Creada por los miembros de la llamada “Generación de Medio Siglo, de la cuál ya se habló en este espacio, El Espectador fue la propuesta de un grupo de jóvenes que, en su mayoría, habían coincidido en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, y que con los años resultarían ser todos personajes sobresalientes. Lo conformaban Víctor Flores Olea, Carlos Fuentes, Jaime García Terrés, Enrique González Pedrero, Francisco López Cámara y Luis Villoro.

La revista circuló de mayo de 1959 a abril de 1960 sobre todo en los pasillos de la Facultad, aunque Víctor Flores Olea recuerda que también la vendían ellos mismos en las calles del Centro de la Ciudad. Si bien duró poco menos de un año, ese corto plazo alcanzó para que quedaran bien definidos los rasgos de la publicación. Éstos encabezados por el innegable espíritu democrático de sus miembros, quienes desde un principio habían acordado rotar la dirección de la revista entre sí.

¿Cuál era el espíritu de la revista? Probablemente lo más importante es mencionar que El Espectador buscaba influir en la opinión pública nacional. Esbozadas entre sus páginas, hay una serie de preocupaciones políticas tan claras como la denuncia de la represión al movimiento ferrocarrilero de Demetrio Vallejo. Las acompaña una atenta cobertura a la Revolución cubana que apenas había tenido lugar, así como críticas a la propia Revolución mexicana, manifestando la forma en que ésta se había degenerado. Se denunciaba al presidencialismo y llamaba a luchar por la democracia. Todo desde una clara posición de izquierda.

En uno de sus editoriales (“El fin y los medios”, junio 1958), los miembros de la revista veían su labor como algo inminente:  “Que un grupo de intelectuales hayamos formado una revista como ésta casi no requiere justificación: queremos ver de frente la realidad del país, entender a nuestros contemporáneos, preocuparnos por los nuevos estilos de vida, reflejarnos y decirlos… porque esto ya es un principio de la realidad. Tal vez pueda llamársele sentido de responsabilidad histórica”. Para entender un poco más de la coyuntura y condiciones de esta responsabilidad histórica, reproducimos aquí extractos de la “Presentación” de la revista, aparecida en el primer número.

 

El ESPECTADOR nace en momentos de crisis. Nace en momentos en que le concurso de la opinión pública, necesario como nunca en nuestra historia, se caracteriza por la abstención y la tácita censura.

EL ESPECTADOR nace en el momento en que los sistemas políticos tradicionales en México muestran claramente su invalidez. Eficaces, quizá, y aún necesarios cuando Plutarco Elías Calles los consagró públicamente, hoy superviven como una anomalía que frena el desarrollo general de México y escamotea las aspiraciones mayoritarias del país.

La Revolución Mexicana y los gobiernos que en su nombre han ejercido el poder pueden sentirse, en un aspecto, satisfechos. Un país semifeudal ayer es hoy una nación que entra de lleno a la modernidad. El hecho definitivo lo constituye la existencia de clases sociales. En 1910, la estructura social de México se reducía a una casta oligárquica y a una masa campesina que trabaja en condiciones serviles. Hoy, la tercera parte de los mexicanos pertenece a la clase media y a la clase obrera urbanas. No obstante, los sistemas políticos continúan negándole a estas nuevas clases el ejercicio pleno de la democracia. La omnisciencia presidencial suple “a la mexicana”, toda decisión derivada de un consenso.

El paternalismo, necesidad en 1929, es vicio en 1959. México ha superado para siempre el conservadurismo castrense, latifundista y clerical del siglo XIX, del cual la dictadura de Díaz fue la última manifestación. ¿Qué justifica, entonces, la supervivencia del paternalismo presidencial? ¿La “unidad nacional” necesaria para “progresar en paz”? Pero, ¿acaso es incompatible el progreso de México con la prolongación de los vicios de México –paternalismo, caciquismo, charrismo– es de tal manera grotesco, que induce a pensar que lo que comúnmente se universaliza como progreso general de México ha de ser progreso particular de una clase, protegido por el sistema particular de la política mexicana. Y aquí confluyen éxito y la derrota de la Revolución Mexicana; creadora de clases modernas, el Estado emanado de ella es hoy representante de sólo una de esas clases. De allí que la necesidad política de unos cuantos se ofrezca como necesidad política de todos; de allí que lo exigido por todos sea calificado como pretensión minoritaria.

El Espectador se propone luchas, desde ahora, por eso que exigen todos: el ejercicio de la democracia en México:

1) Cumplimiento escrito de la Constitución, hoy por hoy desvirtuada por oraciones retóricas que pretenden suplantar a la ley.

2) Respeto incondicional del voto, en las escalas municipales, estatal y nacional.

3) Independencia del sindicalismo, respeto a la voluntad de los trabajadores en cuanto a la selección de dirigentes se refiere, respeto a la libertad de acción de esos dirigentes, respeto a la lucha –constitucionalmente válida– de los trabajadores por mejorar su situación.

4) Definición independiente de actividades políticas en México, primer paso hacia la creación de auténticos partidos políticos que encarnen la división real de las fuerzas sociales y de sus respectivos intereses.

5) Eventual integración de un Congreso independiente del Ejecutivo y representativo de las plurales tendencias políticas del país.

6) Manifestación efectiva del pensamiento público y liquidación de la tácita censura que actualmente hace de la prensa mexicana un coro uniforme del pensamiento oficial.

De este último punto, y amparado por un derecho constitucional que debe ponerse, una vez más, a prueba, parte desde hoy EL ESPECTADOR. Sus convicciones fundamentales están contenidos en los puntos que se han enumerado. Pero éstos son apenas los supuestos de un objetivo, los medios para la consecución de un fin: democracia política y justicia económica. En este sentido, EL ESPECTADOR se orienta a favor de una mejor distribución del ingreso nacional, en la actualidad modelo de injusticia. Y este fin último requiere, a su vez, una política exterior independiente; la afirmación –con actos concretos, no con retórica– de la reforma agraria; la limitación de los intereses de nuestra burguesía y su sometimiento a tareas de beneficio común; la defensa de nuestros recursos naturales; la formulación de un programa inteligente de educación popular; la planificación económica a largo plazo, públicamente expresada y vigilada. En suma: completar, a partir de la realidad de hoy, la etapa revolucionaria incumplida; no aplazar más, sino tratar de resolver democráticamente, los problemas populares de hoy.

La solución de estos problemas en un sentido popular requiere la concurrencia política de la izquierda. Hoy, la izquierda es inoperante en la vida política de México. No obstante, la fuerza natural de la izquierda –la clase obrera– existe y existe con una creciente conciencia. La izquierda mexicana debe cobrar nueva vida y nueva unidad, a la altura de la nueva exigencia histórica de la democracia mexicana. Debe dejar de ser la izquierda desde arriba, usada de tarde en tarde como adorno “progresista” del Estado, para convertirse en la izquierda desde abajo, fundada en un hecho irreversible de la historia mexicana: el movimiento de independencia sindical.

EL ESPECTADOR desea jugar con las cartas sobre la mesa. Su posición política es de izquierda, y de su congruencia con esta designación, normal y abiertamente definida, derivará el contenido que el lector encontrará en sus páginas. Pero los editores de EL ESPECTADOR no creen que “izquierda” y “sectarismo” sean sinónimos. Una izquierda válida, por definición, es una izquierda abierta, porque reúne a los sectores mayoritarios de una nación. La izquierda, en México, debe ser idéntica a democracia política y a justicia económica. 

portada el espectador

Para entender los orígenes de esta revista, vale la pena leer el artículo “Un antecedente de El Espectador: críticas a la Revolución mexicana en 1959” escrito por Guillermo Hurtado (Literatura Mexicana XXI.2, 2010).