Las primeras universidades (Bolonia, París, Oxford) surgieron hace casi mil años. A lo largo de su existencia, esta institución ha sufrido transformaciones gigantescas. Uno de los más importantes cambios tuvo lugar con la fundación de la Universidad de Berlín a principios del siglo XIX y consistió en basar la enseñanza principalmente en la investigación. Esto se logró por medio de la implementación de seminarios en los cuales, en lugar de enseñar contenidos, se enseñaba a los alumnos a investigar.

Este modelo fue rápidamente replicado en muchos otros lugares. En Francia en 1868, por iniciativa del historiador y entonces Ministro de Educación Víctor Duruy durante el gobierno de Napoleón III, se fundó la École Pratique des Hautes Études con el objetivo central de promover la investigación por medio del aprendizaje práctico. Lo que esta institución educativa buscaba era fomentar la generación de conocimiento nuevo, no la transmisión del ya existente, y la única manera de lograrlo era por medio de la formación de nuevos investigadores. Siguiendo esta idea, en la École parisina se establecieron secciones del saber y el trabajo se articuló alrededor de seminarios y laboratorios. Fue precisamente en esta institución en donde Enrique Florescano, a quien le debemos la más brillante adopción del sistema de seminarios en México, estudió.

Florescano comenzó estudiando Derecho en la Universidad Veracruzana, pero terminó cursando Historia. Después se trasladó a la Ciudad de México y entró al Colegio de México, en donde hizo una maestría en Historia Universal. Al terminarla, viajó a París para comenzar su doctorado. Se titularía con una tesis que se terminó volviéndose su primer gran libro: Precios del maíz y crisis agrícolas en México, 1708-1810. Al regresar a México se incorporó a la planta docente de El Colegio de México y, poco tiempo después, sería invitado a tomar la jefatura del Departamento de Investigaciones Históricas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Fue ahí donde lideró una profunda reforma cuyo eje rector sería justamente el sistema de seminarios.

Hay que recordar que el INAH se fundó en 1939 con una ambiciosa misión y una amplia serie de funciones. De él empezaron a depender la exploración de las zonas arqueológicas, así como la vigilancia, conservación y restauración de los monumentos nacionales. Asimismo, el instituto estaba encargado de realizar investigaciones relacionadas con la arqueología e historia del país.

A finales de los cincuenta, Wigberto Jiménez Moreno, quien de 1953 a 1956 había dirigido el Museo Nacional de Historia, impulsó la creación de un Departamento de Investigaciones Históricas (DIH) dentro del INAH con el objetivo de incrementar la investigación en esta rama del saber. En 1959, bajo la dirección del mismo Jiménez Moreno, se inauguró este nuevo Departamento, que se conocería coloquialmente como el “Castillo” dado que su sede era el anexo del Castillo de Chapultepec. Durante sus primeros años de existencia, fue un centro pequeño y con una presencia reducida en el medio académico e intelectual.

Fue hasta que Enrique Florescano tomó en sus manos la jefatura del DIH en febrero de 1971 que éste cobró una relevancia significativa dentro del ámbito intelectual. Durante su gestión se realizaron cambios significativos en la organización administrativa y académica que convirtieron al Departamento en un importante centro de investigación y formación profesional. Como dice Javier Garcíadiego: “cierto es que ese departamento ya existía, pero es incuestionable que Florescano lo renovó, lo reanimó e hizo del “Castillo” una institución legendaria”.

La pieza angular de la renovación impulsada por Florescano consistió en articular las actividades académicas en torno al sistema de seminarios que había aprendido en Francia. Estos funcionaban de una manera sencilla pero eficaz: un conjunto de investigadores se agrupaban bajo la coordinación de un director elegido por ellos mismos y definían un programa de trabajo y un plan de investigación de manera colectiva. Luego, a cada miembro del seminario se le asignaba una tarea individual y específica dentro de lo acordado grupalmente. Los avances eran discutidos en una reunión semanal entre todos los miembros.

Los seminarios implementados por Florescano se articularon bajo la premisa de que hacía falta llevar a cabo dos tareas fundamentales dentro de la investigación histórica en México. Éstas eran, por un lado, revisar críticamente el corpus historiográfico dentro de las distintas subdisciplinas de la historia; y por el otro, promover la investigación en aquellos campos y problemas que no habían sido estudiado hasta entonces. Con el afán de reparar estas faltas, se crearon dos tipos de seminarios: unos dedicados a revisar la historiografía política, social y económica existente; y otros enfocados a explorar temáticas que habían sido relegadas a un segundo plano.

Al mismo tiempo, este sistema también desempeñó la tarea de formar nuevos investigadores, pues al participar en los seminarios se enseñaba de manera práctica a realizar una investigación académica, resolver los problemas que de ella emanaran y a trabajar de manera colectiva y organizada. Aunque dentro del Departamento ya trabajaba un grupo de jóvenes académicos (Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón, José Joaquín Blanco, Lorenzo Meyer), se generaron adicionalmente plazas para estudiantes y pasantes, con lo cual se conformó un sólido programa de formación de investigadores.

En un principio, la organización del trabajo en torno a seminarios encontró resistencia dentro del DIH, pues algunos de los investigadores argumentaban que el trabajo colectivo entorpecía el desarrollo individual. Sin embargo, los resultados de este modelo, materializados en una importante producción académica y una intensa formación de nuevos investigadores, fueron notables. Por ello, con el tiempo, y más allá de la resistencia inicial, todos los investigadores terminaron participando en los seminarios hasta que éstos incluso se volvieron un rasgo distintivo del Departamento.

Con la agudeza que lo caracteriza, Florescano supo darse cuenta de los elementos que hacen tan exitoso el sistema de seminarios:

“la información y el conocimiento individuales se hacen colectivos e integran vastos conjuntos que desencadenan la aparición de nuevas ideas; porque las hipótesis personales son inmediatamente revistadas y puestas a prueba por los demás; porque se provoca un efectivo juego interdisciplinario y porque todo esto promueve un clima de intercambio e interacción de ideas y presupuestos científicos que enriquecen a la persona y al conjunto de los investigadores que forman un Seminario”.

 

Momentum, Alejandro Guilarro

Momentum, Alejandro Guilarro