En este año se conmemoran dos acontecimientos fundamentales para el siglo XX mexicano. Por un lado, los 100 años del nacimiento de Octavio Paz: nuestro poeta e intelectual, nuestro genio –como diría Harold Bloom. Por el otro lado, los 20 años del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): cuestionamiento a nuestra modernidad, la primer guerrilla de la Era de la información según Manuel Castells. Aquí aprovechamos ambas conmemoraciones, así como su coincidencia en la edición de enero de la revista nexos, para analizar la postura que Paz tuvo entorno a los sucesos en tierras chiapanecas durante aquel turbulento 1994.

Jorge Volpi, en su libro La guerra y las palabras, ha analizado de manera notable la historia intelectual que gira en torno al levantamiento del EZLN y revisado la intrincada relación generada a partir del conflicto entre los intelectuales mexicanos y el Subcomandante Marcos. Acertadamente, plantea que: “en la vasta novela zapatista, los intelectuales no sólo se convirtieron en intérpretes o testigos de los hechos, sino en auténticos protagonistas. Marcos era su espejo. Y ellos, adulándolo u odiándolo, se reflejaron en él.”

Octavio Paz, en su papel del más importante intelectual mexicano del momento, no fue la excepción. También él reflexionó sobre el movimiento y dialogó con el Subcomandante Marcos. Pero, además, fue un paso más allá: notó y subrayó el encanto causado este nuevo tipo de guerrillero entre los intelectuales (incluido él mismo).  Al respecto escribió en La Jornada, y tan pronto en el mismo febrero de 1994, Vuelta, la revista que había fundado y dirigía el poeta, le dedicó al tema del EZLN un suplemento extraordinario.

A lo largo de sus escritos sobre el tema, Paz siempre condenó el uso de la violencia (tanto de parte de los insurgentes como del gobierno) y se abocó por una solución pacífica del conflicto por medio de negociaciones. Como culpables del conflicto señalaba tanto a las clases acomodadas chiapanecas y la Iglesia, pues habían sido cómplices de las desgracias de la población indígena del estado, así como también lo habían sido los gobiernos locales y federal por nunca preocuparse por atajar los problemas causantes del levantamiento armado. En el fondo, para Paz, “todos éramos responsables pues todos habíamos permitido, en Chiapas y en otras regiones de México, la perpetuación de  la miseria de los campesinos y, en particular, de la de las colectividades indígenas.”

Sobre las reacciones y el encanto de la intelectualidad mexicana por los sucesos, subrayó el hecho de que entre la intelectualidad mexicana el EZLN había desatado un interés con de una efervescencia singular. Los periódicos estaban repletos de declaraciones “llenas de indignación y tajantes condenas”. Para Paz, esto era síntoma de una “recaída de ideas y actitudes que creíamos enterradas bajo los escombros –cemento, hierro y sangre– del muro de Berlín”. Entre los intelectuales mexicanos, la caída del socialismo totalitario “lejos de disipar sus delirios y suavizar sus rencores, los han exacerbado”. Frente a los hechos en Chiapas, esos intelectuales volvían a justificar la violencia. Y no sólo eso, sino que, según Paz, lo hacían sin saber y sin escuchar. Por eso defendían el carácter espontáneo de la revuelta, afirmaban que la revuelta era puramente indígena y, sobre todo, no hacían las preguntas fundamentales para entender la realidad nacional. Por ejemplo, no cuestionaban cómo es que las autoridades habían ignorado hasta entonces que se preparaba un movimiento armado en las sierras chiapanecas.

A decir del poeta, el conflicto del EZLN había hecho correr “poca sangre y mucha tinta”. Sin embargo, entre todo lo que se escribía, Paz veía muchas  aseveraciones vacuas que demostraban que el debate de las ideas asistía “a la entronización del lugar común y la canonización de la ligereza intelectual”. Entre estos lugares comunes estaba definir al acontecimiento como una “revolución” sin problematizar el concepto o encargarse de lo que ello implicaba. Tan pronto como el 28 de febrero de 1994, es decir, poco menos de dos meses después del levantamiento zapatista, Paz ya consideraba que esas intervenciones que atiborraban las páginas de los diarios, que en un principio “producían un cosquilleo intelectual”, provocaban un “invencible bostezo”.

El acontecimiento del levantamiento armado del EZLN era (y es) importantísimo y sin duda había (y hay) que discutirlo y debatir en torno a él. Sin  embargo, las reflexiones de Paz y su juicio sobre lo que se discutía demostraban una innegable realidad en el mundo intelectual: podía escribirse mucho sobre un evento importante, pero ello no implicaba que todo fuera interesante.

Los textos citados de Octavio Paz que usamos (y recomendamos) sobre la cuestión de Chiapas, el EZLN y el Subcomandante Marcos son:

“Días de prueba”, Vuelta. Número 207 (suplemento extraordinario dedicado a Chiapas). Febrero 1994.

“El nudo de Chiapas”, La Jornada. 5 enero 1994.

“Chiapas, ¿nudo ciego o tabla de salvación”, Vuelta. Número 207. Febrero 1994.

“Chiapas: hechos, dichos, gestos”, Vuelta. Número 208. Marzo 1994.

“El plato de sangre”, Vuelta. Número 209, abril 1994.

“La selva lacandona”, Vuelta. Número 231. Febrero 1996.

“Más sobre botánica lacandona”, Vuelta. Número 231. Febrero 1996.

Sobre la relación entre la intelectualidad y el Subcomandante Marcos es fundamental el libro de Jorge Volpi La guerra y las palabras publicado por la editorial ERA en 2004. Para hojearlo, aquí.