Joaquín Díez-Canedo, hacedor de historia

Sería imprudente afirmarlo siempre, pero en el caso de la historia intelectual mexicana podemos hacerlo: los grandes hombres son los que hacen la historia. Lo cierto es que esto no sucede de manera tan simple ni esquemática. En realidad, más bien lo que ha constituido a la historia intelectual mexicana es una composición particular (¿una rima?) entre el genio de ciertos individuos y un contexto social, económico y político propicio. En este sentido, los individuos sobresalientes, más que ser el motor de la historia, son el golpe de fuerza que la echa a andar. O si se quiere una metáfora orgánica, son los labradores que siembran (y cosechan) el campo de la historia. ¿Y qué mejor caso para ejemplificar esto que la figura de Joaquín Díez-Canedo, ese hombre que fundó hace cincuenta años Joaquín Mortiz, una de las más influyentes editoriales independientes en nuestro país?

No es este el espacio adecuado para rememorar los hechos como deberíamos y quisiéramos, pero preferimos hacerlo aunque sea de manera sucinta. Díez-Canedo llegó exiliado de España a México en 1940. Poco después de establecerse, entró a trabajar al Fondo de Cultura Económica en donde ocupó una diversa serie de puestos hasta llegar a ser gerente general. Tras veinte años de trabajar ahí, y después de emprender un par de aventuras (las colecciones “Nueva Floresta” y la “Jardinillos”) que serían antecedente de su gran obra, decidió crear su propia editorial. Fue así que en 1962 fundó Joaquín Mortiz.

El nacimiento de esta editorial es una clara muestra de lo que sucede cuando el genio de un individuo se encuentra con un contexto propicio para desarrollarse. Los sueños tocan tierra porque la realidad es el mejor lugar para cumplirlos, y la creación de Joaquín Mortiz y su posterior influencia en la esfera intelectual mexicana así lo demuestran. El encuentro entre el espíritu de un hombre como Joaquín Díez-Canedo y un México que atravesaba un momento idóneo pudieron materializar lo que de otro modo se hubiera quedado en la esfera de lo imaginario.

Joaquín Díez-Canedo tenía ideas, quiso que éstas incidieran en la realidad, y encontró en el México de principios de la década de los sesenta un terreno fértil en el cual germinar un proyecto como el de su editorial. El México que entonces estaba en el auge de su crecimiento económico y que gozaba también de estabilidad política, era un México que desde mediados de siglo estaba ávido por una nueva manera de ver las cosas (quizás producto de tanta tranquilidad). La crítica que empezaba a generalizarse en contra del nacionalismo revolucionario como único vehículo de expresión, hizo de éste un momento propicio para las nuevas ideas.  Y entre carreteras y fábricas que crecían, las nuevas ciudades industrializadas también vieron nacer en su seno a las clases medias y a los universitarios y, con junto con ellos,  a miles ojos frescos ávidos de lecturas. Joaquín Mortiz llenaría un vacío que otras editoriales surgidas en esos años habían dejado de lado. Díez-Canedo trajo a la literatura, elemento crucial para alimentar al espíritu crítico y contribuir a la construcción del México que hoy habitamos.

Celebramos con estas líneas a uno de los individuos que han forjado nuestra más íntima historia: la de las ideas.

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[Este ensayo fue escrito para acompañar la exposición “50 Aniversario de Joaquín Mortiz” en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada (Secretaría de Hacienda y Crédito Público), la cual fue exhibida del 20 septiembre al 31 octubre del 2013.]

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Publicado en: General