Hay un tono heroico en toda decisión por escribir en una lengua distinta a la materna. Es como decidir dar un salto a sabiendas de que caeremos y que la caída será dolorosa. Porque ya conocemos esa frustración: las de las piernas inquietas cuando no podemos construir una oración, cuando la palabra adecuada no aparece, cuando sentimos que no logramos expresar nada o cuando efectivamente no lo estamos haciendo. Pero en realidad, más que por los golpes obtenidos por intentarlo, escribir en una idioma ajeno es un acto heroico porque es una empresa total que nos exige el absoluto abandono de aquello que somos. E.M. Cioran, quien sustituyó el rumano por el francés cuando tenía unos cuarenta años, decía que al hacerlo había destruido su pasado y cambiado su vida entera.
Dejar nuestro lenguaje materno, con el que aprendimos a nombrar y construir el mundo, es abandonarnos a nosotros mismos, es buscar ser alguien más. Porque el lenguaje no es una mera herramienta de la cual hacemos uso para comunicarnos. Es aquello que nos conforma, con que le damos sentido a nuestra experiencia y de lo que nuestras memorias y sueños están hechos. Pensamos, amamos y sufrimos en nuestro idioma: por ello es casi impensable ir al psicólogo en el extranjero. Así, cambiar de lengua no es abandonar un martillo para usar un taladro, sino dejar un mundo, una vida y un ser por otros radicalmente distintos ¿Hay algo más heroico que esto?
Es en la escritura donde se constata la genuina transmutación entre lenguajes. En ella, mucho más que en la lectura o conversación, la lengua exige ser apropiada y dominada. Mantener una buena plática o leer un libro es relativamente sencillo frente a escribir una página decente. Es sólo cuando intentamos expresarnos de manera escrita que nos damos cuenta de nuestra inexorable condición de extranjeros o, si es el caso, de la verdadera capacidad de cambiar de ser. La inmensa mayoría de las personas escribimos en nuestra lengua materna, terruño del cual nunca salimos. Sin embargo, hay unos cuantos ejemplos de nombres gloriosos que lograron esa transmutación total, el paso genuino de un lenguaje a otro. Cioran fue uno. Otro gran ejemplo es Samuel Beckett quien comenzó a escribir en inglés, luego cambió al francés y, de repente, volvió al inglés. Joseph Conrad abandonó el polaco de su niñez y juventud por el inglés. Vladimir Nabokov y Joseph Brodsky lograron desarrollarse tanto en su ruso materno como en inglés.
Si bien podríamos decir que son casos realmente excepcionales, esta lista de grandes escritores prueba algo fundamental: el lenguaje no es un destino. Aunque, como dijimos arriba, sea aquello que nos conforma como lo que somos, hay resquicios que nos permiten escapar de él. No es fácil, pero sabemos que existe la posibilidad. Además, siendo justos, habría que subrayar que aquí elegimos solamente ejemplos pomposos, pero lo cierto es que existen innumerables ejemplos anónimos, igual de heroicos y profundos.

Ha dicho Juan Gelman: “Todos pertenecemos al mundo y si una patria tengo es la lengua […] Para un poeta y escritor es lo único que puede habitar”. Amin Maalouf ha dudado de la frase que une patria e idioma. El concepto de conservar la lengua pese a vivir en el exilio constituye la antítesis. La patria del idioma también se puede elegir. La “aloglosia”, su cambio de lengua, fue para Tabucchi “el espacio de la lengua donde todo escritor busca simplemente su palabra, que está siempre ligada a una forma de viaje parecida al exilio”. Más allá de cualquier experiencia personal la palabra y la escritura permanecen por encima de todo, es la gracia de una manifestación que, en su sentido más radical, escapa a cualquier intención Si para los nacionalismos la identificación lengua-identidad cultural resulta una pieza clave de su argumento, Maalouf desmonta esa idea, ya que, además de producirse en una época de múltiples manifestaciones culturales, nos enfrenta a quienes entienden la lengua como un mero código apto y necesario para la expresión literaria, la necesidad de escribir es más poderosa que el peso de la lengua “materna”. La lengua no tiene dueño, no le pertenece a nadie por derecho, es un medio de comunicación, una “patria” abierta a quienes la cultiven, así lo entendieron Nabokov, Becket, Conrad, Cioran, Ionesco, Kundera, Celan, entre otros.
Mejor expresado ni el agua cristalina. la descripción encaja perfectamente por la etapa en la que estoy pasando como residente en el país de las barras y las estrellas.
That’s absolutely right! It took me four years of ESL (English as a Second Language)courses at Modesto Junior College and before that a couple of years at the Instituto Cultural en Guadalajara city to be fluent in English. Still, in present time, I devote a big chunk of my time learning more about English grammar. However, at the end I decided to write in Spanish to express with much clarity my ideas and let the professional and certified translator do his/her job.
Recently I started to learn Arabic and this language is so big and rich to explain ideas just like our Spanish language.
Como lingüista, debo disentir de la opinión expresada por el autor de este artículo. Estoy de acuerdo en que escribir en una lengua distinta a la materna es una labor titánica. Pero antes de dejarnos distraer por la frase «en una lengua distinta…» tomemos en cuenta que lo difícil es «escribir», punto.
Al leer «La inmensa mayoría de las personas escribimos en nuestra lengua materna, terruño del cual nunca salimos» sonaron mil alarmas en mi mente crítica y me obligaron a retomar la lectura con menos candidez. Para empezar, es una falacia (o en español vernáculo «creencia infundada») decir que la inmensa mayoría de las personas escribe en la lengua que sea. De hecho, sería más creíble decir que la inmensa mayoría de personas no escribe nada. Las estadísticas de la Unesco al respecto son claras. Sólo 48% de los adultos a nivel mundial ha terminado la educación secundaria (en países de los cuales se tienen estadísticas, y desgraciadamente la cifra es aun más baja para nuestro país, con 33.8%). Sin abundar mucho en el tema, sería optimista esperar que este 52% de personas que no terminó la educación que en muchos países se considera obligatoria (y que son mayoría) escriba. El segundo desliz (y perdón por abusar, porque quizás sea un recurso retórico o poético) del autor es nombrar la lengua un terruño. Como si la lengua tuviera realidad geográfica. Si así fuera, entonces, ¿qué pasa cuando viajamos? ¿No podemos vivir en una comunidad en la que se habla una lengua distinta a la materna? o ¿qué pasa cuando usamos una lengua extranjera en nuestra propia tierra?
Quisiera proponer que el meollo del asunto está en la naturaleza de la escritura. El arte de escribir no se da en racimos. Puedo testificar (como quien lleva 16 años en la docencia a nivel universitario) que no es algo que nuestro sistema educativo nacional haya logrado después de 12 años de educación primaria, secundaria y prepa. Asumamos que los alumnos que llegan a pisar las universidades estatales son la crema de la crema de lo que la SEP es capaz de producir, ya que 4 de cada 5 mexicanos no lo logra. En mi experiencia, los alumnos que dominan el arte de escribir en español, o que muestran siquiera talento o capacidades mínimas para hacerlo, es más bien la excepción. Escribir es un arte que se debe de entender como algo vinculado con una lengua oral en particular, pero al mismo tiempo, completamente independiente de ésta. Escribir es la herramienta de organización de pensamiento más poderosa que poseemos. Es por ello que el primer pueblo que tuvo acceso pleno a esta tecnología (me refiero al primer alfabeto verdadero), los griegos, experimentaron una explosión intelectual sin precedentes en la humanidad, y tuvieron tal influencia en el desarrollo intelectual del mundo en los siglos que les siguieron, que se nos olvida lo insignificante que es el mundo helénico desde cualquier otra perspectiva. Para muchos, escribir consiste en codificar en letras lo que ya dicen de manera oral. Eso no es escribir, sino «transcribir».
Un mito muy querido por muchos es que la lengua determina lo que pensamos. El mito es antiguo, pero quizás haya adquirido mayor relevancia a partir del trabajo de Edward Sapir (estoy dispuesto a ser corregido). La relatividad lingüística es una hipótesis que fue abandonada hace ya varias décadas y que se estudia sólo como parte de la historia de las corrientes lingüísticas. Hay muchas razones poderosas y argumentos sólidos que nos llevan a creer que en realidad no pensamos en alguna lengua en particular. Para quienes sientan curiosidad sobre este asunto, les recomiendo leer a Steven Pinker. Los seres humanos pensamos todos igual. Tenemos evidencia de que de hecho todas las lenguas se parecen en el fondo (y aqui tomo la interpretación generativista), y son capaces de expresar los mismos pensamientos, aun cuando no utilicen los mismos mecanismos y recursos para el mismo fin.
Entonces, ¿Por qué cuando escribimos en una lengua extranjera sentimos que nuestra libertad nos es coartada? ¿Por qué nos sentimos como obligados a abandonar nuestra lengua? Quizás esto tenga que ver más con las limitaciones que tenemos en cuanto al uso de la segunda lengua. Cada lengua que hablamos es un código distinto. Nuestro pensamiento es el mismo. Como llevamos toda una vida «pensando» en castellano, llegamos incluso a pensar que así es, cuando en realidad lo que hemos venido haciendo es traducir nuestro pensamiento a una sola lengua desde que tenemos memoria. Esta costumbre lo hace automático. Pensar en otra lengua, o mejor dicho, traducir nuestro pensamiento a otra lengua que no sea la materna, sin que la lengua materna medie requiere de un esfuerzo para quienes aprendimos la lengua después de la pubertad. Sin embargo, no hay razón para sentirse derrotado. Nuestro cerebro es eficiente (un eufemismo para no decir «holgazán») y nos va a querer obligar a usar el castellano siempre, porque es algo que ha estado haciendo muchos años, y no entiende la ventaja de usar otra inferfaz. Sin embargo, conforme se adquiere suficiente destreza en la gramática, vocabulario, y registros de la lengua nueva, el cerebro va siendo domado y comienza a ser capaz de procesar el pensamiento en el nuevo código, o si somos optimistas, es capaz de codificar en la lengua que le ordenemos alternativamente.
Hace poco, en una clase de lingüística con mis alumnos de licenciatura en lenguas, al ver su escepticismo cuando dije «no pensamos en español», se los demostré de la siguiente manera: Di los siguientes cinco minutos de la clase alternando entre español, francés, inglés e italiano, sin titubear ni perder coherencia (Algo así como: «si no me creen, let me try de vous persuader, non é vero che la lengua sea previa al pensamiento. On the contrary, c’est la pensée che precede il linguaggio.»). Esto, les dije, demuestra que mi pensamiento está en un nivel superior al del código que utilizo para expresarlo. La lengua es, pues, una esclava del pensamiento, si bien es cierto que es una esclava a la que le gusta mandar y sentirse la ama y señora del pensamiento. Pero si logras que tu pensamiento se libere de esa esclava de tendencias esclavizantes, te darás cuenta de cuanto más libre será tu pensamiento.
Una de las desgracias de la humanidad, quizás equiparable a la pérdida de ecosistemas y de biodiversidad, lo constituye la pérdida lingüística. Cada lengua, con todas sus limitantes, nos proporciona mecanismos y recursos de expresión del pensamiento únicos. Por ello, el que habla muchas lenguas es también capaz de entender sutilezas del pensamiento humano que se expresan en una lengua pero quizás se le escapen a algunas de las lenguas que también habla. No quiere decir que los hablantes no lo piensen. Sólo que si quisieran expresarlo, tendrían que utilizar otros recursos lingüísticos.
Y ya para terminar. Porque creo que ya me extralimité y es hora del almuerzo dominical, sólo quiero agregar que simpatizo con el autor. Sé lo que siente, porque yo he pasado por ahí. Yo no tuve la bendición de haber sido criado bilingue, o trilingue. Yo aprendí inglés a los 18, francés a los 25 e italiano a los 35. El alemán y el chino se me siguen resistiendo. Escribir en cualquier lengua es un reto. La página en blanco es un espejo de nuestra propia ignorancia, y por eso le tenemos miedo. Todo estudiante de licenciatura ha experimentado la «paginaenblancofobia» cuando menos una vez, o incluso siempre. Esto es un problema suficientemente grande cuando se trata de escribir en nuestra propia lengua. El problema sólo se hace más grande (aunque no mucho) por el agregado de un código distinto.
Sin embargo, no saber «cómo decirlo» se resuelve con la ayuda de un diccionario. No saber «qué decir», que es lo que todo escritor incipiente experimenta, eso sí que es grave.
Con todo respeto.
José Miguel Rodríguez Reyes