agosto 6, 2014

El Espectador

portada el espectador

Creada por los miembros de la llamada “Generación de Medio Siglo”, de la cuál ya se habló en este espacio, El Espectador fue la propuesta de un grupo de jóvenes que, en su mayoría, habían coincidido en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, y que con los años resultarían ser todos personajes sobresalientes. Lo conformaban Víctor Flores Olea, Carlos Fuentes, Jaime García Terrés, Enrique González Pedrero, Francisco López Cámara y Luis Villoro.

La revista circuló de mayo de 1959 a abril de 1960 sobre todo en los pasillos de la Facultad, aunque Víctor Flores Olea recuerda que también la vendían ellos mismos en las calles del Centro de la Ciudad. Si bien duró poco menos de un año, ese corto plazo alcanzó para que quedaran bien definidos los rasgos de la publicación. Éstos encabezados por el innegable espíritu democrático de sus miembros, quienes desde un principio habían acordado rotar la dirección de la revista entre sí.

¿Cuál era el espíritu de la revista? Probablemente lo más importante es mencionar que El Espectador buscaba influir en la opinión pública nacional. Esbozadas entre sus páginas, hay una serie de preocupaciones políticas tan claras como la denuncia de la represión al movimiento ferrocarrilero de Demetrio Vallejo. Las acompaña una atenta cobertura a la Revolución cubana que apenas había tenido lugar, así como críticas a la propia Revolución mexicana, manifestando la forma en que ésta se había degenerado. Se denunciaba al presidencialismo y llamaba a luchar por la democracia. Todo desde una clara posición de izquierda.

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La tradición culinaria a menudo funciona como uno de los pilares más sólidos sobre el cual descansan las identidades nacionales. En el caso de nuestro país resulta claro: la comida ha jugado un lugar central en el proceso de construcción de “lo mexicano”.

La noción de “cocina mexicana” fue creada desde muy temprano, casi de manera paralela al establecimiento de México como nación independiente. Fue el Cocinero mexicano o mejores recetas para cocinar al estilo americano, publicado en 1831 en la imprenta de Galván, el primer recetario que comenzaría a elaborar un canon culinario mexicano mediante la revalorización del uso de ingredientes locales y la reapropiación de platillos de origen prehispánico.

El Cocinero mexicano no fue solamente el primer recetario de comida mexicana en publicarse, sino que marcó las pautas para la constitución de un género editorial. Uno de los mejores ejemplos es el Nuevo cocinero mejicano en forma de diccionario publicado por Librería de Ch. Bouret en 1858. En este libro se retomaron las mejores recetas del Cocinero mexicano, se mejoraron, y se les presentó en orden alfabético. Rescatamos de este libro algunas recetas mexicanas: ajolotes en chile verde; chiles rellenos, chiles rellenos con picadillo con carne de puerco; nogada para chiles rellenos; nopalitos navegantes; tlemole o mole oaxaqueño; y las zanahorias con betabeles en adobo a la mexicana.

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"Vista aérea de la Ciudad de México VI" (2006) de Pablo López Luz

A reserva de comprobarlo con “datos duros”, se podría afirmar que la Ciudad de México es una ciudad especialmente ruidosa. Es cierto que, en sentido estricto, todas lo son. Sin embargo, comparándola con otras grandes urbes, parecería que la nuestra sobresale en términos de contaminación sonora: hay un exceso constante de sonidos desagradables. Si bien nadie se escapa de él, los hay más sensibles a ello. Un ejemplo de quienes podrían verse especialmente afectados por el ruido de la ciudad son los hombres de letras: es prácticamente imposible leer y escribir con ruido. Dos escritores, Octavio Paz y Salvador Elizondo, dejaron constancia de su sufrimiento y exasperación ante el inclemente ruido de la Ciudad de México.

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