El primer número de la revista Nexos apareció en enero de 1978 con el subtítulo de Sociedad. Ciencia. Literatura. Enrique Florescano asumió el cargo de Director, y la Redacción fue conformada por Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón y Julio Frenk. El Consejo Editorial fue dividido en tres secciones: “Sociedad e Historia”, “Ciencia” y “Literatura y Artes”. La primera, la integraban Guillermo Bonfil, Pablo González Casanova, Lorenzo Meyer, Alejandra Moreno Toscano, Carlos Pereyra, José Luis Reyna, Luis Villoro y Arturo Warman. La segunda, Luis Cañedo, Eugenio Filloy, Cinna Lomnitz, Daniel López Acuña y José Warman. La tercera, Antonio Alatorre, José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis y Yolanda Moreno Rivas.

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Volvemos a reproducir aquí, después de treinta y cinco años sin volver a ser publicada, el “Editorial” con cual dio inicio esta publicación no sólo porque creemos que se trata de una pieza  fundamental de la historia intelectual y cultural de nuestro país, sino porque es ya en sí mismo un repaso de esa historia. El editorial de Nexos, además, pone sobre la mesa temas que tendríamos que retomar para evaluar la producción intelectual y cultural que nos rodea.

Nexos quiere ser lo que su nombre anuncia: lugar de cruces y vinculaciones, punto de enlace para experiencias y disciplinas que la especialización tiende a separar, a oponer incluso. Aspira a ser un foro donde se expresen los problemas de la ciencia y la tecnología, la investigación económica y social, el ensayo literario, la historia y la realidad política. Es, sobre todo, un intento de exhibir y volver accesibles los conocimientos y recursos intelectuales de que disponemos para entender los problemas estratégicos de México y, por extensión, de América Latina. Se trata de revisar, con los instrumentos propios de la cultura, los procesos convergentes de índole histórica y cultural que caracterizan a nuestras sociedades. Juzgamos limitado, o inútil, diseñar un proyecto cultural que no incluya en su perspectiva los desafíos y el análisis de la realidad social a que pretende dirigirse. En un continente como el latinoamericano, y en un país como México, con tan escasas posibilidades educativas, la actividad intelectual está destinada a ser minoritaria tanto en su ejercicio como en su influencia inmediata. (Por minoritario hay que empezar a entender algo distinto al término “elitista”). Pero dicha actividad puede y debe inscribirse en una línea de preocupaciones que incluya los problemas de todos, los factores múltiples que frenan, complican o deforman nuestro desarrollo, y ratifican o acrecientan privilegios y desigualdades.

Durante decenios, la organización de la cultura mexicana ha girado en torno a las preferencias de la vida literaria. La cultura literaria ha sido el eje de la vida artística y crítica del país.

Los escritores han sido la voz consistente y prestigiada en casi todas las materias que una comunidad intelectual requiere como temas de reflexión: de la vida pública a las vanguardias estéricas. En sus mejores momentos, este estilo de organización cultural ha producido obras magistrales: libros, autores, ideas que con el tiempo ganaron amplia influencia en la educación, la memoria cultural y la realidad social del país.

Sin embargo, la complejidad de la historia mexicana de las últimas décadas y la dura experiencia latinoamericana, han desbordado con creces ese marco de intereses culturales. Nuestras necesidades de conocimiento y comprensión son mucho mayores. En los últimos veinte años, la sociedad mexicana ha visto multiplicarse sus contradicciones y sus puntos de fricción. El espejismo de su “insularidad” ha terminado, para dar paso a los peores ángulos de la dependencia; su antes celebrada estabilidad exhibe hoy lo precario de sus elementos: una economía endeble, inerme ante los vaivenes monetarios y las crisis del capitalismo mundial; un sistema político en difícil equilibrio entre las fuerzas que lo desafían dentro y el fantasma, nada remoto, del fascismo latinoamericano.

Tenemos enfrente un país sacudido por la crisis económica, las fuertes tensiones que crean la explosión demográfica y la “modernización” capitalista, la dependencia científica y tecnológica, la urbanización deforme y la marginación social de millones de seres, el influjo neocolonial de los medios de comunicación, la ruptura de la sociedad tradicional y el surgimiento de una sociedad de masas subdesarrollada. Nuestra capacidad de respuesta y asimilación cultural frente a estos fenómenos es visiblemente limitada; nos faltan los instrumentos adecuados para entender sus mecanismos e imaginar alternativas creadoras tanto para analizarlos como para resolverlos.

El aparato cultural existente sigue asistiendo, entre el desconcierto y el tedio, al espectáculo de una gran cantidad de conflictos que no entiende y que no podrá entender sin diversificar notoriamente sus intereses y su información: el petróleo o la reforma política, la inflación y la quiebra financiera del Estado, la urbanización y las colonias populares, los giros ideológicos de la cultura popular por la penetración de los medios masivos o los muy amplios sectores de la clase media que se precipitan en un mercado de best-sellers, muebles provenzales, música instrumental, cultos esotéricos o astrológicos. En fin, la clausura de todo resquicio democrático en varios países de América del Sur, la remodelación fascista de la dependencia, las brechas de la opulencia y la miseria; el horizonte de un largo, impredecible, periodo de sujeción científica y tecnológica entre un puñado de países líderes y el resto del mundo. Creemos que el trabajo cultural y crítico debe plantearse y definirse precisamente frente a estos problemas. Por un lado, abordar en forma multidisciplinaria sus muchas facetas; por el otro, divulgar inteligentemente los conocimientos acumulados que ya tenemos, pero seguimos usando de modo muy técnico o muy especializado y sin conexión con disciplinas afines o complementarias. Lo cierto, pese a todo, es que en las universidades y los centros de investigación se generan hoy más conocimientos precisos que nunca antes en nuestra historia.

Necesitamos ampliar y profundizar esas investigaciones, pero es urgente también integrar y comunicar los conocimientos parciales que ellas contienen.

Nexos no pretende convertirse en el foro unificador, ni aportar la visión integradora de tantas disciplinas: tan sólo reunirlas en sus páginas y ofrecer un abanico crítico de sus tendencias y hallazgos; sacar de sus respectivos ghettos especializados a la investigación científica y académica y difundirla entre sectores más amplios; actualizar los conocimientos que explican nuestros problemas estratégicos; explorar nuestro espacio crítico, cultural y literario, y nuestra realidad educativa; multiplicar las opciones de lectura e información mediante el registro sistemático de libros recientes y publicaciones periódicas; divulgas los temas centrales de la cultura contemporánea. En este sentido, Nexos busca llenar las necesidades de información bibliográfica, crítica cultural, divulgación académica y actualización de conocimientos, en una gran cantidad de asuntos: de la crítica literaria a la investigación política, de las artes plásticas a la medicina y las ciencias.

Por lo demás, Nexos quiere ser en lo fundamental una publicación de servicio. Lo rigen los principios de la crítica y la divulgación. Una divulgación lo más vasta, sencilla y eficaz que sea posible; una crítica abierta, libre, ajena a las verdades absolutas. Se presenta a sus lectores como el esfuerzo mancomunado de muchas voluntades dispuestas a la comunicación recíproca, al diálogo razonado y a la búsqueda de alternativas fundadas en la reflexión. Nace con la certidumbre de que los estudiosos de la naturaleza y de la sociedad, así como los creadores de la literatura y las artes, deben unir sus esfuerzos y colaborar en el análisis exigente y amplio de los problemas pasados y presentes de nuestra sociedad.