Una de las más intensas pasiones de la vida de Gerardo Murillo, a quien todos conocemos como Dr. Atl (sobrenombre que le propuso adoptar Leopoldo Lugones), fueron los volcanes. Fue el pintor Joaquín Clausell quien lo llevó por primera vez  al Iztaccíhuatl.  Después de aquel viaje, Murillo volvería varias veces a visitar éste y el Popocatepetl. Su atracción por los volcanes creció de tal manera que de 1907 a 1910 vivió a las faldas de estos dos gigantes. Más tarde, en su segunda estancia europea, tomó clases de vulcanología en Italia. Este interés finalmente lo llevaría a presenciar el nacimiento del volcán Paricutín en 1943.

La pasión de Murillo por los volcanes se materializó, cosa fácil de suponer, en varios cuadros y dibujos. Sin embargo, su amor a los volcanes también cristalizó en varias obras literarias. Acaso la más conocida sea la hoy joya bibliográfica (1200 copias numeradas, firmadas por el autor) Cómo nace y crece un volcán. El Paricutín, publicada en 1950 por la editorial Stylo y bajo los auspicios del Presidente Miguel Alemán. En ella, por medio de apuntes y dibujos, el artista explora el fenómeno de surgimiento del Paricutín, considerado el volcán más “joven” del planeta. Menos conocida que la obra anterior es el pequeño libro Las Sinfonías del Popocatépetl. En éste, publicado en 1921, el Dr. Atl le canta entusiasta y laudatoriamente a los volcanes. Carlos Pellicer, en un ensayo sobre el Dr. Atl titulado “Taquigrafía de un grande hombre” , señalaría: “Las Sinfonías del Popocatépetl son pequeños poemas en prosa con aliento cósmico”. Presentamos aquí una selección de esa singular y vigorosa obra (reeditada por la editorial Verdehalago y la Secretaría de Cultura de Puebla en 1999).

 

Así como surgen entre las obras del Hombre escalonadas a través de la Historia alguna superiores e inconfundibles, así como se yerguen poderosamente entre la acumulación del trabajo humano un pensamiento de Confucio, una concepción religiosa Hindú, una teoría de Darwin, una ley de Keppler o de Newton, una creación de Miguel Ángel, así, sobre las convulsiones de la Tierra se levantan incomparables de belleza y de desprecio los grandes Volcanes de México.

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Joyas de la Corona de América erguidas entre dos océanos —espuma del Planeta— joyas soldadas por el fuego primitivo, unidamente grabadas en la imaginación de las generaciones —sinfonías de piedra y nieva creada por la energía sin nombre— oleaje petrificado de un antiguo mar cósmico —grandeza desesperante y serena— montes augustos —levantados sobre la aspereza de los caminos— impasibles y formidables, iluminan y fertilizan en el reposo de su muerte toda la tierra de Anáhuac.

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El viento mira la grandeza de la montaña y se revuelve contra ella. Pero al subir por las laderas, los bosques de pinos flexibles y elegantes, destruyen su empuje y entre las ramas aromáticas, su aliento se perfuma y su furia se convierte en sinfonía musical que flota y se prolonga largamente con suprema armonía. A la sutileza terrible del aire se han opuesto la flexibilidad del follaje, y el bosque entero, bajo la influencia de la movible atmósfera, se convierte en un oleaje de verdura rumoroso como el mar.

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Sobre tu altura suprema todo es puro, oh Montaña: tus hielos, la atmósfera, mi pensamiento. De tu cúspide adormecida en el silencio de la noche, el hombre como sobre un pedestal, levanta una gigantesca estructura y sumerge en las lejanas promesas del firmamento constelado la inquietud de la mirada.

El Universo entero derrama sobre el Volcán el imponderable fluído —llueve luz— llueve luz del Cosmos sobre el Mundo y la Montaña baña su cima nobulosa infinita del Caos pulverizado en soles.

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Joya de piedra y nueve, levanta sobre la aspereza de los caminos, como un faro —máximo esfuerzo de la contracción— ola suprema de un mar de fuego —fuente ígnea— helado manantial de vida —signo geométrico de la energía sin nombre—solemnidad indiferente y generosa, dormida en el azul del cielo —nutriz. La leche que el sol derrama de tu pezón inmaculado, vivificada la tierra, y tu altura es renovación y paroxismal belleza, oh erguido seno de nuestra madre!

 

Erupción del Paricutín, óleo, 1943.

Erupción del Paricutín, óleo, 1943.

 

Vista del Popocatépetl, 1934 Temple y Atl Colors / masonite 100 x 125 cm Colección Andrés Blaisten

Vista del Popocatépetl, 1934
Temple y Atl Colors / masonite
100 x 125 cm
Colección Andrés Blaisten

 

Ana Sofía Rodríguez y Luciano Concheiro San Vicente