En algún momento recuperamos en este espacio las quejas de Octavio Paz y Salvador Elizondo sobre el ruido de la ciudad de México. Buscábamos encontrar en ellas cierto consuelo frente a un mal que parece empeorar a pasos agigantados. Ahora, recurrimos a Jorge Ibargüengoitia, quien como nadie supo dar cuenta de otro de los anatemas que nos azotan invariablemente: el claxon.

Entre analfabetos el claxon es el hombre. No sólo el claxon, sino la manera de usarlo. La señora que en vez de bajarse del coche a abrir la puerta de su casa, toca el claxon un cuarto de hora para que venga la criada a abrirle; el señor que detiene el coche y da acordes estruendosos mientras espera a su novia que está en el baño maquillándose precipitadamente; el que da un trompetazo en cada esquina, sin disminuir la velocidad, como diciendo “abran cancha que lleva bala”, o el que cree que a fuerza de tocar el claxon va lograr poner en marcha el automóvil descompuesto que está parado frente al suyo, están poniendo en evidencia, no una característica superficial, sino la hediondez que brota de lo más profundo de su alma detestable.

 

Lo primero que aprende a hacer un niño mexicano al llegar a este mundo, es llorar para que se atienda a sus necesidades. Lo siguiente que aprende es a tocar el claxon del coche de su papá, con el mismo objeto. Y toca el claxon y toca más, y al cabo de cincuenta años sigue tocándolo con esperanzas de lograr con ello fines tan diversos como: hacer que un coche descompuesto que obstruye la circulación se componga súbitamente y eche a andar, o bien, que se esfume con todo y ocupantes; avisar a los conductores de vehículos que viajan por las calles transversales que se les acerca un coche conducido por un individuo que está dispuesto antes a morir que a ceder el paso: avisar a unos niños que están desayunando que ya se hizo tarde para llegar a clases; avisarle a una criada reumática y atareada que ya llegó la patrona y que está afuera de la puerta, con el coche atravesado, entorpeciendo el tránsito y la llave de la puerta en la bolsa, pero sin ganas de bajarse a usarla, etc.

 

 

Fuente: Jorge Ibargüengoitia. Instrucciones para vivir en México. México: Gandhi ediciones, 2011. p. 87, 90 y 94.

 

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