La permanencia de vestigios del pasado es sin duda esencial cuando se pretende escribir historia. La azarosa existencia de todo aquello que hable de la vida en otros tiempos es lo que fundamenta el trabajo del historiador y  justifica su incansable búsqueda. Ninguno negaría el agradecimiento que de pronto le tiene a las circunstancias que han permitido su permanencia cuando, sumergido en un archivo, tiene entre las manos un invaluable testimonio.

Por ello, no es irrelevante pensar en qué es lo que ha llevado a algunos restos a sobrevivir y otros no. ¿Es simplemente el azar o existe también la previsión? De considerar la segunda, ¿qué determina eso que ha de sobrevivir? Confluyen diversas cuestiones, cierto, pero también es claro que hay ejemplos de vestigios que los habitantes del pasado han decidido que es importante preservar sin mayor cuestionamiento. Este es sobre todo el caso de todo lo que se conserva bajo el principio de considerarse “patrimonio”.  Para pensar en las condiciones que definen la permanencia de  algunos objetos del pasado, vale la pena recordar un caso de preservación excepcional por las condiciones en las que tuvo lugar, así como la serie de medidas que se tomaron a su alrededor: el resguardo del acervo del Museo del Prado durante la Guerra Civil Española.

En 1936, en plena guerra y con la amenaza cada vez más cercana de las bombas franquistas, se estableció en Madrid la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico. Se conformaba por un grupo de personas que bajo la iniciativa de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y y dependiente del Ministerio de Bellas Artes, se dedicó a la labor de salvaguardar el patrimonio artístico español durante los siguientes tres años. Las medidas llevadas a cabo por la Junta son extraordinarias cuando se piensa en las condiciones de la guerra, en donde cualquier movimiento implicaba verdaderamente ponerse en riesgo. Lo que se hizo para proteger el acervo del Museo del Prado demuestra la serie de esfuerzos que un grupo de personas está dispuesto a realizar con la intención de proteger eso que consideran sus tesoros.

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A lo largo de tres años, las obras más importantes se dedicaron a seguir al gobierno republicano, viajando primero a Valencia, después a Barcelona y finalmente fuera de España –a Francia y a Suiza– para regresar a su patria una vez que el gobierno de Franco se estableciera definitivamente. ¿Qué obras se consideró que tendrían que ser las primeras en salir del recinto en Madrid para protegerse a toda costa? De un grupo de 250 obras consideradas “fundamentales”, se eligieron 18 pinturas de Tiziano, Tintoretto, Goya, El Greco y Velázquez, cada una empaquetada en una caja hecha a la medida para evitar el maltrato de las piezas. A este primer envío le siguió el de Las Meninas, el cual estuvo a cargo de la escritora Maria Teresa León y su esposo, el poeta Rafael Alberti. Después de asegurarse de la llegada de la obra –y de haber rastreado su trayecto completo, pues quienes la transportaron les telefoneaban de cada pueblo al que llegaban–, ambos se negaron a seguir a cargo de los traslados por la presión que la tarea les había significado.

A cargo de la Junta siguieron varios camiones con obra del Prado, pero también del Museo Arqueológico y de la Basílica de San Francisco el  Grande los cuales después de largos trayectos de 24 horas a una velocidad de 15 km/hra, llegaban a Valencia con las obras que serían depositadas en la Iglesia del Patriarca y en Torres de  Serranos, ambos espacios acondicionados para recibirlas. Cuando el bastión del gobierno republicano se estableció en Barcelona, los Castillos de Peralada y Figueras se eligieron para resguardar el tesoro nacional. Al tiempo que esto sucedía, la Junta fue víctima de no pocas vicisitudes, primero teniendo que cambiar su estructura y componerse de una Junta Central en Valencia con diversas Juntas Delegadas, y  después cambiando de dependencia al Ministerio de Hacienda por problemas en la administración del Ministerio de Bellas Artes. Todo esto sucedía mientras la guerra avanzaba, los ataques eran cada vez más violentos y Madrid se sumía en una terrible hambruna.

Al finalizar la guerra, y una vez que Francia e Inglaterra reconocen el gobierno de Franco, el tesoro emprende su viaje de regreso a la capital española. Al mismo tiempo, quienes lo habían acompañado en su trayectoria se ven obligados a abandonar España en condición de refugiados. Los esfuerzos de estos hombres y mujeres sin duda se agradecen, aunque no deja de sorprender su preocupación por cuidar una serie de pinturas y esculturas mientras miles de personas morían y ellos mismos vivían en condiciones cada vez más deplorables. Dramatizando un poco: ¿Realmente el arte importaba más que la propia vida?

No es una pregunta irrelevante, pues es innegable que el patrimonio en sus diversas variantes tiene un lugar fundamental en nuestros contextos culturales. ¿Qué le ha otorgado esta posición? Literatura al respecto señala los discursos antropológicos, pero también sociales, que lo justifican. Basados en una racionalidad particular, defendida por “expertos” que pueden señalar lo que es valioso y lo que no, estos discursos pueden ser impositivos y exlcuyentes. Para que  Goya y demás artistas sobrevivieran a la Guerra Civil, otras miles de producciones culturales tenían que ser dejadas de lado. La hipótesis, matizada, sin duda puede extenderse a todos los rastros del pasado que hoy permanecen.

 

Sobre la historia del traslado de obras del Pardo durante la Guerra Civil:

Alberto Porlan, Las cajas españolas, 2004. Documental que puede verse aquí.

Arturo Colorado, Éxodo y exilio del arte: la odisea del Museo del Prado durante la Guerra Civil, Madrid: Cátedra, 2008.

Para un primer acercamiento a los aspectos teóricos del concepto de patrimonio:

Elías Zamora Acosta, “Sobre patrimonio y desarrollo. Aproximación a concepto de patrimonio cultural y su utilización en procesos de desarrollo territorial”, Pasos,  Vol. 9, No.1, p. 101-1013, 2011.