Hace algunos días escribimos una entrada sobre las ideas del filósofo J.L. Austin. En ese texto nos centramos en lo que él llamó los “enunciados performativos” y la relación entre el lenguaje y la realidad que éstos establecían. En este caso, analizaremos la propuesta de Jacques Derrida al respecto.

En realidad, el pensamiento de Derrida converge en elementos importantes con el de Austin. Para ambos pensadores el lenguaje no se restringe a describir el mundo, sino que actúa sobre él. Derrida acepta la idea de que un enunciado performativo, no es ni falso ni verdadero, y que “no tiene su referente fuera de él o en todo caso antes que él y frente a él. No describe algo que existe fuera del lenguaje y ante él. Produce o transforma una situación, opera”.

Sin embargo, su planteamiento también difiere en cosas importantes. Según Austin, los enunciados performativos para ser “felices” (exitosos) no sólo tienen que ser enunciados, sino que han de ser dichos en un contexto particular y producto de una intención  específica. Más claramente: el poder del lenguaje de actuar sobre la realidad, en la perspectiva de Austin, está determinado por la intención del sujeto que enuncia el enunciado performativo y por un contexto dado. Derrida argumenta en contra de esto, pero para entender sus críticas primero hay que entender su noción acerca del lenguaje.

Para Derrida, siempre hay una ausencia en el lenguaje en dos sentidos. En primera instancia, el significado de un signo está ausente porque es dado por la diferenciación con otros signos (la idea inicial es de Ferdinand Saussure). Para obtener su significado, el signo tiene que estar relacionado con otros signos: una palabra siempre se refiere a otras palabras.  En este sentido, el significado de una palabra siempre está en otro lado, fuera de ella: es el exterior lo que la constituye, es un “exterior constitutivo”. Derrida usa el término différance para explicar esta característica del lenguaje. Es especialmente adecuado porque al atentar contra la ortografía y sustituir una “e” por una “a”, el término significa diferente pero también diferido. El significado de una palabra es dado, entonces, por su diferenciación con otras palabras, pero también está diferido porque siempre se necesita apelar a otras palabras para obtenerlo.

En segunda instancia, también hay ausencia en el lenguaje debido a que el signo, para serlo, siempre tiene que poder ser repetido –incluso en la ausencia del que lo enunció inicialmente y del contexto en el que fue por primera vez enunciado. Dicho de otra manera: el lenguaje debe de funcionar en ausencia del emisor. (Derrida llama a esta propiedad la “iterabilidad”.) En sus propias palabras: “La posibilidad de repetir, y en consecuencia, de identificar las marcas, está implícita en todo código, hace de éste una clave comunicable, transmisible, descifrable, repetible por un tercero, por tanto por todo usuario posible en general. Toda escritura debe, pues, para ser lo que es, poder funcionar en la ausencia radical de todo destinatario empíricamente determinado en general.”

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Debido a que un signo puede ser repetido también puede ser citado en diferentes contextos”. Derrida, de nuevo: “Todo signo, lingüístico o no lingüístico, hablado o escrito (en el sentido ordinario de esta oposición), en una unidad pequeña o grande, puede ser citado, puesto entre comillas; por ello puede romper con todo contexto dado, engendrar al infinito nuevos contextos, de manera absolutamente no saturable.” Por ello, las palabras pueden tener distintos significados cuando son puestas en diferentes contextos. Esta es la razón por la cual para Derrida no hay un contexto absolutamente determinable. No es solamente que un signo tenga una pluralidad de significados (polisemia), sino que el significado el signo está diseminado, es decir, no está fijado y escapa del control de aquel que lo enuncia. El significado siempre termina por desparramarse. (Esto es llamado por Derrida diseminación). Así, contrario a Austin, para Derrida la posibilidad de que un enunciado falle no es un accidente sino una parte integral del funcionamiento del lenguaje.

Dado que un enunciado puede ser puesto en diferentes contextos, la intención inicial que lo había animado nunca está presente del todo. La intención del sujeto que lo enunció se pierde en el momento en que el signo es insertado en otro contexto. Esta es la gran ruptura con el planteamiento de Austin puesto que para él los enunciados, y su actuar sobre el mundo, son producto de la intención y voluntad de algún sujeto. Para Derrida, en contraste, el poder del lenguaje no está limitado por la intención humana.

Siguiendo este planteamiento, el lenguaje efectivamente actúa sobre el mundo, pero la intencionalidad desaparece. Para Derrida, los enunciados performativos tienen lugar sin importar el sujeto, o más precisamente: suceden más allá del sujeto. El poder del lenguaje sobrepasa al sujeto que lo enuncia. Los humanos no tienen poder sobre sus palabras: el lenguaje por sí mismo puede transformar la realidad.