En su más reciente libro, Agonística. Pensar el mundo políticamente (2013), Chantal Mouffe regresa con una serie de ensayos al modelo político que ha denominado “pluralismo agonista” para pensar en cómo hemos de lidiar con las diferencias irreconciliables que caracterizan a nuestras sociedades modernas y, sobre todo, en un momento en donde el neoliberalismo parece el único proyecto político posible. Para sustituir a la hegemonía dominante, según una visión absolutamente gramsciana, la teórica propone el enfrentamiento agonístico. Si se parte del reconocimiento del conflicto como motor político, hay que crear una forma de “consenso conflictual” que permita la libre, aunque respetuosa, actuación de los antagonismos y, con ello, lograr una movilidad de hegemonías.

Dentro de esta lucha, según la delinea Mouffe, las expresiones culturales y artísticas pueden jugar un papel fundamental. Éstas ofrecen espacios para la “resistencia” que eventualmente podrían socavar el imaginario social necesario para la pervivencia del proyecto que hoy domina. Sin embargo, en un sistema como el neoliberal, en el que ha desaparecido la línea entre el arte y la publicidad y el espacio público ha sido privatizado, no está de más preguntarse cómo puede volver a ser crítico el arte. La respuesta que bosqueja Mouffe para crear un arte agonista es que se debe hacer visible todo aquello que la hegemonía dominante tiende a oscurecer: se trata de darle voz a los que son silenciados en el marco existente. El arte y la cultura podrían contribuir a este proceso denunciando las prácticas y subjetividades dominantes y, al tiempo, planteando distintas. Un proceso así, dice Mouffe, a la larga podría socavar el imaginario social necesario para el mantenimiento del proyecto dominante (en este caso, el del capitalismo del siglo XXI).

jaar

En las obras teóricas lo que el lector busca son ejemplos. Mouffe no defrauda y da una muestra de lo que ella considera arte crítico en sentido agonista: el trabajo del artista chileno Alfredo Jaar (1956). Sus proyectos artísticos han estado siempre marcados por una importante carga política y que la autora describe como “una estética de la resistencia informada por la estrategia de la hegemonía”. De hecho, Jaar comparte con la teórica su admiración por Gramsci, de quien también reconoce su creencia en el poder de la cultura, y de que se trata de un poder que afecta profundamente a nuestra vida social. Aunque varios de sus trabajos han estado inspirados por el pensador italiano, en 2004 le dedicó particularmente la obra: The Gramsci Trilogy.

Generalmente a través de instalaciones, los temas que ha explorado Jaar –que en realidad es arquitecto de origen– han sido los conflictos militares, la corrupción política, la desigualdad que existe entre los países, el rol de los medios de comunicación en nuestras sociedades y, por supuesto, las posibilidades del arte en todo ello. La preocupación principal que lo motiva es entender al mundo, para después poder actuar en él. Por eso le dedica una gran parte de su tiempo de producción “simplemente a tratar de pensar” y sus proyectos suelen ser de muy largo aliento. Por citar un caso concreto, la que quizás sea su instalación más famosa, The Rwanda Project, sobre el genocidio de Ruanda, tardó seis años en ser completada.

El principio crítico que reconoce Mouffe en el arte de Jaar es el de la desarticulación del sentido común existente mediante una apropiación particular del espacio público. Con base en preguntas que abren espacios para la discusión (y sobre elementos básicos de nuestra vida pública, como lo son las revistas y periódicos que recorre en su obra sobre Ruanda) el chileno busca incidir en las mentes de sus espectadores tanto en espacios alternativos, como dentro de las instituciones existentes, cuestión que Mouffe le reconoce con simpatía. El último de sus grandes proyectos (2002) surge de la preocupación de que, como sociedad, hayamos perdido la capacidad de vernos afectados por las imágenes que nos rodean y, aunque duda del alcance que pueda tener el arte en esta cuestión, está seguro de que éste “ofrece un espacio que no está disponible en ningún otro lado”.

Para Mouffe “el más gramsciano” de sus proyectos es Questions Questions. Esta instalación consistió en intervenir el espacio público en Milán en 2008 con preguntas como: “¿Necesita la política de la cultura?” o ¿Es inútil el intelectual?”, como respuesta al control del espacio público en el que habían resultado los anuncios de Berlusconi en la calle y los medios. Su idea era crear pequeñas fisuras en el sistema para recuperar la noción del espacio público. Lo que le parece interesante a Mouffe es la manera sutil de plantear preguntas realmente perturbadoras y que pueden llevar a la reflexión y descontento sobre el estado actual de las cosas.

Por otro lado, como un ejemplo de la forma en que el arte puede crear verdaderas necesidades, Mouffe rescata un proyecto del 2000 llevado a cabo Suecia. The Skoghall Konsthall se trató de construir un espacio para la exhibición de arte contemporáneo en Skoghall a base de papel, la principal producción del pueblo. Un día después de su apertura, la estructura fue quemada con la intención de que los habitantes de este pequeño lugar reflexionaran sobre si su cotidianidad necesitaba o no de un espacio para el arte contemporáneo. Mouffe admira del proyecto el principio de no imposición de Jaar, quien al construir el hall para luego quemarlo estaba haciendo simplemente una sugerencia.

Lo más relevante del arte Jaar, según la teórica belga, es su entendimiento del papel que juegan los afectos en el proceso de identificación y de construcción de identidades políticas. Para Mouffe, la adhesión a nuevas ideas que lleven a propuestas con posibilidades de ser hegemónicas, está en la capacidad de crear expectativas compartidas. Establecer subjetividades que puedan ser dominantes a través de la práctica cultural no es tarea fácil, pero tal vez no haya mejor lugar para intentarlo que la práctica artística. Como plantea Jaar: “El mundo del arte y la cultura es el último resabios del espacio de libertad. Es ahí en donde se pueden crear modelos para pensar al mundo, [en donde se] es libre de especular y soñar un mundo mejor”.