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Según Richard Rorty cada uno de nosotros utilizamos una serie de palabras para dar cuenta y justificar todas nuestras acciones y, en última instancia, nuestra vida misma. A este conjunto de palabras lo llamaba “vocabulario” o “léxico último” debido a que detrás de él no hay nada más. ¿Qué quiere decir esto? Que no hay nada externo al “léxico último” que pueda ser utilizado para justificarlo o explicarlo: si alguien nos cuestiona sobre las palabras que usamos solamente podemos construir una argumentación circular que acuda a ellas una y otra vez.

No hay ser humano que no posea un “vocabulario”, sin embargo, hay ciertas personas que establecen una relación peculiar con él. A estas personas Rorty las llama ironistas y mantienen tres características básicas. Dudan y cuestionan permanentemente de su propio vocabulario porque otros vocabularios han ejercido cierta influencia sobre ellos. Además, saben que no hay manera de que su propio vocabulario resuelva sus cuestionamientos. Y, por último, a diferencia del resto, no creen que su vocabulario se acerque más a la realidad que el de los demás.

Una manera más simple de definir a los ironistas es como aquellos sujetos que no se pueden terminar por tomar en serio a sí mismos porque dudan de su léxico último  y, lo más importante, porque saben que éste es histórico y contingente, lo que significa que es producto de circunstancias específicas, que pudo haber sido de una manera totalmente distinta y, peor aún, que incluso podría no haber existido del todo. Así, los ironistas son aquellos que pueden reírse de sí mismos y de sus propios fundamentos. Según Rorty, los intelectuales son las únicas personas que sentido estricto pueden llegar a ser ironistas. En sus propias palabras:

“Es precisamente la gente que llamamos intelectual la que tiene la inteligencia y las agallas para permitirse que la imagen de uno mismo sea flexible. Esto no es tan fácil y mucha gente no lo logra. La diferencia entre los intelectuales y las masas es la diferencia entre la gente que puede mantener varios vocabularios en la cabeza al mismo tiempo, y la gente que sólo puede mantener uno”.

Queda claro que para Rorty no todos pueden ser intelectuales: hace falta no solamente inteligencia sino también una buena dosis de agallas. Encontrar ejemplos de individuos que compartan ambas características es complicado. Sin embargo, este elemento elitista no es lo más importante en la noción de intelectual analizada. Lo realmente propositivo es que aquello que distingue a los intelectuales del común, ese no poderse tomar en serio y en cambio reírse de sí mismos, lo más alejado de los hombres de letras. Más de uno podría preguntarse: ¿cómo se van a reír los intelectuales de sí mismos si la gran mayoría son serios y presuntuosos? ¿Acaso no han visto a los “Inmortales” de la Academia Francesa vestidos con sus famosos trajes verdes? ¿No son la formalidad en estado puro? ¿Y qué decir de los pedantes intelectuales que siempre creen hablar con la razón? Rorty subraya el valor que tiene reírse de uno mismo, nos recuerda que sonreír con ironía es privilegio de unos cuantos, y por eso probablemente la única manera de vivir tranquilos con la contingencia.

 

La frase citada proviene de:

Richard Rorty. “Es bueno persuadir (entrevista con R. Kaiser, H. Mayer y W. Ulrich)”, en Cuidar la libertad. Entrevistas sobre política y filosofía. Edición de Eduardo Mendieta. Madrid: Editorial Trotta, 2005. p. 102.

Para profundizar sobre qué significa ironía para Rorty, vale la pena leer:

Richard Rorty. Contingencia, ironía y solidaridad. Madrid, Paidós: 1991. Para hojear, aquí.

Y para conocer más del pensamiento filosófico y político de Rorty, este artículo de Andrés Lajous aquí.