Una declaración accesoria: los aretes de Peggy Guggenheim

Aunque nos parezca poco romántico, el éxito de las ideas revolucionarias en general depende más de la validez que les otorguen ciertos ámbitos y personajes –indudablemente visionarios también– que de su fuerza intrínseca. Peggy Guggenheim (1898) fue una de estas grandes visionarias que con su mecenazgo cobijó a escritores y artistas que, a principios del siglo XX, se arriesgaban en el arte moderno y las vanguardias. En una de las mejores fotografías de Peggy, tomada por Man Ray, ésta aparece ataviada en un vestido estilo oriental diseñado por Paul Poiret y su mirada, con tan sólo veintisiete años de edad, parecería revelar el secreto de haberlo visto todo. Al contrario del resto de su cuerpo, sus ojos inquisitivos dan la impresión de haber recorridos varias vidas. Son ojos de mecenas: esos lo han visto todo y están ávidos de poseerlo. Pero, ¿quieren tenerlo todo por igual?

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Peggy provenía de dos familias inmensamente acaudaladas. Su padre, quien murió en el hundimiento del Titanic, era parte de una familia dedicada a la minería y a la fundición de metales. Su tío fue Solomon R. Guggenheim, creador del famoso museo neoyorkino y de la fundación dedicada a la preservación y conocimiento del arte contemporáneo que llevan su nombre. Su madre provenía de la familia Seligman, famosa por la serie de exitosos banqueros y empresarios que la componían.

En los años veinte, Peggy se muda a París, en donde conoce a buena parte de la vanguardia europea. Entre sus primeras amistades estarían nada menos que Brancusi y Duchamp. A principios de 1938 decide abrir la galería Guggenheim Jeune en Londres, pero muy poco tiempo después se convence de que la verdadera e importante empresa sería la de un museo que se encargara exclusivamente del arte moderno. Con esta decisión en mente, Peggy se consagra a la compra de arte y se impone la meta de comprar una obra al día. Cuando regresa a Nueva York escapando de la guerra,  inaugura el 20 de octubre de 1942 su galería-museo Art of This Century. En este recinto, Peggy exhibiría su colección de arte cubista, abstracto y surrealista, misma que desde entonces tenía casi el tamaño de la que actualmente alberga el museo de Venecia que lleva su nombre.

Cualquier tipo de colección es por sí misma una elección. El coleccionista, a sabiendas de que no puede tenerlo todo, elige un objeto. Sean timbres postales, libros o arte, la acumulación empieza a estar dirigida, aunque esto no implique de ninguna manera que todos elementos de la colección sean iguales. De hecho, el coleccionista argumentará que es justamente por lo único y particular de cada uno de los objetos, que tiene sentido el que formen parte de su colección. En el caso del arte esto último se vuelve un poco problemático, a sabiendas de lo difícil que puede ser acumular todas las expresiones artísticas, ¿será mejor concentrarse sólo en la escultura? ¿Será más fácil acercarse a completar la colección si ésta se concentra en la cerámica china antigua?

Como nos dicen María Dolores Jiménez-Blanco y Cindy Mack en el apartado dedicado a Peggy Guggenheim de su libro Buscadores de belleza: Historias de los grandes coleccionistas de arte, la colección de la neoyorquina se caracterizó por buscar una postura ecuánime frente a las diferentes tendencias del arte de vanguardia. Si bien se cree que tenía una cierta preferencia emocional por el surrealismo –pues hay que recordar su matrimonio con el pintor Max Ernst–, ella misma insiste en que siempre compró un poco de todas las tendencias de vanguardia. Y nada lo demuestra mejor que una anécdota rescatada por las dos autoras.

La noche de la apertura de su galería-museo Art of This Century, Peggy usó un vestido blanco que se había mandado confeccionar para la ocasión. La coleccionista acompañaría su atuendo con aretes que, sin embargo, correspondían a pares distintos. En uno de sus lóbulos portaba un pendiente del par que le había hecho el pintor surrealista francés Yves Tanguy y en el otro, uno del escultor Alexander Calder. Esto, con el fin de  «demostrar mi imparcialidad entre los surrealistas y los abstractos.» En cada extremo de su cara Guggenheim colgaba una de las ramas centrales del arte moderno. Así sintetizaba el apoyo constante, meditado y absolutamente convencido, que había brindado a las vanguardias artísticas.

Peggy Guggenheim wearing earrings made by Alexander Calder, c. 1950. tanguy aretes

 

 

 

 

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Publicado en: General

2 comentarios en “Una declaración accesoria: los aretes de Peggy Guggenheim

  1. Me interesó este texto sobre Peggy Guggenheim. Ojalá publiquen más sobre sus vinculos con las vanguardias artísticas del siglo pasado.
    Gracias

  2. Magníficas disertaciones ensayos eninformacion gracias por su admirable profesionalismo.

Comentarios cerrados