Varias razones hacen de las cigarras uno de los insectos más insólitos. Quizá la primera razón que viene a la mente sea su canto. ¿Quién no se ha sentido perturbado, mientras permanece envuelto por un panorama de quietud absorbente, por el inclemente y agudo canto de las cigarras? Homero, en la Ilíada, propuso acaso el mejor símil para describir este sonido. Para el aedo griego, el sonido causado por las cigarras en medio del bosque es análogo al producido por los mejores oradores. Imposible realizar una descripción más certera: los oradores son nuestras cigarras.

El característico canto es emitido exclusivamente por las cigarras machos y no es originado, como podría suponerse, por la fricción de alguna de sus extremidades contra su cuerpo sino por unos órganos especialmente formados para ello llamados timbales. Éstos están compuestos por un membrana atravesada por pequeños cartílagos en forma de costillas que se tensa por un músculo que se contrae. Al tensarse, la membrana roza con los cartílagos produciendo el peculiar sonido, el cual es amplificado por el propio cuerpo de la cigarra que cumple la función de una caja de resonancia. Sería un error pensar que todas las cigarras producen el mismo rechinante sonido. En realidad, existe una enorme variedad de cigarras y cada una de ellas tiene un canto distinto. Aquí se pueden escuchar cantos de cigarras asiáticas, acá de cigarras europeas, y por acá de cigarras norteamericanas.

Menos conocido que el canto de las cigarras es el hecho de que su ciclo de vida, dependiendo de la especie, dura de cuatro a diecisiete años y transcurre en buena medida debajo de la tierra. Tras aparearse, las hembras horadan las ramas de los arboles para colocar allí sus huevos. Al poco tiempo, surgen las jóvenes cigarras, que reciben el nombre de ninfas y no larvas dado que son similares a los adultos pero sin tener un desarrollo pleno. Las ninfas, al salir de los huevos, descienden a la base del árbol y con sus patas cavan un agujero en el suelo en el cual se sepultan a sí mismas. Permanecen bajo tierra de cuatro a diecisiete años, sobreviviendo de la savia que extraen de las raíces. Pasada esta longeva etapa de desarrollo, salen al exterior y trepan por los arboles. Se posan en el tronco y realizan una muda de su exoesqueleto dando lugar a la cigarra adulta, la cual tiene alas completamente desarrolladas, está lista para reproducirse y –en el caso de los machos– tiene el don del canto.

La etapa adulta de la cigarra, que básicamente consiste en cantar y reproducirse, dura apenas unas cuantas semanas. Permanecen años y años enterradas para luego sólo vivir una mínima porción de tiempo. El ciclo de vida de las cigarras tiene un tono profundamente melodramático. Pareciera que su vida no es más que una preparativo para cantar y morir. O, más bien: parecería que su estridente canto es la forma de sobrellevar el hecho de que su existencia será fugaz.

Este par de singulares características ha hecho que las cigarras mantengan una presencia constante en la historia cultural. Desde la Antigüedad, las referencias hechas a este insecto son abundantes. Dos ejemplos: en el diálogo Fedro de Platón, Sócrates alaba su dulce canto; y en la Historia de los animales de Aristóteles son descritas detalladamente. Sin embargo, además, un número importante de autores han recurrido a la cigarra como motivo central de sus creaciones. La más conocida muestra es la fábula de Esopo de la hormiga y la cigarra, la cual dice así:

En el invierno la hormiga sacaba al sol el trigo que en el verano había recogido. La chicharra llegando a ella con hambre, le pidió que le diese un poco de aquel trigo. A lo cual dijo la hormiga: “amiga, qué hiciste en el verano?” Respondió la chicharra. “no tuve tiempo para recoger, porque andaba por los sotos cantando”. La hormiga riéndose de ella, y metiendo el trigo en su casilla, le dijo: “si cantaste en el verano, danza ahora en el invierno”. Debe el hombre imitar a la hormiga. Esto es, debe trabajar a su tiempo, para que no le falte de comer en adelante; pues el perezoso siempre está necesitado.

 

hormiga y chicharra

Félix María Samaniego (1745-1801), escritor español famoso por sus fábulas, se apropió del arquetipo establecido por Esopo y reescribió en verso castellano la fábula de la hormiga y la cigarra:

Cantando la Cigarra
Pasó el Verano entero,
Sin hacer provisiones
Allá para el invierno:
Los fríos la obligaron
A guardar el silencio
Y a acogerse al abrigo
De su estrecho aposento.
Vióse desproveída
Del precioso sustento,
Sin mosca, sin gusano,
Sin trigo, sin centeno.
Habitaba la hormiga
Allí tabique en medio,
Y con mil expresiones
De atención, y respeto
Le dijo: “Doña Hormiga;
Pues que en vuestros graneros
Sobran las provisiones
Para vuestro alimento,
Prestad alguna cosa,
Con que viva este invierno
Esta triste Cigarra,
Que, alegre en otro tiempo
Nunca conoció el daño,
Nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme;
Que fielmente prometo
Pagaros con ganancias
por el nombre que tengo”.
La codiciosa Hormiga
Respondió con denuedo,
Ocultando a la espalda
Las llaves del granero:
“¡Yo prestar lo que gano
Con un trabajo inmenso!
¿Dime, pues, holgazana,
Qué has hecho en el buen tiempo?”
“Yo, dijo la cigarra,
A todo pasajero
Cantaba alegremente,
Sin cesar ni un momento”.
“¡Hola! ¿con que cantabas
Cuando yo andaba al remo?
Pues ahora que yo como,
Baila, pese a tu cuerpo”.

 

Varios siglos después, en 1918, Federico García Lorca publicaría un poema titulado “¡Cigarra!”, en el cual regresa al melodramático ciclo de vida de este insecto:

¡Cigarra!
¡Dichosa tú!,
que sobre el lecho de tierra
mueres borracha de luz.

Tú sabes de las campiñas
el secreto de la vida,
y el cuento del hada vieja
que nacer hierba sentía
en ti quedóse guardado.

¡Cigarra!
¡Dichosa tú!,
pues mueres bajo la sangre
de un corazón todo azul.
La luz es Dios que desciende,
y el sol
brecha por donde se filtra.

¡Cigarra!
¡Dichosa tú!,
pues sientes en la agonía
todo el peso del azul.
Todo lo vivo que pasa
por las puertas de la muerte
va con la cabeza baja
y un aire blanco durmiente.
Con habla de pensamiento.
Sin sonidos…
Tristemente,
cubierto con el silencio
que es el manto de la muerte.

Mas tú, cigarra encantada,
derramando son, te mueres
y quedas transfigurada
en sonido y luz celeste.

¡Cigarra!
¡Dichosa tú!,
pues te envuelve con su manto
el propio Espíritu Santo,
que es la luz.

¡Cigarra!
Estrella sonora
sobre los campos dormidos,
vieja amiga de las ranas
y de los oscuros grillos,
tienes sepulcros de oro
en los rayos tremolinos
del sol que dulce te hiere
en la fuerza del Estío,
y el sol se lleva tu alma
para hacerla luz.

Sea mi corazón cigarra
sobre los campos divinos.
Que muera cantando lento
por el cielo azul herido
y cuando esté ya expirando
una mujer que adivino
lo derrame con sus manos
por el polvo.

Y mi sangre sobre el campo
sea rosado y dulce limo
donde claven sus azadas
los cansados campesinos.

¡Cigarra!
¡Dichosa tú!,
pues te hieren las espadas invisibles
del azul.

 

Existen también notables ejemplos mexicanos.  El veracruzano Ray Pérez y Soto compuso un huapango fundado en la idea, originada por la brevedad de la vida adulta de la cigarra, de que ésta canta para anunciar su muerte. Es una obra cargada de un terrible despecho ante la muerte, que celebra el canto jovial de la cigarra ante la inevitabilidad de su fin:

Ya no me cantes cigarra
que acabe tu sonsonete
que tu canto aquí en el alma
como un puñal se me mete
sabiendo que cuando cantas
pregonando vas tu muerte

marinero, marinero dime si es verdad que sabes
porque distinguir no puedo
di en el fondo de los mares
hay otro color mas negro
el color de mis pesares
Aylaraiiiiii Aylaralaaaaaaaa Aylaralayyyy
no hay otro color más negro que el color de mis pesares

Un palomito al volar
que llevaba el pecho herido
ya casi para llorar
me dijo muy afligido
ya me canso de buscar
un amor correspondido

bajo la sombra de un árbol
al compas de mi guitarra
canto alegre este huapango
porque mi vida se acaba
y quiero morir cantando
como muere la cigarra
Aylaraiiiiii Aylaralaaaaaaaa Aylaralayyyy
y quiero morir cantando
como muere la cigarra…

Aquí, interpretada por Aida Cuevas, se puede escuchar una versión de este huapango.

 

Los textos incluidos provienen de:

Esopo. Fábulas de Esopo, filósofo moral; y de otros famosos autores: corregidas de nuevo. Barcelona, en la Imprenta de Sierra y Martí en 1815.  (La versión modernizada es nuestra, ASR y LCS)

Félix María Samaniego. Fábulas en verso castellano para uso del Real Seminario Vascongado, publicadas en Valencia, por la Imprenta de Benito Monfort en 1781. (La versión modernizada es nuestra, ASR y LCS)

Federico García Lorca. Libro de poemas: (1918-1920). Madrid Alianza Editorial, 2004.