enfrentamientos, pero testimonios que recoge el autor sugieren que incluso en los casos en que los chichimecas aceptaban el trabajo voluntariamente éste era inestable casi por definición. Además de la resistencia de la población nativa frente a cualquier tipo de sometimiento, y más tarde por su auténtica disminución, la llamada Aridoamérica tenía una muy baja densidad demográfica. Esto significó una constante demanda de gente para el trabajo minero y el establecimiento de un fenómeno cultural muy particular alrededor de esta actividad económica: la migración. Los trabajadores de las minas desde un principio fueron fundamentalmente indios del centro y occidente de México, casi sin excepción eran “naturales forasteros”, aunque había casos de algunos negros, mestizos, mulatos y españoles pobres.

Sin embargo, del fenómeno migratorio no necesariamente se deduce que los trabajadores que llegaban al norte se establecieran en ésta como trabajadores libres, aunque fuera casi inmediato el establecimiento de estas relaciones entre la masa trabajadora indígena y el sector de españoles dueño de las minas. Del Río califica el proceso como una “inescapable necesidad”, porque además de que el trabajo forzoso se dificultaba en el norte y en otras partes de la Nueva España había ya probado su ineficacia, la verdad es que sólo contando con la voluntad de los indios podían los mineros enfrentar a todos los españoles que participaban de la explotación de las comunidades indígenas y que obviamente no estaban dispuestos a prestar su mano de obra. De este modo surge la contratación individual y asalariada en las minas. La dinámica de competencia con los dueños de encomiendas o repartimientos, pero también entre los propios mineros, resultó en favor de los indígenas pues al no restringírseles la posibilidad de emplearse con el español que quisieran, podían aspirar a las mejores condiciones laborales, aunque no faltaran casos de abusos como el “sonsaque”, que era la sustracción de trabajadores que los empleadores se hacían entre ellos ofreciéndoles mejores condiciones de trabajo pero también reteniéndolos por endeudamiento.

Incluso con los abusos, el autor insiste en lo activo del mercado de trabajo que creó la minería; con todo,  los salarios y las condiciones laborales de los indígenas que migraban a las minas para trabajar tendieron a mejorar por lo menos durante los siglos XVI y XVII. En este sentido enfatiza un tema fundamental para considerar en cualquier actividad laboral y es que la opción de las minas significaba, en última instancia, una alternativa de vida para esos indios cuyo futuro de otro modo estaba destinado a la esclavitud disimulada en las encomiendas y repartimientos. Trabajar en las minas no tenía pocas consecuencias: implicaba abandonar las comunidades de donde provenían los trabajadores para crear sociedades muy singulares, en donde incluso tenían que aprender otro idioma si tenían la intención de comunicarse entre ellos, éste fue primero el náhuatl y luego el castellano. Esta pérdida completa de identidad étnica, como la caracteriza Del Rio, llegó a poner en jaque las estructuras de tal manera, que se volvió difícil describir a estos trabajadores como indígenas.

Lo cierto es que la opción del trabajo en las minas probablemente les resultaba mucho más atractiva, aunque fuera peligrosa y a la larga probara sus terribles consecuencias en los índices demográficos. Los trabajadores de las minas gozaban de una exención fiscal absoluta, se libraban de las obligaciones serviles que aquejaban la vida de la mayoría de los indios y en algunos casos tenían prestaciones, como se puede considerar a los anticipos salariales. A estas ventajas, que no eran pocas, las opacaba además la posibilidad de la pepena, en muchos casos la motivación principal de los indios para trabajar con los empresarios mineros. Lo que nos dice Del Río a final de cuentas es que la aparición del trabajo libre asalariado significaba ventajas y que fue fundamentalmente  partir de éstas que se estableció y diferenció la sociedad norteña.

 

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