Carlos Fuentes, José Luis Cuevas y Víctor Flores Olea et al. en los años 60. Foto: Fundación María García y Héctor García.

Carlos Fuentes, José Luis Cuevas y Víctor Flores Olea et al. en los años 60. Foto: Fundación María García y Héctor García.

Hemos dedicado un par de posts a la llamada “Generación de Medio Siglo”, uno a pensarlos como iniciadores de un proceso de crítica a la realidad nacional y el otro a evaluar las condiciones del surgimiento de esta crítica. Decidimos reproducir aquí un testimonio de Carlos Fuentes, uno de sus miembros más notables, que sintetiza el espíritu de esta Generación, y es muestra de la manera en que enseñanzas y lecturas comunes pueden dejar una impronta significativa para todo un grupo de individuos.

Este testimonio (el recuerdo de Fuentes sobre las clases que daba Manuel Pedroso) constituye una fuente invaluable acerca de la relación que se entabló entre el exilio español y los jóvenes nacidos entre 1921 y 1935. Pedroso (1883-1958) fue abogado internacionalista y estudioso de la ciencia política, autor de una temprana traducción de El Capital al español en 1931, vicerrector de la Universidad de Sevilla durante la Segunda República Española y, como miembro de la Comisión Asesora Jurídica, colaborador en la redacción del anteproyecto de la Constitución. Exiliado en México tras el estallido de la Guerra Civil, se dedicó a dar clases en la entonces Casa de España (actual Colegio de México) y en la UNAM.

Estas son las remembranzas de Carlos Fuentes:

“Muchos grandes profesores españoles nos formaron a mí y a mi generación en la Facultad de Derecho de la UNAM: Luis Recaséns Siches, Niceto Alcalá Zamora, Rafael de Pina, Mariano Ruiz Funes. Pero yo, en lo personal, a nadie le debo tanto como a Manuel Pedroso, antiguo rector de la Universidad de Sevilla, que en sus clases de Teoría del Estado y Derecho Internacional Público, nos dio a mí, a Miguel Alemán Velasco, a Sergio Pitol, a Mario Moya Palencia, a Víctor Flores Olea, a Enrique González Pedrero, la más profunda, rica e inolvidable lección sobre el ser humano como animal político, portador de civilizaciones, creador de espacios públicos, agente de justicia y coexistencia.

La clase de don Manuel era como un ágora superior, una asamblea del espíritu en la que la política dejaba de ser el arte de lo posible para convertirse en la posibilidad del arte puesto que estableció a la ciudad y sus instituciones como espacios para la creación, lugares dónde convocar eso que nos enseñaron Nicol y Gaos: el encuentro del mundo material, mi yo subjetivo y mi comunidad con los demás. Arte de la ciudad: tal era la filosofía política de Pedroso, arte de convivir públicamente, en el respeto, la tolerancia y la claridad mental. Contra el atiborramiento que entonces privaba en la enseñanza de la teoría política –de Platón a Pareto en veinte fáciles lecciones– Pedroso escogió sólo tres libros para leerlos a fondo. La política, El príncipe y El Contrato social. Alrededor de estos tres astros, todo lo demás de Marco Aurelio a Marx, giraba, atraído por los campos magnéticos de Aristóteles, Maquiavelo y Rousseau. En estos días agitados de la vida pública mexicana, recuerdo la insistencia con que don Manuel nos recordaba la famosa frase de Juan Jacobo: “Tout revienne a la politique”. A la postre, todo conduce a la política.”

 

El testimonio forma parte de “Regreso al Hogar” (p. 183), Publicado por Carlos Fuentes  en su libro Nuevo tiempo mexicano. México: Aguilar, 1994.