La importancia de los sueños ha sido una constante en la historia de Occidente.  Homero relata sueños que enviaban los dioses, la Biblia cuenta las proféticas visiones de Jacob, Salomón y San José mientras dormían, está la famosa reflexión de Segismundo en La vida es sueño y, así, infinidad de ejemplos en una historia que nos lleva a Freud y sus propuestas para sistematizar y analizar los significados de nuestras experiencias oníricas. Susan Parman hace este recorrido en su libro: Dream and Culture. An anthropological study of the western intellectual tradition.

catch-lg

Por su condición antropológica es evidente que otras culturas hayan puesto atención al fenómeno de los sueños. En un estudio sobre los sueños y los estados alterados de conciencia de los mayas y nahuas, Mercedes de la Garza cuenta, entre otras cosas, que los mayas creían que los hechos ocurridos durante los sueños eran hechos reales al tratarse de experiencias que vive el alma, mientras que los sacerdotes nahuas diferenciaban entre sueños verdaderos y los que simplemente son “locuras del alma”. En ambos casos, los sueños jugaban un papel importante en las relaciones entre la comunidad al estar vinculados a cuestiones religiosas fundamentales.

Existe un ejemplo particularmente interesante en el tema de los sueños y las comunidades –también perteneciente al mundo precolombino– en una de las culturas que se había desarrollado más largamente en el norte de América antes de la llegada de los europeos. Los iroqueses, habitantes de la zona este de los Grandes lagos, empleaban una especie de “psicoterapia” para la resolución de los problemas individuales y de grupo en la cual los sueños tenían un papel predominante, muy similar a como sabemos que funcionan estos mecanismos desde Freud y Jung. En un artículo que ya es histórico, Anthony Wallace investigó la teoría y prácticas de esta comunidad con el mundo de onírico según los testimonios de misioneros jesuitas que convivieron con ellos.

Los iroqueses del siglo XVII entendían a los sueños como “el lenguaje del alma”, en el cual estaría la respuesta a muchos problemas de la vida. Estaban sistematizados en dos tipos: sintomáticos y visitacionales. El primero se fundaba en deseos del dormido, y los había de todo tipo: de amor, odio, pérdidas, objetos cotidianos, etc. Los del segundo tipo tenían que ver con figuras y rituales tradicionales. Por otro lado, estas tribus reconocían las dimensiones del consciente y el inconsciente, y creían que algunas enfermedades tanto mentales como físicas, podían estar vinculadas a deseos inconscientes incumplidos, expresados muchas veces de manera simbólica en los sueños. Por eso era importante descubrir su origen y significado y, según nos dice Wallace, para ello usaban técnicas que parecerían ser de libre asociación.

Las prácticas de terapia grupal eran efectivas, y esto incluso fue reconocido por los jesuitas que en principio no podían simpatizar con ellas. El autor rescata un testimonio en el que un fraile cuenta el caso de una mujer que tuvo un sueño muy perturbador y la comunidad entera se abocó a resolver la angustia que éste le había provocado. Con rituales para acompañarla, regalos y largas pláticas sobre sus problemas encontraron el origen del asunto (que no nos cuenta el fraile) y  todos celebraron el momento en que por eso ella se sintió mejor.

Nadie dirá que el soñar es un tema sin importancia. Para acercarnos al pasado de distintas sociedades, hay pocas cosas más sugerentes que aquello que se les presenta a los hombres mientras duermen y las formas de lidiar que tienen con ello. Como escribe Wallace, los sueños sin duda son una de las fuentes más importantes para la innovación en la historia cultural de la humanidad.