El Museo Nacional de Antropología e Historia cumple 50 años de haber sido inaugurado. En este mismo espacio, Mario Arriagada escribió sobre el tema. Entablando un diálogo con su ensayo, queremos evocar aquí aquel 17 de septiembre de 1964,  día en que después de una pomposa ceremonia abrió sus puertas el hoy quincuagenario Museo.

El Presidente Adolfo López Mateos, acompañado el entonces Secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, y Ernesto P. Uruchurtu, Jefe del Departamento del Distrito Federal, llegó al Museo a las once de la mañana. Fueron recibidos por el arquitecto del inmueble, Pedro Ramírez Vázquez, e Ignacio Bernal, el primer director del recinto.

A la mitad de la explanada, bautizada la Plaza del México Moderno Prehispánico, se colocó un estrado en el cual se ubicó a los invitados de honor. En este, el Presidente López Mateos dijo:

Frente a los restos de aquellas culturas; ante el marco solemne que ofrece la Plaza del México Moderno Prehispánico, el México de hoy rinde homenaje al México indígena, en cuyo ejemplo reconoce características esenciales de su originalidad nacional.

Ramírez Vázquez y Torres Bodet lo secundarían cada uno con un discurso. Luego, la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Carlos Chávez, interpretó una obra titulada “Resonancias”, inspirada en el nuevo Museo y creada para la ocasión. En seguida se tocaron el Himno Nacional y la Marcha de Honor. Tras ello, el President y una comitiva compuesta por los representantes de los Poderes Legislativo y Judicial, Secretarios de Estado y demás realizaron un recorrido de dos horas y media por el Museo.

El discurso dado por Torres Bodet es particularmente interesante puesto que, de una forma u otra, condensa la visión que engendró al Museo Nacional de Antropología e Historia. Torres Bodet fue un genuino intelectual de Estado: Secretario de Educación en dos administraciones distintas, director general de la Unesco y Secretario de Relaciones Exteriores. Heredero de la estirpe intelectual de José Vasconcelos, de quien además fue secretario particular, supo articular a lo largo de su vida un discurso que legitimara y estructurara el quehacer político del momento. El caso del Museo Nacional de Antropología e Historia sirve para ilustrar lo anterior. Aquí presentamos algunos extractos del discurso que dio Torres Bodet en su inauguración:

 

El gran edificio austero, de sobrias líneas y espacios nobles, cuya construcción fue esperada durante lustros, abre sus puertas esta mañana. Y las abre, en septiembre en Chapultepec.

Tierra egregia la de estos sitios, cerca de la colina inmortalizada por la pasión de los Niños Héroes. Pocas más dignas de sostener el palacio que hoy inaugura el Primer Magistrado de la Nación. ¿Y qué momento mejor para el acto que nos reúne? Septiembre es el mes en que nuestro pueblo conmemora su independencia y engavilla, como su recolección el labriego, la cosecha moral de su libertad. Al evocar su pasado, México mide el tamaño de su presente y en pensamiento y en obra se proyecta hacia el porvenir.

Un poeta de nuestra edad y de nuestra América dijo, en alguna ocasión, que “lo que tiene el árbol florido, vive de lo que tiene sepultado”. Nada más cierto. La raíz es la explicación del tronco, el tronco de la rama, la rama de la flor. Cuanto más hondo el cimiento, más aérea y audaz la torre… Así los pueblos. A todas horas en todas partes somos los hombres historia viva. Historia que perdura conscientemente en cédulas, tratados, retratos y manuscritos, libros y hemerotecas. O historia que no conserva ningún archivo: tradición que no necesita prenderse a ninguna fecha a ninguna anécdota; ímpetu que, de pronto, al realizar la menor acción, revela un impulso antiguo, callado e insobornable, y obtiene para nosotros –a veces, sobre nosotros– victorias póstumas, según contaban quienes creían en las batallas que, incluso muerto, ganaba el Cid.

Monumento de monumentos, el Museo que abrimos hoy al fervor del público mexicano y a la curiosidad de los extranjeros, atestigua la magnitud de nuestro homenaje para las civilizaciones interrumpidas por la caída de Tenochtitlán y de las capitales de otros grandes señoríos. Toda el ansia de manifestar lo inefable del ser y del no ser, que las obras aquí reunidas expresan con patetismo, nos habla de un formidable naufragio histórico. Adivinamos, en los ecos de ese naufragio, la firmeza, el amor, la pena, la sabiduría, la vehemencia y la fe implacable de muchos pueblos que vivieron organizando los métodos de la paz y las tácticas de la guerra con la simbólica ordenación de un rito.

 

Entendamos, señoras y señores, con claridad nuestra posición. La historia es irreversible. Al pronunciar la palabra Patria, no sugerimos por cierto un regreso utópico a la Liga de Mayapán, a la teogonía teotihuacana, a los métodos bélicos de Axayácatl o a las normas suntuarias de Moctezuma. Sin embargo, nuestra visión general de México resultaría arbitraria y falsa si no admitiéramos francamente que el cielo que contemplamos, las montañas que nos custodian y la tierra que nos sustenta fueron el marco de una evolución secular, de cuyos trofeos debemos reconocerlos depositarlos agradecidos y respetuosos. Don Ángel María Garibay lo ha dicho de manera más persuasiva: “Al cabo de cuatro centurias, aliente en el corazón de cada mexicano un hilo de aquella sangre que se agitó en las emociones ante el sol naciente, encarnado en Huitzilopochtli, o bailó en las alegres fecundidades de los meses, bajo la lluvia de bendición de un Tláloc que sigue criando el maíz divinizado, pan de las carnes morenas y alegría de los campos, con sus cantar de hojas y su rumor de espigas.

Aplastadas por los vencedores, ignoradas o menospreciadas por los ocupantes cuando no, infortunadamente también, por algunos de sus legítimos legatarios–, las culturas indígenas no desaparecieron jamás del todo. Sus templos habían sido destruidos o abandonados a la avidez de las selvas próximas. Pero las nuevas creencias no desterraron completamente a los viejos dioses. Agricultores, los indios continúan los cultivos tradicionales. Artesanos, acarician todavía las formas de su antigua cerámica. Y, cuando decoran ciertos muros, determinados muebles y múltiples piezas de orfebrería, se advierte bajo las líneas de los modelos occidentales– la afirmación tenaz de sus concepciones imprescriptibles de la belleza plástica.

¿Cómo admitir que este gran museo consistiera tan sólo en una profusión de reliquias descarnadas? Por eso, junto a las joyas de la escultura (cinceladas estrofas de un himno, inaudible ahora en su integridad), nuestros colaboradores buscaron el acompañamiento antropológico indispensable: fondo histórico y etnográfico que subraya el valor artístico de cada objeto en particular y que comprueba, a la vez, la permanencia de ciertos hábitos, vivos aún en las tradiciones de numerosas comunidades de la República.

 

Las culturas, para durar, requieren una infrangible alianza entre la espiritualidad y el dominio técnico. Ante los testimonios de tantas civilizaciones paralizadas, nos prometemos solemnemente no incurrir jamás en deslealtad para los altos designios que postulamos, ni en renuncia frente al esfuerzo de adaptación que reclama, en lo material, la preservación de los ideales que esos designios implican.

Situado (a vuelo directo) entre los rascacielos de Nueva York y los llanos de Venezuela, a mitad del camino de Australia al Bósforo, y a igual distancia de las nieves de Alaska y de las costas calidad del Brasil, México parece predestinado a un deber de orden universal. La historia confirma esta invitación de la geografía. Se habla, a menudo, de tres Méxicos superpuestos en el precortesiano, el virreinal y el independiente… La simple enumeración de estas tres etapas demuestra cómo están integrándose en nuestro territorio –y en nuestro espíritu– energías de carácter muy diferente: la evolución al descubrimiento de América, el ímpetu vital que estimuló a los conquistadores y el afán de progreso en la libertad, escogido por nuestro pueblo a partir de Hidalgo.

Colocado en un punto clave, del espacio y del tiempo, México tiene plena conciencia de sus responsabilidades como nación. Por su vecindad con los Estados Unidos y el Canadá –y con las Américas Central y Meridional– nuestro país constituye un puente entre las culturas latina y sajona del Nuevo Mundo. Por los orígenes de su población, es un puente histórico entre las tradiciones americanas precolombinas y las tradiciones europeas del orbe mediterráneo. Y, tanto por su posición en la esfera terrestre cuanto por la sinceridad de su comprensión para todos los horizontes del hombre. México puede ser asimismo un puente –un puente de verdad, de concordia y de paz– entre los pueblos que ven a la aurora antes que nosotros y los pueblos que, después de nosotros miran nacer el sol.

Ahora bien, la audacia de todo puente supone una garantía: la solidez de su estructura. México no lo ignora. De ahí su voluntad de conciliación patriótica. De ahí su respeto para las fuerzas de la cultura. Y de ahí también su labor de habilitación técnica, en el campo y en las ciudades.

 

La figura de un hombre, en cuyo semblante es ahora perdón la sonrisa estoica, pero será ejemplo siempre la valentía veía –invisible– a las puertas de este recinto. Pienso en Cuauhtémoc. Un día de agosto cuatrocientos cuarenta y tres años antes de este, Cuauhtémoc vio caer la capital de su heroico imperio. Lo defendió como raras veces se ha defendido un estilo de vida o una forma de pensamiento; se defendió contra el sentido de sus presagios, contra las fuerzas de sus leyendas, contra el pronóstico de sus dioses. Los tesoros que no entregó están representados aquí. No consistían únicamente –ahora lo comprendemos– en las piezas de oro que pretendían convertir en monedas sus adversarios. Eran los testimonios de la cultura de sus mayores y de todas las culturas que cubría, con alas tensas y dominantes el águila de su estirpe.

Por los tesoros que no entregó fue llevado a suplicio injusto. Se estremecieron bajo sus plantas lenguas de fuego. Pero el silencio de Cuauhtémoc resuena aún. Ese silencio lo escuchamos, los mexicanos, mientras vivimos. Hasta el extremo de que silencio tan elocuente forma parte profundamente de nuestra vida; es como escudo de bronce de nuestras almas y resistencia entrañable de nuestro señor.

Gracias, señor Presidente de la República, no sólo por haber dispuesto que se ofreciera a militares de esos tesoros el monumento que merecían, sino por el entusiasmo y el incansable interés personal con que examinó los proyectos, consideró los trabajos y orientó la realización de la obra. Gracias arquitectos, ingenieros, antropólogos, historiadores, museógrafos, escultores, pintores, hombres de letras y obreros que, bajo la iluminada dirección de Pedro Ramírez Vázquez, tan diligentemente nos ayudasteis a presentarlos entre estos muros. Gracias, personalidades ilustres el país y del extranjero que os asociáis a nosotros, a nosotros en el júbilo de este día.

La ceremonia que nos reúne lo confirma admirablemente Cuauhtémoc no murió en vano. Junto a los restos de lo que fue la grandeza de un mundo prócer, México se levanta laborioso, perseverante, atrevido y fiel.

Al honrar los vestigios de su pasado, ese México, señoras y señores, tiene la convicción de que honra en si propio, y enaltece en lo universal, el prestigio de su presente y la gloria de su futuro.

 

(Las negritas son nuestras)

Fuentes: 

Francisco Pisa V. “Recorrió ALM las Modernas Instalaciones”, en El Universal. Año XLVIII. Tomo CXCVI, número 17, 318. p. 15.

Francisco Peña Villavicencio. “Que inspire siempre nuestros esfuerzos la grandeza de ayer”, en El Universal. 18 septiembre 1964. Año XLVIII. Tomo CXCVI, número 17, 318. p. 1, 9, 14-15.

Ana Sofía Rodríguez y Luciano Concheiro San Vicente

Comitiva (Adolfo López Mateos, Jaime Torres Bodet,Pedro Ramírez, entre otros) recorriendo la Sala Mexicana el día de la inauguración del Museo. Foto tomada de: http://www.inah.gob.mx/homenaje-pedro-ramirez

Comitiva (Adolfo López Mateos, Jaime Torres Bodet, Pedro Ramírez, entre otros) recorriendo la Sala Mexicana en la ceremonia de inauguración del Museo.
Foto tomada de: http://www.inah.gob.mx/homenaje-pedro-ramirez