El problema de la historia al servicio del poder es un tema bien revisado y sobre el cual los aspirantes a la historia científica han concluido tajantemente que todo conocimiento articulado bajo esta relación está condenado a la falsedad. Sin embargo, la definición de aquello que es verdad y mentira es también histórica, lo mismo que la valoración de la primera sobre la segunda. Un momento particularmente interesante para pensarlas a ambas en su relación con la escritura de la historia es el Barroco pues, como bien ha señalado Michel Onfray, “El libertino barroco desarrolla una ética más allá del Bien y del Mal. No es inmoral ni amoral, sino utilitarista.” Un gran ejemplo de este tipo de historia, al mismo tiempo mentirosa y utilitarista, la podemos encontrar en la obra de José Pellicer de Osau Salas y Tovar.

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Este multifacético personaje –lleno de pliegues como todo lo barroco, diría Deleuze– a quien José Godoy de Alcántara describió como “el siglo XVII hecho hombre”, nació en 1602 y murió en 1679. Es recordado comúnmente por sus comentarios a la obra de Luis de Góngora, que describió como “barbara” (léase su Lecciones solemnes a las obras de D. Luis de Góngora), mientras otros lo reconocen como uno de los primeros periodistas en lengua española. A propósito vale la pena recordar sus Avisos históricos que comprenden las noticias y sucesos más particulares ocurridos en nuestra monarquía, en los que narró casi día a día lo sucedido en la corte de España. Al márgen de una reflexión teórica acerca de los vínculos entre el periodismo y la historia, estos Avisos que hacía por encargo de la Corona son una muestra de la disposición de Pellicer a escribir la versión de los sucesos dictada por el poder.

Como bien indica su título, los documentos antes mencionados buscaban eventualmente crear a la historia oficial del gobierno de Felipe IV. En este afán por dejar testimonios para el futuro, la monarquía española del siglo XVII se preocupó por organizar lecturas del pasado que sirvieran para sus propios intereses y fines políticos. Como explica Richar Kagan, este proceso era común en la época, pero en el caso de España ha sido poco estudiado aún cuando cuenta con personajes casi paradigmáticos para pensar en esta “historia de tipo barroco”. Uno de ellos fue Gaspar de Guzmán, el conde-duque de Olivares y particular del Rey, quien abiertamente creía que la historia tenía que ser un arma ofensiva que sirviera para mortificar a los enemigos de la Corona y destinó múltiples esfuerzos a la causa. Entre ellos, estuvo mantener a su servicio a José de Pellicer, cuyos periplos por los relatos del pasado son múltiples, según vemos en el retrato que hace el propio Kagan en su trabajo “La plumas teñidas de Felipe IV: ¿periodismo o propaganda?”.

El conde-duque de Olivares reclutó a Pellicer en 1635 explícitamente para que participara en una campaña escrita que tenía la Corona en contra de Francia sobre los motivos de la guerra franco-española, reactivada ese año. Como parte de sus trabajos, escribió distintos textos de entre los cuales sobresale La defensa de España contra las calumnias de Francia. Tiempo después se integró a la Junta de cronistas que tenía como tarea la de construir argumentos que rebatieran los esbozados por los catalanes para justificar su levantamiento contra la Corona en 1640.

Pellicer también se dedicó a escribir genealogías por encargo. Para esta última tarea, utilizó su título como “coronista del reino”, que había negociado en 1629 y que, a pesar de ser puramente honorífico, funcionaba como garantía entre los interesados por sus servicios. A Blasco de Alagón y Arborea le hizo una genealogía para que pudiera obtener la Grandeza de España escribiendo un Memorial de la calidad y servicios de Don Blasco de Alagón y Arboreay unaHistoria genealógica de la Gran Casa de Aragón, en donde inventó varios documentos para mejorar el abolengo de su pagador. Bajo su papel de constructor de linajes también le prestó sus servicios a Felipe IV, a quien vinculó directamente con Carlomagno.

Pero la invención no sólo estuvo presente en su obra y servicios profesionales, que por lo demás eran reconocidos plenamente como tal y que algunos de sus contemporáneos no dudaron en calificar de “mentirosos”. Kagan recuerda que la propia vida de este escritor fue en buena parte una invención. Además de su apellido, el cual cambiaría en distintas ocasiones, quedan muchas dudas sobre su paso por la Universidad de Salamanca como estudiante de leyes y aparentemente vicerrector, así como sobre las circunstancias en las que dejó la Corte en 1635. Todas estas cuestiones hacen del hombre un libertino barroco absoluto. Recordemos a Deleuze:  “El Barroco no remite a una esencia, sino más bien a una función operatoria. No cesa de hacer pliegues”. No debería sorprender pues, que un hombre con estas características hubiera sido invaluable para un poder que buscaba ante todo escribir una historia realmente útil.

 

Algunas de las obras José Pellicer de Osau Salas y Tovar se pueden leer aquí.

Usamos y recomendamos:

Richard Kagan, “Las plumas teñidas de Felipe IV: ¿periodismo o propaganda? en La aparición del periodismo en Europa: comunicación y propaganda en el Barroco (Roger Chartier y Carmen Espejo, eds.). Madrid: Marcial Pons, 2012.

Michel Onfray. Los libertinos barrocos: contrahistoria de la filosofía III. Barcelona: Anagrama, 2009.

Gilles Deleuze, El pliegue. Leibiniz y el Barroco. Barcelona: Paidós, 1989.

Quiséramos leer:

Fernando del Arco y García. José Pellicer de Ossau y Tovar: semblanza biográfica y catálogo de sus obras. Madrid: F. Del Arco Editorial, 2004.