Siqueiros

 

 

David Alfaro Siqueiros murió el 6 de enero de 1974. No es tarde para hacerle un homenaje y recordarlo con memorias ajenas, pero probablemente con las mejores para hacerlo. La mezcla de amistad y negocios que caracterizó la relación entre el pintor y su galerista Inés Amor es muy conveniente para traer de vuelta a un hombre que pintó, pero que también se hizo de un nombre y vendió, e hizo ambas cosas en un momento particular de la vida artística mexicana en el cual Amor fue fundamental. Innegable la valía del testimonio de quien fuera la directora de la primera galería de arte moderno en México pero también conocida de Siqueiros desde la infancia. A continuación, extractos de las memorias de Amor que se refieren a uno de los “tres grandes”.

 

Desde los primeros momentos de la galería le pedimos a David [Alfaro Siqueiros] obra. Él acababa de salir de su confinamiento en Taxco y había pintado esa magnífica serie de óleos sobre yute como La madre proletaria y Accidente en la mina; por cierto que ese cuadro me perteneció durante muchos años, hasta que me lo sonsacó Carrillo Gil; fue la pieza fundamental de su colección.

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[Federico] Cantú tenía una manera muy sui generis de pedirme dinero: sacaba una pistola del año de los tres mosqueteros y, apuntándome directamente, en su folklórico lenguaje norteño, me decía: “¡Ay desgraciada, huerca mondada, cáigase con todo lo que tenga en caja!”. Entre bromas y veras me sacaba buenos quintos; lo mismo hacía Siqueiros, cuando venía suplicando que le prestara yo $40.00 para comprarle a María Asúnsolo un perfume francés con el que quería halagarla.

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Anduvo con una muchacha Téllez Wood que tenía una florería y que era ave de cuidado, porque algunos miembros de su familia se dedicaban a traficar con cocaína y a venderla en la florería. Yo creo que con ella se hacía David el quite de los vaivenes de María Asúnsolo, de quien sí estuvo muy enamorado.

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Pierre Matisse tenía una finísima galería en Nueva York. De todo lo que vio en México lo que más le interesó fue Siqueiros, después Tamayo. Una noche nos invitó a Siqueiros, a Tamayo y a mi a cenar a El Patio. Estábamos departiendo muy a gusto cuando David se levantó como impulsado con un resorte, cruzó la pista de baile, agarró a una señora por el pescuezo y le dio de bofetadas; era la “Muñeca” Téllez Wood. Esa noche acabamos en una delegación a las cinco de la mañana, Matisse, Siqueiros, Tamayo y yo.

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Un buen día David me dijo: “Enciérrame con esta llave durante cuatro meses y te pinto la exposición que quiere Pierre Matisse”.  A pesar de tener la llave, creo que sólo lo encerramos en dos o tres ocasiones, porque Angélica (la última mujer de Siqueiros) aún no lo conocía a fondo y le tenía un santo pavor.

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Hace unas semanas le recordaba yo [a Angélica] la ocasión en que entró despavorida a la galería a, en camisón, seguida de David, que empuñaba una pistola antigua e impresionante, amenazando matarla si le volvía a mencionar el nombre de María Asúnsolo.

 

Diego y Siqueiros siempre reconocían el valor de otros pintores, incluso Orozco, que era tan arisco, lograba tener aprecio e interés por alguno. Siqueiros ayudaba a cuanto muchacho podía, tenía entusiasmo fácil, “de su ancho corazón”.

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Siqueiros se moría de la risa cuando, ante un cuadro con su firma, yo le decía: “Ay manito, esto no es tuyo.” Eran en realidad cuadros pintados por Luis Arenal y firmados por David. Me contestaba: “Ay, Inesita, tenías que ser tú!”

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Siqueiros tuvo aún menos aprecio por el dinero. Al principio nunca lo supo conservar, pero desde que se unió a Angélica, ella lo administraba y jamás volvió a preocuparse por cosas de dinero.

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Dudo que Siqueiros le haya otorgado un pensamiento a la forma de vivir. Aceptaba la fórmula que le escogía Angélica, ya fuera profiriana en la calle de Querétaro, rústica en su propiedad de Cuernavaca o un poco más refinada en la calle e Tres Picos, colonia del Bosque.

 

Las citas provienen de:

Manrique, Jorge Alberto y Teresa del Conde, Una mujer en el arte mexicano. Memorias de Inés Amor, México: UNAM/IIE, 2005.